El Arroyo de los Colgados

October 9, 2014

Leyendas y relatos de la Revolución Mexicana en Sinaloa

 

EL ARROYO DE LOS COLGADOS

 

Por: Francisco Campaña

 

A la salida norte de Cosalá, allí donde termina el viejo barrio de El Llano de la Carrera, por el camino a rancherías grises que ya son ancestrales al despuntar nuestro siglo, se cruza un arroyo seco, arenoso y bardeado de arbustos y árboles de la región, donde destacan los bainoros, habas y cacachilas.

Camino hondo y zigzagueante, subiendo y bajando pequeños lomeríos o tomando el cauce de los arroyos, va uniendo las rancherías desde su paso por La Cholula, a muy corta distancia, hasta llegar a Culiacán en dos jornadas de sol a sol. En esos principios de siglo viajan por él los grandes señores y los prefectos políticos que llevan sus negocios a la Capital. Montan buenos caballos, y pasos atrás, pie a tierra, el mozo de estribo va corriendo tras el amo.

Por ese camino también van y vienen los cuerpos rurales y los soldados, cuya presencia hace temblar a los pueblerinos. Montículos de piedra, y ya desaparecida la cruz de madera por la acción del tiempo y del olvido, señalan el lugar donde alguno cayó al golpe de la “ley fuga”.

 

Cosalá vive la paz obligada del porfirismo. Solo hay dos clases sociales: los amos y la servidumbre. Ricos mineros y comerciantes con tienda de “raya” forman la casta del poder político que se nutre del trabajo de peones de hacienda y barreteros de minas. De la pobrería salen los soldados de leva acusados de delitos comunes que luego irán a las “acordadas” a la persecución de los de su clase, o formarán en las filas de reclutas que el gobierno echa sobre los yaquis del Bacatete.

No se sabrá nunca ni quiénes ni cuántos cosaltecos formaron de reclutas. “Salió la “cuerda”… “Se llevaron a doce… “. Doce apresados por la Acordada. “Amarrados codo a codo se los llevaron a Culiacán…” Ley fuga, cárcel o cuartel, lo mismo dá.

Pero los tiempos de 1910, tan remotos ya, empezaron a dibujar los signos de una alborada que pronto prendería en esperanza. Y también temor de que algo habría de ocurrir, pues aquellas generaciones posteriores a Tuxtepec no habían vivido las experiencias de la revuelta o la guerra civil, ni tenían los medios de información certera que los alertara sobre acontecimientos por venir.

Un pueblo sufrido, sin fe ni esperanza, sumido en los abismos de su tiempo, cree poco en la prédica maderista que sólo se hace notar por el mayor grado de opresión que ejerce la autoridad. Parecería que el incentivo revolucionario tomaba aliento precisamente de la acción represiva y muy poco por el conocimiento real de la idea. ¿Qué sabían de Madero? Sufragio Efectivo y No Reelección decía muy poco, pero el cansancio y la opresión antes de configurar ideas revolucionarias, sería el factor que decidiera el alzamiento de los pueblerinos.

 

Y aquí el nombre de Madero, casi subrepticiamente se empieza a difundir de hombre a nombre, de casa a casa, y una esperanza nueva va surgiendo con devota admiración por el hombre que se atrevía a predicar contra el gobierno de treinta años, a la vez que la figura señera de don Profirio, abrumado por los fastos del Centenario, lo llenaba todo.

Ni club antirreeleccionista ni figuras personajes que pudieran encauzar la inconformidad popular para desembocarla en la revuelta, tenía Cosalá. Al prefecto político don José Sabás de la Mora, hombre civilizado pero muy duro en su mando, no le preocupaba mucho los débiles signos de insurrección que empezaban a manifestarse a mediados de 1910. Bien informado de los sucesos de Cabrera de Inzunza, había reforzado el cuerpo de policía y se mantenía abierta.

Y razón tenía don José Sabás para asegurar que en Cosalá la paz se mantendría inalterable. Un temible jefe de policía, don Rosalío Muñoz, coordinado con fuerzas rurales del Estado, era para el prefecto la mejor garantía de mantener el orden.

