Documentos de la historia de Sinaloa, México

 

EL AÑO DEL HAMBRE Y LA MUERTE DE JOSÉ C. VALADÉS

 

Por: Eustaquio Buelna

 

Diciembre 20.—Se asignan al estado de Sinaloa 15 000 pesos, de los 60 000 destinados por la ley de 6 del mismo mes y año para subvencionar a los estados en que amenazaba el hambre por escasez de semillas. Se ordenaba por el reglamento de 20 de diciembre se comprasen semillas para venderlas en el estado a precio moderado, a efecto de impedir el alza de su precio en perjuicio de la clase menesterosa.

En la estación de aguas de este año casi no hubo lluvias, fenómeno que hacía mucho tiempo no se verificaba, por cuyo motivo no hubo cosechas y los efectos de primera necesidad se encarecieron extraordinariamente, siendo éste el mal que trataban de remediar las antedichas disposiciones del Gobierno Federal.

La subvención debía administrarse y distribuirse por una Junta llamada de Beneficencia, presidida por el gobernador; pero la medida no dio ningún resultado satisfactorio, pues no se introdujeron a Culiacán más que 90 fanegas de maíz, que se vendieron en dos días, a cuatro y cinco reales almud; en el distrito de Mocorito se introdujeron doscientas; en pocos lugares más otras pequeñas cantidades de maíz, y en el resto del estado, nada, ni aun con el producto de las ventas hechas se ha surtido de nuevo a las poblaciones en la miserable proporción que se hizo desde un principio.

El pueblo sufría horriblemente, compraba el maíz a seis reales, a peso, a diez y hasta a doce reales, cuando su miseria la dejaba algún recurso pecuniario para hacer esa adquisición, e imputaba al gobierno indolencia y aun complicidad en el escamoteo que suponía se estaba haciendo con los fondos destinados a remediar sus necesidades. Es el caso que el gobierno jamás explicó su conducta en el manejo que el público atribuía a él y a algunos de sus íntimos adeptos.

El hambre se hizo sentir todavía más en 1878, con forme se iban consumiendo las pocas semillas que quedaban o que se mandaban traer por cuenta de particulares; y hubo personas que murieron de hambre en los distritos del Fuerte y Sinaloa, y muchas que se enfermaban porque comían biznaga pura o mezclada con maíz.

En marzo de 1878 se amotinaron más de 500 individuos en la villa del Fuerte, por causa del hambre, y en la capital se agolpó una parte del pueblo a las puertas del Congreso, el que, sin embargo, no dictó ninguna medida para remediar el mal, pareciendo en estas circunstancias que el pueblo estaba destituído de autoridades que atendiesen en cosas que le fuesen provechosas.

En el mes de julio de este ano comienzan lluvias extraordinariamente abundantes, que tal vez remediarán el hambre del pueblo.

 

Agosto 13. — Sale el gobernador de Culiacán para México, y ejercerá el gobierno hasta que en Mazatlán se embarque para San Blas.

El motivo ostensible de su viaje es conseguir se permita al Estado imponer una contribución a los efectos extranjeros para cubrir la extrema urgencia del erario de Sinaloa, y otros proyectos. El verdadero motivo es que ya no puede sostener una situación, en que ha gastado y comprometido las rentas públicas al grado que se deben a los empleados muchas quincenas y que se ha enajenado las voluntades aun de mucha parte de sus partidarios.

En 16 de este mes amaneció el precio del maíz en la plaza de Culiacán a catorce reales almud, y casi no hay pobre que pueda comprarlo. Entre tanto, ni el gobierno ni el Congreso parece que se hayan preocupado de dictar alguna medida eficaz para remediar el mal, y sólo el prefecto de la ciudad hacía de cuando en cuando que algún dueño de dicho artículo lo vendiera al subido precio que corría en el mercado, lo que tenía el doble inconveniente de cometer un atentado en la propiedad ajena y de no remediar la necesidad pública. No ocurría a estos guardianes del bien público que desde que el maíz estaba aún a precio regular, debían haberlo expropiado por causa de utilidad pública y vendídolo al público paulatinamente para no dar lugar a abusos.

Agosto 16. —Manifestación pública del pueblo de Culiacán con motivo de la escasez de semillas. Grupos numerosos de gente se presentan al prefecto reclamando medidas para que se provea al público de semillas baratas; el prefecto reúne a los comerciantes, uno de los cuales reprocha al gobierno de no haber dictado con tiempo las medidas necesarias para minorar la miseria y hace interpelaciones relativas al empleo de los $15 000 y demás cantidades destinadas a la compra de maíz, extrañando que ahora se exija al comercio que remedie un mal que no procede del ni puede él remediar.

La reunión se disolvió con la promesa que se hizo de que algunas cantidades de maíz que venían en camino para algunos comerciantes, se venderían a seis reales el almud o menos. Se dijo que esta reunión fue provocada secretamente por el mismo prefecto, para exigir a los tenedores de maíz la rebaja de precio, infundiéndoles miedo a un levantamiento popular.

