Identidad sinaloense

 

EL FOLKLORE EN SINALOA

 

Por  Alfredo Ibarra Jr.

El folklore es una de las ciencias que estudian al hombre por usos y costumbres en el intento de definir al pueblo en la mayor parte de sus aspectos, de las causas que lo precisan ya sean por influencia racial, del suelo, del clima o de otros factores.

 

Para el ojo del viajero el estado de Sinaloa es nuevo y de poca riqueza folklórica.

 

Dados los antecedentes históricos de ser paso de las migraciones nahuatlacas, de no haber sufrido el deformante peso de la esclavitud que impuso el conquistador en las zonas más pobladas del país; de no haber arraigado el fanatismo en ninguna de sus formas y de tener escasa población, el hombre vivió libre, se realizó la mezcla de razas sin violencia y por consiguiente, sin odios. Estos factores le permitieron ser independiente, franco, alegre, equilibrado, responsable para no mencionar otras de sus muchas cualidades buenas.

 

La alimentación forma una rica veta folklórica. Desde el elote cocido, asado, hasta el esquite, el “ponteduro”, hecho en bolas de esquite reventado en el comal y miel, hasta los “cortadillos” y los “coricos” de harina de maíz que en Culiacán llaman “tacuarines” a los que no es extraño el sebo de res como substituto de la manteca de puerco. El pinole tradicional, las empanadas con relleno de dulce de guayaba, calabaza “arota” o de cualquier otra fruta.

 

El sinaloense regala su paladar con diversos productos. El chile con queso es para chuparse los dedos; el “caldillo”, hecho con carne oreada y chile verde así como los “mochomos” de carne seca, asada, deshebrada y frita, que recuerda a la hormiga arriera aquí llamada mochomo, parecen tener origen en carnes y frutas que los indios ponían a secar para la época en que escaseaban las presas salvadoras y los cazadores no tenían la fortuna de cobrar pieza alguna.

 

¿Han tornado el “chilorio” de Mocorito y Guamúchil, hecho con carne de puerco y de mejor sabor que el más exquisito chorizo? Es un platillo que no se puede perdonar.

 

El queso de Mocorito es fama que en la época colonial en nada era aventajado por el mejor queso y muchos extranjeros lo reputaban como el mejor del mundo porque las vacas pastaban en campos de orégano silvestre. Por una galantería del Lic. Eustaquio Buelna, el queso fue dado a probar por don Benito Juárez a sus más allegados colaboradores y en ellos despertó los más elogiosos comentarios. A este queso siguieron en merecida fama las “asaderas”, especiales para quesadillas e imponderables en sabor, que se obtienen como preciado tesoro en las planicies y riscos apartados de Sinaloa.

El vate Enrique Pérez Arce cantó a Valentina, la pollera de Guadalajara cuyos platillos saboreamos en varias ocasiones y sin afán de defender a nuestra provincia, para nuestro paladar muchas polleras sinaloenses, humildes e ignoradas de ésas que al caer la tarde sacan a la vera de la plazuela su mesa, la hornilla, la sartén y lo necesario para el aderezo del guiso, dan a Valentina 15 y raya con la seguridad de que este pollo placero es más sabroso.

 

Una ocasión envié diversos obsequios a varios amigos y me faltó un astrónomo italiano a quien no encontraba qué darle. Hablé del caso a un viejo amigo, el desaparecido Gral. José Aguilar, quien me sacó de la dificultad dándome una buena bolsa de frijol “basuchi”. Tres meses después recibí una carta de mi romano amigo en que me confesaba el disgusto por tan negro regalo y la gran sorpresa que tuvo cuando saboreó los frijoles. Me rogaba el envió de unos saquitos con más de 100 kg de frijol y se manifestaba el mejor obsequiado.

 

Después de hacerle los honores a la cena hogareña en Culiacán se regalaba el paladar con una taza de café de Orona, que tenía su puesto frente al mercado, por la calle Comercio.

