Historia cultural de Sinaloa, México

 

EL AYER Y EL HOY EN LAS LETRAS SINALOENSES

 

Por: Juan Macedo López

 

Areópago de sombras ilustres se convoca, en cita con él. recuerdo de su obra, en este breve liminar con que PRESAGIO honra, y se honra, a los varones que nos dejaron una herencia cultural que es el fértil sedimento del cual han de brotar los renuevos generacionales, que, como sus antecesores, hicieron y hacen al Sinaloa de ayer, de hoy, de mañana, de siempre. Aquí está Genaro Estrada, sonriendo burlonamente con su Pero Galín, sutilmente enderezado, afirman los que saben de estos menesteres, a don Artemio de Valle Arizpe. Fue alumno del Colegio Civil “Rosales”, creación de esa tempestad a lomo de su temperamento batallador que fue don Eustaquio Buelna, historiador, político, liberal entero y su nombre ilustra las décadas postreras del siglo XIX y su luz se mantiene encendida para guía de caminantes.

Dos próceres de la historia nos saludan: Ignacio Elenes Almada y Herlindo Elenes Gaxiola, identidad de sangre y de aspiraciones, que con don José G. Heredia, en su estudio de Culiacán y en su retiro metropolitano, escribiera páginas del pretérito de su suelo nativo Samuel Híjar, el crítico de arte, el biógrafo de Verne, de Nervo, de Pérez Galdós, el rendido admirador de Rubén Darío, se forma en el cortejo evocativo.

Fue de origen modesto y una mentalidad lúcida, un revolucionario que dio sentido de justicia social a la conmoción libertaria de 1910, como gobernante de Yucatán y como escritor: Es el general Salvador Alvarado, cuyo asesinato en 1924 aún estremece la conciencia.

Mazatlán vio pasar por sus calles apacibles al primer sinaloense-se que fuera secretario de Estado durante el gobierno de don Francisco I. Madero: el ingeniero Manuel Bonilla, quijote y batallador, que no conoció la soberbia y sí la sabiduría. Un día se fue sin ruido, callado. Dejó ensayos filosóficos y estudios sobre una materia difícil: los petroglifos. Fue maestro y la revolución no lo convirtió en un creso.

Ahora llega el licenciado Fernando Cuén, badiraguatense, magistrado y escritor, amigo de gente notoria en el mundo de las letras. Ningún coterráneo que lo procuró en México, para solicitar consejo, orientación, ayuda, fue desdeñado. El jurista y el hombre de letras se conjugaron en su personalidad.

 

Manuel Estrada Rousseau, cuentista, poeta, historiador, rosalino, amigo de los que formaron la generación de combatientes revolucionarios, nos saluda y nos deja como lección su vida sin mácula. Pero ahora encontramos en este convivio de sombras a José Ferrel, el periodista, el que se enfrentó al porfiriato y disputó el poder a la aristocracia en una contienda que estremeció, arrebato y unimismó a los sinaloenses y transformó en orador y en general a un muchacho mocoritense, Rafael Buelna Tenorio.

 

Don Francisco Javier Gaxiola fue historiador. Déjese constancia de la disposición nativa de muchos sinaloenses para ahondar en la historia del noroeste, como algún día lo reconociera Miguel Othón de Mendizábal. Don Francisco Javier Gaxiola recorrió los meandros de la vida sinaloense y sus pasos fueron pulcros y su obra juiciosa.

Demos paso a don Francisco Gómez Flores, director del Colegio Civil Rosales, escritor que conoció y trato a Amado Nervo, cuando el lírida nayarita hacia sus primeros vuelos y colaboraba en “El Correo de la Tarde”.

Don Bernardo J. Gastélum pervive y de los próceres de un pasado inmediato es superviviente respetado y admirado. Vive en su Mazatlán con una carga de recuerdos y experiencias que ennoblecen su magisterio, porque en todo verdadero hombre de letras hay un maestro que todos los días entrega su lección.

 

Doctor y poeta, Baltazar Izaguirre Rojo deleitó nuestra adolescencia y nuestra juventud con sus poemas. Don Balbino Dávalos, el gran poeta y humanista colimense, que un día memorable nos recibiera en su hogar, sonrió cuando exaltamos la lírica de Izaguirre Rojo.

