Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

 EL HOMBRE QUE PONÍA HUEVOS

 

De: Ramón Rubín

 

La historia de mi tío Herculano González culmina en casi una tragedia griega.

Sucede que, además de la que ocupa con mi tía Ildefonsa, la cual se dio seis robustos hijos, él tuvo su casa chica con otra mujer llamada Martina, en cuyo enredo duró la friolera de unos veinte años.

Los que conocieron a esta querida suya afirman que ella fue, en sus mocedades, una espléndida hembra, y que se hizo vieja al lado de mi tío sin duda porque era de condición y lo quería.

No obstante, cuando él empezó a sentirse anciano, con la barba tordilla y los calzones deficientemente ceñidos, decidió seguir las instancias y súplicas de su mujer legítima y de sus hijos ya mozos; y juró ante Nuestra Señora de Talpa, de la cual es devoto ferviente, apartarse del pecado que la referida Martina representaba.

En la familia y en el pueblo todos consideración acertado su proceder y aplaudieron la decisión, pues ya era tiempo de que el viejo sentase cabeza. Pero a la tal Martina no se le antojó ello tan digno de encomio. Y llamándose a defraudada en sus sentimientos y en sus esperanzas, se puso a vociferar que mi tío había gozado del regalo de su juventud sin tomar para nada en cuenta esas leyes de la honestidad y el buen orden que ahora invocaba, y que ya que la veía avejentada y marchita, carente de aquellos primores, juzgaba muy oportuno acogerse a ellas para darle el puntapié como si se tratara de cualquier trasto inservible.

Huelga decir que lo único que con tan egoístas razonamientos consiguió fue precipitar el desenlace, y que su decrépito amante consolidara más fácilmente la resolución de abandonarla.

Pero cuando Martina se marchó al cabo para la ciudad, no lo hizo sin antes advertirle al viejo que se quedaría riendo de ella, pues esa falta de consideración iba a pesarle durante todo el resto de su existencia.

Y por lo que después se vio, no hablaba sin fundamento.

APENAS habían pasado unos días desde la marcha de aquella mujer cuando mi tío Herculano comenzó a sentirse enfermo. Le daban en el estómago unos feroces retortijones; vomitaba pelos y cerdas de animales que no tenía memoria de haberse tragado jamás; sentía agudas punzadas que se le paseaban por el cuadril, la rabadilla y el espinazo; y se le comenzó a pudrir la nariz, que siempre tuvo un tanto amoratada por el abuso del tequila.

No faltó quien le sugiriese que en todo aquello se vislumbraban ya las primeras manifestaciones del embrujo que Martina le estaba haciendo, y que antes de que las cosas pasaran a mayores, era de la más elemental prudencia que se sometiese a una limpia con cierto competente hechicero del lugar… Pero él aseguró que no creía en zarandajas; y se puso en manos de un doctor recién salido de la facultad y que llegara al pueblo, el cual se propuso aliviarlo con bebedizos, ungüentos y otras medicinas de botica.

Como era de esperarse, mi tío acabó por sentirse muy mal, casi de muerte. Pues todo lo anterior se tradujo en una especie de disentería que inclinaba a cavilar sobre si no le habrían dado a comer pedazos de vidrio.

Paralelamente, las características que denunciaban el embrujo en sus males iban definiéndose de manera inequívoca. Su dolencia se acentuaba martes y viernes y los peores arrechuchos de la enfermedad sobrevenían a horas con cierto sabor cabalístico, como las siete de la mañana y de la tarde, en las cuales las hemorragias y deposiciones se presentaban más recalcitrantes y críticas. Y para que no quedase lugar ni a la más leve duda, diole por poner todos los días, precisamente a la medianoche y con atroces esfuerzos y torturas, un desconcertante blanquillo semejante a los que ponen las gallinas domesticas.

El viejo era muy testarudo… O a pesar de todo conservaba cierto afecto por la endemoniada mujer que lo pusiera de aquella lamentable traza. Pues, resistiéndose a creerla tan dañina, negóse aún a recurrir al competentísimo hechicero del pueblo para que contrarrestara sus satánicos artilugios.

Y FUE entonces cuando decidieron tomar cartas en el asunto sus cuatro hijos varones.

Los mozos se acercaron al sujeto. Y él les informó que el único remedio para enmendar aquel desastre consistía en buscar a la embrujadora, hacerle una herida para de ella tomar un poco de su sangre e, invocando a la Santísima Virgen, enterrar esta sangre al pie de una cruz. Con todo lo cual habría bastante para ahuyentar al diablo que la ayudaba, desbaratando incontinenti las nocivas influencias de su perversidad.

Resueltos a lograrlo, dirigieronse a la ciudad en busca de Martina.

Y una vez que la hubieron localizado en ella, allanaron

su casa, la tundieron a golpes y le propinaron en el hombro un tajarrazo, por el cual brotó en abundancia la linfa

precisa, motivando que la asustada mujer invocara a Nuestra Señora como era menester.