 

Pero dejemos las comidas citadas tan a la ligera por la precisión del tiempo. Las bebidas acostumbradas, entre las suaves, están el tepache, el tesgüino o tejuino, la famosa “agua de cebada” de Mazatlán, la “tuba” del mismo puerto cuyo jugo es extraído de una palma; las horchatas de semilla de melón y los refrescos de frutas frescas son una delicia en las calurosas mañanas costaneras. Entre las bebidas alcohólicas, la vieja y famosa cerveza del Pacífico y el mezcal de diversos alambiques entre los que se hizo famoso el mezcal de Los Vasitos de don Mariano Romero.

 

La fruta es, también, tema de largo y sabroso capítulo. La caña de Castilla que alcanzaba hasta 4 metros en Cosalá, jugosísima y de corteza muy suave; las 30 variedades de mango que obtuvo un discípulo de Burbank, el maestro de California, en los terrenos cercanos a La Aurora en Culiacán con variedades traídas por don Alejandro Redo de diversas partes del mundo a principios de este siglo; los “mangos talegones” —por parecer talegas en que se guarda la ropa sucia—, se dan en un árbol de don Manuel González en Navolato y en 1937 entusiasmaron al Gral. Lázaro Cárdenas por tener uno de ellos 1427 gramos; las papayas gigantes que se daban en Cosalá, las “uvalamas” del mismo lugar solas o conservadas en miel, la “melcocha” de la caña de azúcar, las “pahuas” desmesuradas que se producen en Eldorado, todo ello es cosa extraordinaria; es difícil determinar qué ciruelas son más dulces, si las coloradas, las verdes que maduran sin perder este color, las yoyomas, las de Castilla y alguna otra variedad que no recordamos; los mangos, la caña de naranja, los zapotes, la sandía, los melones, las muchas variedades de guayabas, las variedades de plátano, las nanches, las anonas, las chirimoyas, toda una gama de nombres, de formas, de sabores, colores y perfumes apenas conocidas por los investigadores del folklore o de la dietética mexicana como el Dr. Ramos Espinosa, que de seguro encontraría grandes cualidades alimenticias y magnífico sabor a los tomates y del “menudo con pata”.

 

Vestido

El vestido del pueblo sinaloense siempre ha sido sencillo, adecuado al suelo y al clima. El hombre usa por lo general calzoncillo de manta y pantalón de dril o mezclilla, camiseta y camisa, huaraches de tres o “cuatro puntadas” y sombrero de ala ancha y copa más o menos puntiaguda o sombrero de palma de los llamados de El Fuerte, de copa redonda, dobles y ala angosta.

 

La mujer del pueblo usa refajo, faldilla y enagua, camisa, rebozo y huaraches o zapatos. Las mujeres jóvenes llevan los mismos vestidos y modas que los que usan en la ciudad de México. Ahora se ha simplificado la suntuaria, muchos años después de los famosos bailes de El Rebote, un lugar cercano al río Culiacán con rumbo al puente Cañedo, en donde resplandecían listones de colores en las trenzas, rebozos terciados al pecho, con las puntas a la espalda, enaguas de vuelo y botas altas mientras el galán lucía el indispensable “tejano”, camisola y pantalones de kaki, polainas o botas y cananas con cartuchos 30-30 y pistolas de todas las marcas y formas. Los cartuchos daban a los soldados un olor especial. Allí tomaron auge la música popular y la música folklórica en los días de la Revolución.

 

Habitación

Por haber pocos indios de raza más o menos pura en el norte del estado ya que la población indígena era de unos 2 000 en 1937, la vivienda de ellos tiene una ligera variación.

 

La casa precolonial sinaloense fue fabricada con cuatro horcones y techo de palma con una sola agua. Las paredes fueron hechas con varas tejidas a las que se agregó “barrial”, un barro amarillento muy pegajoso. Se fabricaron también los jacales de dos aguas con techos de palma y no sabemos desde cuando se amplió el hogar con una “enramada” que se cubrió de hojas de “palo santo” o de otros árboles, en las que se colocaron troncos de árboles sobre pequeños horcones para servir de asientos substituyendo en parte la forma primitiva de ponerse en cuclillas o sentarse en el suelo cruzando las piernas. Creemos que muy posteriormente vino la construcción de la casa de “terrado” que ya encontraron los españoles, hecha con adobe, techo de vigas, casi sin luz interior porque no sabían construir las ventanas, y pisos de tierra. Estos tipos de vivienda con el patio cercado de palos de Brasil clavados unos junto a otros, siguen en uso.