Por esas fechas las fiestas del Centenario parecían alejar los presagios de una revuelta, y la celebración se llevaba a cabo con gran esplendor y solemnidad. En la euforia de aquel fasto, los pueblos se vuelcan sobre Cosalá, olvidándose momentáneamente de Madero que, preso por el gobierno, desalentaba la esperanza de sus simpatizantes.

Sin embargo, durante el mes de octubre y parte de noviembre, el temible jefe don Rosalío Muñoz emprende jiras exhaustivas por pueblos y rancherías llenando de espanto a sus moradores. Buen número de rancheros y barreteros de minas escapan al monte sin llevar aún la idea clara de que empezaba así la revolución en Cosalá. De hecho, es don Rosalio quien la precipita, y bastará que surjan algunos cabecillas para dirigirlo y disparar los primeros tiros como revolucionarios a principios de diciembre.

 

No conocemos historia escrita de esos tiempos, por lo que resulta impreciso la mención de hechos y personas; pero los ya muy escasos tes¬timonies hablados nos dicen que de la serranía de Durango baja por esas fechas Claro Molina al frente de una pequeña fuerza armada, mientras que por el rumbo de El Carrizal otro pequeño grupo jefaturado por Cruz Medina, libra la primera escaramuza contra fuerzas mandadas por don Rosalío. Cruz Medina era un joven barretero de la mina de El Rosarito que hacía meses se había echado aI monte, y que en andar a salto de mata se había encontrado con otros perseguidos que luego le dieron el grado de cabecilla. Don Rosalío los dispersó en El Carrizal, y a partir de ese momento ya nadie dudó que Cosalá estaba en armas.

Miguel y Eduardo, Armienta aparecieron también en la escena capitaneando grupos armados que participaron pronto en ligeros combates. Empleados como dependientes de una tienda, los hermanos Armienta reunieron gente decidida lanzándose a la revolución.

 

El temible don Rosalío ya no tuvo reposo. Un día, los vecinos de El Llano de la Carrera, sobrecogidos de espanto, descubrieron que por el lado del arroyo un racimo de hombres ahorcados pendía de frondosa cacachila. Y más adelante, por todos los caminos, otros habían corrido la misma suerte. Ahorcados o fusilados, algunos eran arrieros que transportaban leña, calabazas o el saco de maíz que iban a vender al pueblo. Las recuas de burros con la carga aI lomo, quedaban al garete a la orilla de los caminos, y algunos eran “fusilados”.

A la vista de los hechos, la incipiente revolución de los pueblos cosaltecos apretó sus filas con nuevos elementos, resolviéndose atacar la plaza. Los días que siguieron aumentaban la animosidad contra don Rosalío y ponían a prueba la resistencia del prefecto para no ceder a I empuje de los alzados.

Puede afirmarse que aquellos pueblos de Cosalá puestos sobre las armas al grito de “¡Viva Madero!”, mucho debieron a don Rosalío Muñoz el rápido incremento de la insurrección, pues la ansiedad de cogerlo y ahorcarlo en la cacachila del arroyo, se había convertido en la obsesión de los grupos maderistas.

“A ver a quién le toca…” era la premisa de los cabecillas. Seguramente que el afortunado que lo llevara como trofeo al arroyo de los colgados, se pondría en el sombrero el águila de general. Pero don Rosalío era el dueño de la cacachila y por meses siguió siendo su “árbol de los sacrificios”, no llegando nunca a pender de él.

Si la venganza revolucionaria no llegó a consumarse, de la condena surgió el corrido popular, sentencioso y angustiado que quizá no llegó a librar las fronteras de Cosalá, y que hoy, a la distancia de los años, nadie lo recuerda:

Arroyo de los colgados,

cacachila de los pobres

colgaron a Juan Medina

y a cuatro de sus hombres…

 

Maldito don Rosalío,

la pagará en el infierno,

mañana lo colgaremos

para que llore el gobierno…

 

Cacachilla del arroyo,

sesteadero de los pobres…

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 9, páginas 22-23.

 

Leyendas revolucionarias en Sinaloa; El Arroyo de los Colgados

El Arroyo de los Colgados, Cosalá, Sinaloa, México

 

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El Arroyo de los Colgados
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Una leyenda cosalteca de la época porfirista

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