Otro gran mazatleco, como Estrada, como el maestro Gastélum, Alejandro Quijano, quien fuera presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, periodista de altura y hondura. Ramón López Velarde, el jerezano enajenado, amaría inútilmente a la hermana de don Alejandro.

 

Sixto Osuna, el amigo entrañable de Enrique González Martínez, fue, sin duda, el más inspirado y culto de los bardos sinaloenses al iniciarse el presente siglo. Sus sonetos impecables no tienen la frialdad de los neoclásicos, sí la riqueza y frescura de los modernistas. González Martínez tomaba muy en cuenta el juicio de ese gran sinaloense. Jesús G. Andrade, el poeta romántico de Sinaloa, como lo llamara Enrique Félix, tal vez su más inteligente crítico, pasea aún por entre el estruendo del Culiacán de hoy. Hay un coro de poetas que se congregan en torno nuestro: Abelardo Medina, Francisco Medina, Rafael Miranda, Gilberto Owen, el bardo mayor del Sinaloa moderno, don Juan L. Paliza, magnífico señor del humorismo, Gabriel Peláez, Isaura Peña, Enrique Pérez Arce, Jesús E. Valenzuela, Cecilia Zadi y Chayo Uriarte, viviente aún, naturalizada tapatía, sin marginar a Esteban Flores ni a Enrique González Rojo. Vate y prosista, don Francisco Verdugo Fálquez estrecha nuestra mano.

PRESAGIO convoca a las sombras ilustres y las unimisma a las nuevas generaciones. Encuentro y diálogo. Análisis de aproximaciones y alejamiento. No es una época: es la conjunción de varias etapas. Es, en suma, resumen breve de la cultura de Sinaloa. Análisis que aquí no se intenta, sino que se sugiere.

 

Un día hablamos de la soledad de la poesía sinaloense. Nos referíamos a los poetas que vivían por entonces, en Culiacán, Mazatlán o Los Mochis. Eran pocos: Alejandro Hernández Tyler, Carlos Mc Gregor Giacinti y un joven maestro, Alejandro Avilés, Baltazar Izaguirre Rojo y Enrique González Rojo radicaban en la metrópoli; José María Dávila, uno de los escasos políticos con talento y cultura, comenzaba a crear, pero en la metrópoli. Ramón Rubín, mazatleco, escritor, padre de diez o doce novelas, algunas de verdadera calidad, emigró a Guadalajara. Hoy radica en Autlán.

 

De los hombres de letras que conocimos en los finales de la década de los treintas, llegan a la soledad de nuestro habitáculo, en grato desfile, Solón Zabre, chihuahuense, arraigado por un tiempo en Sinaloa; Enrique Félix Casro, la gran esperanza de aquella joven generación; Francisco Peregrina, jurídicamente colimense, pero en espíritu, sinaloense, cuentista de fino humor y costumbrista. Alfredo Ibarra, Jr., uno de los más fecundos escritores, dueño y señor de vasta tarea histórica y literaria; Ernesto Gámez, modesto, sabio y notable investigador.

Antonio Nakayama, iniciaba sus estudios sobre la historia regional que lo convertirían en acucioso maestro en esa disciplina; el ingeniero Leandro Filiberto Quintero, uno de los hombres que mejor conoce el pasado colonial del Estado y autoridad en lo que toca al Valle del Fuerte, escribía silencioso, calmo. En el ensayo y la poesía destacaba Clemente Vizcarra —su generosidad es tan rica como su talento—; en Rosario, Carlos Hubbard se dedicaba al periodismo y a entrañarse en el pasado de su terruño. Héctor R. Olea redactaba, probablemente, la biografía de El Marqués de San Basilio, para nosotros su obra maestra, sin que ésto amengüe su calidad de historiador.

 

Raúl Cervantes Ahumada escribía prosa y verso y se preparaba para ser una verdadera autoridad en materia de Derecho Mercantil; don Ignacio Millán, sabio y humilde, médico eminente, nos dejó un hermoso, profundo ensayo sobre Dostoievski, y otros cuyos nombres no recordamos, de raomento. José C. Valadés, periodista e historiador, tiene ya un nombre y un prestigio que crecen en la medida que el tiempo pasa.