 

La morada indígena se distingue por las tres cruces que se colocan en el patio para guarda del hogar y gran parte de los pueblos tuvieron después de la conquista lo que el misionero impuso al hogar indígena, o sea la cruz, a la orilla de la población y que llaman la “Cruz del Perdón”.

 

Cuando la morada cobra mayor amplitud, la cocina va separada; en ella están las tres piedras grandes para el fuego, sobre ellas el comal de barro, cerca el metate y la olla del nixtamal, en la que el maíz se coció con ayuda de la cal; los “machihuis”, el agua del nixtamal, se ponen a veces en una cazuela para humedecer las manos al hacer las tortillas; cuando el maíz se mojó en la troje y perdió su calidad, se hizo “pozcahue”. Colgando del techo los “tapextles” y sustentados en la pared los “tapestillos” de diferente tamaño que sirven para guardar de ratas y manos infantiles los que haya necesidad de precaver.

 

Cuando en el jacal está todo, lecho y cocina, la cama puede ser el suelo; después sobre unos horconcillos se colocó el “cañal” otates o carrizos que fueron lecho evolucionado.

 

El corredorcillo agregado a las habitaciones rurales da siempre al camino real, se engalana con macetas y termina con un tronco de árbol de tres o cuatro brazos en donde está una tinaja o una olla llena de agua junto a la que hay un “jumate”, medio “bule” o en otras palabras, medio guaje del que se sirve el viajero sediento tras el saludo de rigor. Es una costumbre antigua símbolo de la hospitalidad sinaloense que principia con esa manifestación y continúa con la invitación a la mesa y al descanso en el lecho si se va a pernoctar en el lugar. Hasta hace pocos años no aceptar la invitación a comer sin una causa convincente era una ofensa. Si el individuo acababa de hacerlo, tenía que repetirlo a expensas de su salud y si al medio día visitaba tres a cinco casas es seguro que enfermaba.

 

Las casas de los lugares pequeños casi siempre se construyen a la vera del camino, formando una calle ermitaña, pintoresca y acogedora.

 

El sentido religioso

La religión católica predomina en el estado. Como la población indígena era escasa y dispersa, no hubo fanatismo. Para la gran extensión que tiene Sinaloa, contó hasta hace poco con unos doce templos. De la independencia en adelante es frecuente la queja de que las iglesias carecen de servicio religioso, existen en gran abandono y son habitación de murciélagos. La libertad de pensamiento ha sido una característica regional. Las fiestas religiosas son un interesante tema folklórico, así como la vieja costumbre de celebrar el carnaval en que la gente goza de agudezas y bromas de todos los matices. En las fiestas del calendario católico están las de los santos patrones de los pueblos y hay lugares en que la población indígena o mestiza agrega la oración plástica de la danza. En la suntuaria se hermanan cristianismo y concepciones o rituales que formaron parte de las creencias religiosas primitivas. En algunos casos, aunque el hecho se haya negado por las autoridades mestizas, a falta de dirección eclesiástica, el indio ha substituido al cura y al obispo. El contenido religioso católico es que Dios siempre triunfa sobre el mal, el diablo. En la expresión de los indios mayos como la danza de El Venado, que se realiza en el atrio de la iglesia o dentro de ella excepcionalmente, va un sentido diametralmente contrario porque en el mundo, según su concepción filosófica, el que triunfa siempre a la postre es el diablo, el mal, valido de la astucia. El símbolo cristiano de la cruz es vestido por el indio para humanizarlo y entenderlo a su manera.

 

 

Deportes

 

Entre las formas de recreación en Sinaloa se conservan varios deportes precoloniales. En los municipios de Mazatlán y Concordia se conserva el juego de La Hulama, en que se usa pelota de hule de siete libras o sean 3 360 gramos. El tlachtli o campo de juego se llama “taste”, tiene forma rectangular de 60 varas (50.38 m) por 4 varas (3.35 m) dividido en el centro por una línea que llaman “raya” o “analco” y las cabeceras “chichi”.

Las líneas de toque o laterales se trazan con el pie y tiene un ancho variable de 10 cm.