Con la sangre en un frasco y satisfechos de haber cumplido el ritual, mis primos retornaron al pueblo sin haber acabado con la pérfida, demostrando así que no son tan atrabiliarios como la gente los pinta.

iSanto remedio!… Mi tío Herculano comenzó a mejorar visiblemente. Y aunque quedó atiriciado y marchito, se le retiraron los dolores, los vómitos, las hemorragias, las diarreas y la absurda facultad de poner huevos.

En el transcurso de su enfermedad había expulsado exactamente nueve blanquillos. Y la gente los llevaba y los traía admirada de que fuesen tan maravillosamente iguaIes a los de cualquier polla primeriza.

TODO hubiera quedado satisfactoriamente resuelto de no mediar una infortunada circunstancia.

Quiso la adversidad que mi tía Prudenciana, hermana del embrujado, encontrase por aquellos días que una gallina clueca de su parvada había anidado entre las chicalotas del corral. Y que haciendo muy poco honor a su nombre concibiera la imprudencia de ponerle los huevos de marras para que los empollase junto con otros tres auténticos blanquillos, para ver qué clase de infeliz criatura nacía.

Y de ahí vinieron nuevos y grandes males.

Cumplidos los veintiún días que requiere la incubación, los huevos comenzaron a romper, como es de rigor. Y la curiosa mujer pudo advertir, alarmadísima, que del cascarón salían nueve horribles víboras sordas, las cuales crecieron desmesuradamente y devoraron desde el primer día a los tres pollitos y a la propia gallina que las incubara.

La tía se lanzó a la calle refiriendo aterrorizada a la gente lo sucedido.

Las personas se resistían a creerlo… Pero una vez que se cercioraron de la existencia de los reptiles, compartieron su pavura. Si bien, no faltaron algunos hombres valientes que invadiesen el nido armados de filosos machetes, tratando de hacer picadillo a los monstruos. No obstante, aquel empeño resultó inútil. Para asombro general, lejos de pardrlos en pedazos, el cortante filo de las armas rebotaba sobre el lomo de los engendros como si éstos fueran de un hule compacto y duro, sin inferirles el más leve daño o molestia.

Espantados a su vez, también estos temerarios huyeron.

Y no faltó quien fuese a solicitar la ayuda del señor cura para que conjurase a tales endriagos del infierno en tanto que otros traían al acreditado hechicero con el fin de que intentara volverlos al cascaron.

Desgraciadamente, estos dos asesores en cuestiones de magia y milagrería del atribulado pueblo, en lugar de dedicarse cada quien a su cometido poniendo en ejecución los recursos que tuviera a su alcance, se enfrascaron en una inútil disputa sobre la efectividad de sus respectivos poderes. Y exaltados ambos por el celo profesional, se retiraron sin hacer nada y advirtiendo que sólo ayudarían si antes se les iba el respectivo competidor, cosa en la cual tampoco la gente pudo ponerse de acuerdo.

Las víboras se perdieron entre la maleza. Y por dos días nada se supo de ellas. Más, al tercero, mi tío Herculano despertó profiriendo airados gritos, pues habían amanecido acostadas con él en su cama.

Nadie en el pueblo se atrevió a agredirlas de nuevo. Pero mis primos idearon prender una fogata en el corral, lazar el camastro a distancia y arrastrarlo de modo que quedase sobre la lumbre y se quemara con todo y las sierpes.

Y puesto que nadie las vio salir de entre las llamas, se conjeturó ampliamente y se tuvo por cierto que al fin habían sido destruidas.

Sin embargo, el tío Herculano comenzó a languidecer notoriamente a partir de entonces. Y a los nueve días de aquel sucedido expiró, tan enflaquecido como si le hubieran devorado las entrañas y no le quedase ni una brizna de carne bajo el pellejo. Sólo el vientre se le veía abultado como de chamaco raquítico, de borracho hidrópico o de mujer encinta.

Estaban velándolo y era exactamente la medianoche cuando, en presencia de una gran parte de los vecinos del pueblo, empezaron a salirle por su boca y por otros orificios corporales las nueve culebras.

Algunas mujeres rezaban La Magnífica consternadas. Otras se desmayaron entre aspavientos histéricos. Los hombres no sabían qué hacer. Y hasta los perritos del rancho se dieron a aullar lúgubremente como si estuvieran también aterrorizados… Pero las nueve víboras pudieron irse tranquilamente por la chicalotera del corral sin que nadie se atreviera a molestarlas.

Una tras otra reptaron hacia la puerta, por donde salieron a la calle y se fueron alejando hasta las orillas del pueblo… Alguien platicó haber visto que allí las estaba esperando la mentada Martina, que recogiéndolas cariñosamente entre sus manos se las echó en el seno, a fin de marcharse a la ciudad con ellas.

 

 

Tomado del libro: Cuentos de espantos y espantados, Rubín, Ramón, Colección Novedad de la Patria, Secretaria de Cultura de Jalisco, 1994.

 

 

Cuentos sinaloenses; el hombre que ponía huevos

Cuentos y leyendas de Sinaloa; El Hombre que Ponía Huevos de Ramón Rubín

 

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El hombre que ponía huevos
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Relato de ficción de autoría sinaloense

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