 

Se anunciaba una generación que tomó cuerpo y fortaleza entre 1940 y 1950. Reynaldo González, Jr., versátil como orador, ensayista y humorista; Cipriano Obeso Camargo, relator de las hazañas de su inmortal tío y comentarista político; Enrique Romero Jiménez, catedrático y escritor que inexplicablemente publica poco de lo mucho que ha escrito; Francisco Gil Leyva, agudo, perspicaz, que maneja la ironía con gracia y sabor; Clemente Camberos, periodista y poeta.

Alba de Acosta surgiría con su belleza espiritual y física y con voz angustiada que truncaría su temprana desaparición. Alejandro Avilés, afinaba su estro y es hoy su lírica una de las más limpias y profundas de Sinaloa. Fausto Antonio Marín, inquieto, nervioso, rumbó su talento hacia la investigación histórica. En su retiro de Guamúchil, bien amado por su poseedor, don Carlos Esqueda ensancha su cultura, vierte sus conocimientos lingüísticos, filológicos e históricos en sus artículos periodísticos.

Don Juan B. Ruiz vuelve a sus lares después de prolongada ausencia discurrida y vivida intensamente en Los Ángeles, Cal, y se dedica a evocar a don José Vasconcelos, a forjar cuentos, relatos y crónicas.

Antonio Haas ocupa un lugar especial en el periodismo y las letras de Sinaloa. Su gran talento, sus viajes y estudios en el extranjero e intensas lecturas lo convierten en un escritor de valimento que sabe penetrar al hondón de nuestros problemas. Representa a la nueva generación con autenticidad.

 

Juan Guerra Aguiluz nació y morirá poeta. Anárquico, inquieto, a las veces disperso, es, sin embargo, inspirado, ardiente. Esteban Zamora Camacho lo es todo: orador extraordinario, periodista ágil y poeta. Dos poemas suyos nos han convencido que en Zamora Camacho se esconde el bardo de protesta, de ira generosa. Hay una voz tierna y juvenil, la de Rosita Peraza, autora de un poemario ya publicado. Y cuando evocamos a Rosita pensamos en Miguel Tamayo Espinosa, un es¬critor que comete la barbaridad de no dar a conocer sus escritos que se fundamentan en su indudable talento.

Gonzalo Armienta Calderón, doctor en Derecho, puede también doctorarse en las letras si, después de sus tareas públicas, se da tiempo para enriquecer su cultura y afinar su estilo. Llama nuestra atención Juan F. López Félix, un periodista en pleno sazón, de juicios sensatos y oportunos. Enrique Ruiz Alba es otra grata sorpresa. No conocemos personalmente a López Félix ni a Ruiz Alba, pero los sentimos cerca de nuestra simpatía.

Dámaso Murúa es el escritor costumbrista más destacado de los últimos años. Su prosa es ágil, ligera, risueña. Con dos o tres palabras pinta un personaje, con un diálogo breve produce la risa. No hemos tenido el gusto de encontrarnos con este escuinapense distinguido.

 

La señorita Echeverría, que radica en Costa Rica, es una promesa en el cuento. Debe ser muy joven y se descubre en sus relatos que hay muchas lecturas de por medio. Herberto Sinagawa Montoya, brillante periodista, autodidacto, piensa bien y escribe mejor. Lo saludamos cordialmente.

Y si un nombre quedó en el tintero, mil perdones. De los jóvenes de hoy desconocemos su tarea. Y un recuerdo para don Francisco Verdugo Fálquez, cronista de las calles del Culiacán de los primeros años de este siglo.

Chema Figueroa Díaz, nuestro Director, realiza una hazaña increíble: mantener con vida una publicación mensual de las excelencias de PRESAGIO. Periodista de la vieja guardia, pero en plena madurez, nos recuerda que él es un explorador que descubre nuevos talentos en la geografía cultural de Sinaloa.

¿ Qué pasa con el doctor Enrique Peña Gutiérrez? Hace mucho tiempo que no leemos su rebelde prosa.

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 24, páginas 8-13.

 

Las letras de Sinaloa, México, su historia

Las letras sinaloenses y sus protagonistas

 

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El ayer y el hoy en las letras sinaloenses
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El pasado y el presente en los hombres y mujeres de letras del estado de Sinaloa -.México

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