 

La pelota se golpea con la cresta ilíaca (cuadril) y también con el muslo, mas no con la rodilla. Puede usar ambos cuadriles indicándolo previamente so pena de castigo.

Cada equipo consta de 5 jugadores. El que se coloca en la extremidad del campo para el saque se llama “golpeador”, otro va cerca del medio y se llama “analquero” o “chintero” y otro más separado del “analco” se llama “malero” más otros dos que se colocan en distintos lugares según la necesidad. Cada equipo nombra su juez o “veedor” y este va en el campo contrario. El partido es a siete tantos.

En Culiacán y otros lugares del estado se practico el “rebote”, es decir, el frontón a mano. En los municipios de Badiraguato y Mocorito se practica el “Male”, con pelota de hule de unos 450 gramos que se golpea con el antebrazo, se hace el saque desde una piedra y puede golpearse con un original instrumento de madera llamado hoy “palo”.

 

En el norte y centro del estado, junto a la sierra, se ha practicado el “palillo” que consiste en golpear una bola de madera con un palo parecido a los bastones de “golf”. Cuando el “palillo” se practicaba por las noches, se encendía un pezón de calabaza “arota”, que ya no se apagaba. Este mismo juego se practica en Michoacán con el nombre de “Bota Huárucua”. El “gome” y el “gojímare” son otros dos juegos precoloniales muy interesantes que junto con el “palillo” practicaban los indios tarahumaras que bajan a la costa con frecuencia en busca de oro y sal especialmente.

 

La danza es un deporte y un rito religioso. Las danzas principales son: Venado, Pascolas y Matachines, aparte de las danzas en que han influido grandemente los conquistadores; se practican en el norte del estado y en Rosario, los “matachines”.

 

Juegos

 

Con los deportes precoloniales existen varios juegos infantiles como la “matatena” (de maitl, mano) que los griegos dieron a Europa con el nombre de “pentalita” (penta, cinco y litos, piedra). El “tejo”, que consiste en un palo redondo de 10 a 15 cm al que se le tira de distancia convencional con piedras redondas y delgadas que han sido desgastadas por las aguas de los ríos, el tiro con arco que los niños indígenas aprendían desde la más tierna edad con un fin utilitario puesto que les iba a servir para la caza y la guerra. El tiro al blanco con “honda de vuelta”, en que la honda se hace con ixtle, con un trenzado a la mitad para sostener la piedra, se hace dar vueltas a la honda arriba de la cabeza y se hace el tiro soltando una de las puntas de la honda con lo que la piedra cobra gran velocidad. Las escondidas, juego que ha perdido su nombre indígena, que se juega por las tardes o las noches y sirve para ejercitar a los niños en la carrera, en la agudeza visual y en la agilidad para eludir el toque con la mano, del busca. Otros muchos juegos traídos por los españoles siguen practicándose así como deportes nuevos de origen extranjero como el balompié o futbol, el beisbol, éste último el más popular entre los deportes que se practican en el estado.

 

Cuentos, leyendas y adivinanzas

 

Una de las formas de recreación ha sido siempre la narración. De abuelos a nietos se ha trasmitido el hecho histórico con las naturales alteraciones, al igual que la leyenda o el cuento.

Para la gente menuda que ve al mundo con asombro, la narración histórica, la leyenda y el cuento, son un acto deslumbrante. Ante la mente infantil la narración es como ir abriendo arcones de piratas en que lucen el oro, la plata, las perlas y las piedras preciosas con las telas de damasco y la canela de Ceilán, el marfil de la China legendaria y el tintineo de campanas encantadas. En esta envoltura maravillosa va siempre un contenido educativo que es asimilado con gusto. El amor al abuelo es por la tolerancia que algunos padres llaman “alcahuetería” y por el encanto de lo que cuenta el anciano.

 

Después de los abuelos, han existido hombres humildes que han mediado su trabajo de maestros rurales o de agricultores con la rara ocupación de narradores unas veces en verso, otras en prosa.

 

Y no se crea que a los chicos solamente interesa, respetando la tradición oral, cómo vestían los señores criollos o peninsulares que escasamente venían durante la colonia por la plata que se obtenía de algunas de las minas sinaloenses; cómo iban a misa en los días excepcionales pisando sobre marcos de plata cuando esos señores eran muy ricos; cómo se ganó la batalla de San Pedro, por qué un cerro lleva el nombre con que es conocido o cómo un pobre de solemnidad o un empobrecido por la manía de las minas o los “entierros”, vendió su alma al diablo y se hizo rico como Milán en San Ignacio o Cayeros en Cosalá y tantos otros en diversos lugares del estado.

 

La rara facilidad de la palabra, el agradable timbre de voz, las bellas expresiones o el sentido profundo de una sentencia de la sabiduría del indio, del mestizo, o del blanco, atraían con gana la atención de las personas mayores y pagaban en efectivo o en especie el servicio prestado en distintas épocas del año, a las primeras horas de la noche, cuando la luna hacía realidad la fantasía de las sombras en contraste.

 

Se recreaba el oído —como debe recrearse todavía— con la voz del cuentista; el olfato con la lama húmeda; el tacto con las arenas de los arroyos en que tenían escenario tales actos y el gusto con los cacahuates con queso o “panocha” que por el centro llaman “piloncillo”.

Si estos narradores a menudo cuentistas ellos mismos fueran conocidos, serían populares, históricos. La generalidad son anónimos y por ello, folklóricos.

 

Muchos hechos son narrados sin grandes variaciones; otros han sido tan deformados que entran francamente en la categoría de leyendas. La riqueza de esta literatura oral es tan grande que bien puede llenar varios volúmenes. Con el cuento sucede igual cosa. Hay ejemplos de fuerte sabor indígena, otros han sido importados de Occidente y Oriente y puede seguirse su huella por las migraciones de la conquista en adelante, así como juzgar el sentido de la belleza y la inteligencia de los grupos humanos por las variaciones en forma y sentido que los cuentos han sufrido.

“Aquí —me decía un ocasional compañero de viaje por el norte de Sinaloa— los indios zuaques acabaron con los conquistadores que fueron a dominarlos. Les dieron una “zuaca” —quiere decir paliza o castigo— y después se dispersaron por la sierra antes de que los españoles acabaran con ellos”.

 

Mi abuelo paterno me contaba que cuando era un niño, vio cómo se desarrolló la batalla de San Pedro entre “aguadores”, carniceros, sastres, carpinteros, etc., y algunos soldados mal equipados, contra los franceses, con lo que se animaba extraordinariamente el hecho tan fríamente transmitido por la historia.

 

En el norte de Sinaloa he oído como un hombre de Badiraguato, compadre del Gral. Francisco Villa, se entretenía apostando con Villa en lo más recio de los combates cuál tenía mejor puntería con pistola. Señalaban a un contrario, le hacían el disparo y se daba un contraataque hasta llegar a recoger el cadáver para ver si la bala le había dado en medio de la frente. Y como el hecho se señala en diversos lugares y el compadre de Villa toma diferentes nombres además de que el hecho puede no haber ocurrido, la narración toma el camino de la leyenda.

 

Igual con el hecho histórico, con la leyenda y con el cuento, la adivinanza es una recreación que no hemos estudiado con el debido cuidado. El grado de dificultad de la adivinanza está graduado de acuerdo con el desarrollo mental del sujeto al que se propone. A los niños pequeños se les proponen adivinanzas candorosas como “lana sube y lana baja” y la dificultad va creciendo con la edad hasta ejemplos propuestos en verso de gran belleza en que se da tiempo para meditar en la resolución.

 

La riqueza del folklore literario sinaloense parte de las ciudades y va en aumento proporcional con la falta de diversiones hasta los lugares más aislados. A los temas tratados hay que agregar la anécdota, el chiste y la mentira fantástica.

 

 

Anécdota, chiste y mentira

 

Otra de las formas de recreación en Sinaloa ha sido la anécdota. Un suceso personal puede ser interesante. Cuando en la época de los franceses un indio de Ajoya llegó a general, mandó hacer el uniforme escogiendo partes de diversos modelos de uniformes militares y de domadores de leones que trabajaban en un famoso circo. La primera parte es caso normal, pero provoca risa si se agrega la segunda parte, lo chusco, provoca hilaridad. Cuando la persona cuenta la anécdota y le agrega la imitación de las formas de hablar o actuar de los actores, el suceso cobra mayor interés. En Cosalá fue muy atractivo don José Centeno para la simple anécdota y don Aurelio Campaña para la anécdota con imitación de voz y gestos de personas conocidas. En cada pueblo existe cuando menos una persona interesante al pueblo por esa cualidad. En Mazatlán vive el Gral. Manuel A. Salazar, que posee además de una gran memoria, enorme facilidad para encontrar a los actos el lado ridículo y no se escapa a sus críticas ni él mismo, por lo que es en sí una persona de lo más solicitada para la conversación divertida y amena.

 

El chiste es otra de las formas de recreación. Los hay de todos los colores, para todas las edades y de acuerdo con todos los gustos. Van apareciendo en las conversaciones para descubrir la sonrisa hasta llegar a la franca carcajada. No tenemos conocimiento de que este género de diversión haya sido estudiado.

 

Otra más de las formas es la mentira fantástica.

A un anciano de mi pueblo le atribuían mentiras fantásticas sin cuento que él desmentía sacudiendo el árbol genealógico de los que le comentaban su conversación. Que había quemado el río Huajupa, que sus perros encaramaron en un árbol a un tigre y al año encontró secos a los animales en actitud de acecho; que no pudiendo cargar la escopeta con plomo le puso un hueso de ciruela y le dio en la cabeza a un venado y con el tiempo andaba con un ciruelo en la cabeza, y cosas por el estilo en que se exagera demasiado una verdad para provocar admiración o se exagera lo que otro comentó para hacer burla de él.

 

 

La música

 

La música folklórica descubre el carácter del pueblo.

El pueblo sinaloense es alegre, dinámico y de gran sentido melódico. Tiene un estilo inconfundible como lo tiene la música yucateca, como lo tienen los sones huastecos, las chilenas de Guerrero y Oaxaca, como lo tienen los sones del Istmo.

Entre los indios nuestros predominó el ritmo; entre los peninsulares, criollos y mestizos, la expresión fue melódica. Con el tiempo, la expresión indígena se hizo fuertemente melódica.

Los instrumentos indígenas todavía usados son la batea con agua en la que se pone un medio “bule” o guaje boca abajo para producir la resonancia con determinado tono. Unos guajes resuenan al golpearlos con un palito de 3 a 5 mm de diámetro; otro con una tablita de palo del Brasil como de 2 cm de ancho, 1/2 cm de grueso y 60 cm de longitud, con uno de los bordes dentado, más un palito redondo. La tabla dentada se coloca sobre el guaje y se le talla la parte dentada con el palito con lo que se producen vibraciones. Otros instrumentos son la flauta de carrizo, la chirimía, el tambor pequeño que se toca calentándolo junto a las grasas del fogón con un “palillo”. Los “ténabares” —frutitos con semilla que se unen a un hilo—, se los colocan los “yoremes” o mayos del tobillo a media pierna, forman parte de la suntuaria, pero también marcan el ritmo con las sonajas, del extraordinariamente difícil paso que se marca con los talones y completa, según el profano criterio del autor de estas líneas, la música.

 

Los diferentes grupos musicales sinaloenses son: el coro generalmente usado en las iglesias; un conjunto que existía en el norte del estado usaba cuernos de res como bocinas; formaba el más extraño coro, y lo citamos por lo raro que nos parece; el cantante popular con guitarra; el conjunto indígena de violín, arpa, guitarra, flauta de carrizo, bateos con agua y tambor; el violín o guitarra acompañado con tambora que en mi pueblo llamaban “frijol con hueso” por ser el frijol con hueso uno de los más humildes platillos de la cocina sinaloense sin dejar de ser rico de sabor; la banda, la orquesta y en algunas ocasiones con conjuntos de cuerda para interpretar música de cámara.

 

Algunos conjuntos han sido muy famosos como la orquesta de los hermanos Borrego en Rosario, las de Palos y Gallardo en Mazatlán, la banda de Los Azulitos en Culiacán y la Casa Blanca en el municipio de Cosalá, para no contar más.

 

Los cantos indígenas expresados en escala cromática tienen un vigor que a nuestro parecer no tiene paralelo en la música mexicana. Los nombres de las composiciones son de animales de la fauna regional en su mayor parte; después, siguen nombres de la flora; en las melodías fuertemente indígenas no hay nombres de mujer aunque en muchas se trata de ellas en diversas formas. Para ejemplo recordamos El Venado, El Coyote, El Toro, La Paloma, Im Palomita (mi palomita), Mamín Cabra (5 borregas), Caball Tózali (caballo blanco), La Cuichi, Pájaro Azul, Ciali Bátachi (la rana verde), El Palo Verde y otras muchas.

 

La producción sinaloense puede dividirse por su forma en canción, canción corrido, canción son, canción llanera, canción de ecos, canción danza, canción religiosa y canción de cuna; sones, pascolas, coplas, jarabes, danzas, danzas habaneras, mañanitas, marchas, cantos de carnaval, coplas infantiles que se cantan en juegos tradicionales de origen español como la Naranja dulce, Amo a To que los niños de aquí llaman Matarile y otras muchas; hay valonas, chilenas, foxes, blues, etc., las dos últimas de las formas modernas. De todas ellas la más rica es el corrido, derivado del romance español y algunas combinaciones de él. En esta gama de formas son igualmente interesantes las misas, los villancicos, las canciones populares de sentido religioso que fueron autorizadas por el clero (arzobispo de México según el Prof. Vicente T. Mendoza) y toman su turno en los coros de iglesias después del canto llano.

 

En mi lejana niñez, después de un combate en Cosalá, en la alcaldía de la cárcel se colocaron los cadáveres de unos 20 soldados entre los que había muchos jóvenes de la localidad muertos en acción de guerra. Un muchacho que la hacía de corneta compuso un toque funerario para despedir a sus compañeros y a su hermano muerto. La belleza melódica, de honda tristeza, recuerdo que hizo callar por más de una hora los ayes que partían del cercano hospital de sangre. El que no derramaba lágrimas, sentía un nudo en la garganta.

 

Cuando el capitán le preguntó al corneta “¿Cómo le vas a poner a este toque que acabas de inventar?”. El muchacho recuerdo bien que contestó: “No sé. Le pondré Las Margaritas, como esas flores que trajo mi hermana. . .”

 

Varias de las composiciones que hemos recogido no son sinaloenses aunque por tales se tuvieron largo tiempo. La más notable del siglo pasado es La Susana, probablemente de Stephen Foster, la balada inglesa variada por el paisaje y la vida de Kentucky, fue traída a Altata, el primer puerto de Sinaloa en la época de los placeres de California en la mitad del siglo. Otras melodías puramente sinaloenses fueron canciones de la Revolución tales como La Valentina y La Adelita, recogidas por don Ángel Viderique y popularizadas en 1895 en el Jardín Rosales de la ciudad de Culiacán. En esta época ninguna de las dos canciones tenía letra ni armonía. El Sr. Viderique las armonizó y las instrumentó para banda y hasta principios de este siglo, con letra de autores anónimos, se popularizaron en todo Sinaloa; eso fue de 1900 a 1908. Cuando vino la Revolución, ya eran canciones viejas y salieron del estado en labios de los soldados que dispersó el vendaval de la guerra.

 

En parentesco con el folklore, muchos intérpretes de la música sinaloense anónima, produjeron ellos mismos música muy sentida como el vals Alejandra, dedicado a doña Alejandra Ramírez, pariente del Nigromante, que fuera diputado federal por Sinaloa. Algunos de los autores de diversas épocas son el mazatleco Enrique Navarro, don Francisco Martínez Cabrera, Adolfo y Tirso Rivera, Martiniano Carvajal, quienes con la influencia del incomparable paisaje mazatleco, hicieron mucho; igualmente han producido música popular Jesús Escobar, Severiano Moreno en Escuinapa, José Isabel Santiago en Rosario si mal no recordamos, Miguel C. Castro en Los Mochis, Jesús N. García y Ramón F. López en San Blas, Guadalupe Avilés y una interminable lista de nombres que tienen magníficas obras, vidas llenas de colorido, de penas, de belleza, de anécdotas, de accidentes que llenan la historia musical sinaloense como un marco a la belleza y a la gracia que es su música.

 

El mensaje de los autores anónimos y de los autores populares

es una invitación a vivir, a ser alegres y felices; la tristeza, la lágrima furtiva, son por las penas del amor, no por ansia de libertarse

de la esclavitud o de la miseria. Esa vivacidad, esa alegría, ese vigor

sin par, son expresiones del alma sinaloense, franca y valiente ante

un gran porvenir que el mismo sinaloense se ha formado y que logrará gracias a la fuerza incontrastable de su voluntad.

 

Para recoger la música sinaloense, el entonces gobernador Corl. Alfredo Delgado, puso a mi disposición (1937), un músico experimentado, don Pedro Jiménez, a quien pague los gastos de todos los viajes efectuados. El Sr. Jiménez recibió las instrucciones necesarias para tomar las melodías en el momento en que se estaban produciendo espontáneamente, captando la forma tal como era expresada, sin variar frases musicales con supresiones, aumentos o correcciones. En Guasave y Mocorito, por ejemplo, el mismo tema que en el centro o sur se expresa sencillamente, allá es muy adornado y por tanto, aparece un compas hasta con cinco variaciones al ser interpretado en igual número de lugares diferentes.

 

Separadamente del estudio músico técnico del Profr. Vicente T. Mendoza, el estudio folklórico detallado de la música contiene historia, literatura, influencias como la herencia, el suelo, el paisaje, la intemperie, las formas, las circunstancias de producción, etc., que realizaron la manifestación artística. Tanto el original como las copias de esta obra se extraviaron al ser asesinado el Sr. Corl. Rodolfo T. Loaiza, que pretendía publicarla.

 

Usos, costumbres, etcétera

 

El Sr. Prof. Reynaldo González Jr. ha recopilado parte del habla del pueblo. No se ha hecho una recopilación sistemática en todo el estado y menos el estudio correspondiente. De todas maneras ya hay fichas de nombres vulgares y propios; faltan los apodos, los refranes y las frases proverbiales como labor a realizar.

Hay campos inexplorados, a nuestro entender, en supersticiones, en magia, en brujería, en medicina: diagnóstico, pronóstico, tratamiento, medicinas de origen animal, vegetal, mineral y de otros tipos que componen la ciencia del pueblo. Citaremos como ejemplo conocido aquí el del tratamiento de la rabia en que intervino una fundación norteamericana por medio del Dr. Denk en El Fuerte si no recordamos mal.

 

El tabaco y los narcóticos, las distintas medidas, las monedas, los tesoros enterrados, las minas, la ganadería, la agricultura, el nacimiento, el matrimonio, la muerte, las actividades relacionadas con el mar, los medios de transporte, citado todo en la forma desordenada en que van apareciendo en la mente, son ricos campos para el investigador cuya labor requiere esfuerzo, dinero, tenacidad y el pago en satisfacción íntima de hacer una obra que respecto de ser aprovechada, un sinaloense viejo comentaría con la siguiente frase proverbial: “Dicen que un buey voló. Puede que sí puede que no. . .”

 

Gran cosa sería que en la Escuela Normal o en la Universidad de Sinaloa, se formaran grupos de investigación folklórica para que especialmente los maestros conocieran a fondo la enorme riqueza de conocimiento y belleza que existe. Que con el estudio se localizara en parte al hombre sinaloense. Así el maestro podría guiar mejor a los niños y a las comunidades en donde prestara sus servicios.

 

Ante la ineficacia del deseo de descubrir el alma del pueblo sinaloense en el que he nacido, al que he tratado de servir y al que seguiré perteneciendo por sobre todas las cosas, válgame la buena voluntad para dar mi escaso conocimiento en respuesta franca al honor de haber sido invitado por este H. Congreso Mexicano de Historia, al que deseo todo éxito.

 

 

 

Tomado del libro; SINALOA textos de su historia, Ortega, Sergio; López Mañón, Edgardo (compiladores), Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, D.F., 1987.

 

 

 

El folklor sinaloense

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El folklor sinaloense
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La riqueza del folklor de la tierra de los once ríos que con su diversidad definen la identidad que distingue a Sinaloa del resto del país.

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