Después de esto, varios vecinos de la capital reunieron fondos para dar de comer a la gente menesterosa de la misma, y la que acosada por la miseria venía de los pueblos vecinos a buscar en ella el sustento. Se repartía carne cocida y arroz en morisqueta, gastándose diariamente de 25 a 30 pesos. Se presentaban a recibir ración de cuatrocientas a seiscientas personas, y daba compasión ver a mu¬chas de ellas escuálidas, niños pidiendo a gritos el sustento, madres que apenas podían sostener sus hijos en los brazos, hombres que fueron de constitución robusta, enflaquecidos y vacilantes.

La opinión enteramente pronunciada en contra de un gobierno no sólo indolente, sino derrochador, y en contra de urta junta de beneficencia que no pudo proporcionar al pueblo más que 90 fanegas de maíz vendidas a cinco reales almud, en el principio de la carestía y no supo emplear ni aun el producto de esa venta en nuevas compras de dicho artículo.

Poca oposición ha tenido por los periódicos este gobierno; pero el sordo rugir de la opinión pública se ensaña contra la más inepta y descarada de las administraciones.

Licenciado Manuel Monzón

Agosto 31. —Hoy se hizo cargo del gobierno, en Culiacán, este señor, como presidente del Tribunal de Justicia, y en la misma fecha dejó de desempeñarlo en Mazatlán don Francisco Cañedo, quien tenía licencia de la legislatura para ir a México, según se dice, con fondos del estado. El vicegobernador don Roberto Orrantia, vecino del Fuerte, visto que se le dejaba una administración esquilmada, mandó decir que no le era posible encargarse del gobierno, dio sus excusas y tomó posesión de él el presidente del Tribunal don Manuel Monzón, en el día y lugar ya indicados.

Septiembre 11. —En este día embarcó Cañedo en Mazatlán, dejando al estado en el más espantoso desconcierto.

Según revelaciones privadas, parece que el hambre fue producida en el interior del estado por los comerciantes y aun por los miembros de la junta de beneficencia, y en esta capital de acuerdo con el gobernador del estado. Dizque se mandó decir a la junta de beneficencia de Mazatlán que no enviara más maíz que el que al principio remitió, porque había el suficiente en los distritos y en esta capital; todo con el fin de vender caro el maíz que tenían entrojado y después el que habían comprado del extranjero, el cual expendieron a su satisfacción, sin compadecerse de la miseria pública y de las muertes que producía.

Septiembre 15. —Apertura del Congreso, compuesto casi de los mismos diputados del anterior.

Desde luego se trató de arbitrar recursos para remediar la escasez del erario, imponiendo una contribución extraordinaria de uno por ciento sobre capitales raíces y uno y medio sobre capitales mobiliarios; el Ejecutivo hizo observaciones pretendiendo que se rebajara el tipo del impuesto, atendiendo a la pobreza pública; el Legislativa creyó que aquél sólo llevaba por objeto captarse el favor popular y no quiso ser menos en este empeño, desechó la contribución y facultó en octubre, al Ejecutivo, para que agenciara un préstamo.

Mientras duraban estas mezquinas alternativas, los empleados perecían de hambre, y tal vez esto era lo que se proponía el Congreso para desacreditar la administración de Monzón, a fin de hacer aceptable el regreso de Cañedo, principal autor de la crítica situación porque atravesaba el estado.

Por estos días corrió la voz en el público, que la junta de beneficencia de Mazatlán había enviado maíz a la de Culiacán; pero que ésta, compuesta de comerciantes y de algunos otros que no pertenecían a la junta, lo habían comprado privadamente para venderlo a precio exorbitante, como lo hicieron todos los que tuvieron maíz qué vender.

Una de las causas del atraso de la hacienda pública, aparte de los despilfarros de Cañedo, era la frecuencia con que el comercio de Mazatlán pedía amparo contra las alcabalas por anticonstitucionales, siendo que ese ramo era el más pingüe y daba en dicho puerto más de $80 000. Lo cierto es que estos comerciantes de Mazatlán no sólo atacan las alcabalas, como ahora, y el derecho de consumo, como en 1874, contra el que también pedían amparo, sino las contribuciones que en 1825 habían reemplazado las alcabalas y por las cuales formaron la desastrosa revolución de ese año, y las contribuciones extraordinarias directas, cuando ha sido necesario dictarlas; lo que demuestra que no les interesa el bien del país, y que el eximirse del pago por el momento, para lucrar, es su único fin.

Diciembre I0. — En la noche de este día, domingo, llegó por la diligencia a Culiacán, de un modo intempestivo, el gobernador Cañedo. Es voz común, que sus partidarios en él Congreso y fuera de él lo llamaban con urgencia, para cubrir las prioridades que estaba descubriendo la administración provisional de Monzón, pues catorce mil pesos en la Aduana de Mazatlán, el embrollo inextricable en la de Culiacán y los dieciocho o veinte mil pesos de gastos extraordinarios hechos por Cañedo, sin contar otras irregularidades en la Administración, habían formado un escándalo público que desconceptuaba al gobierno.

Enero 27.—En la noche de este día, como a las nueve, fue asesinado en Mazatlán, de una puñalada en el pecho, don José Cayetano Valadez, redactor de La Tarántula, periódico oposicionista que en su tercera época había comenzado a salir desde el 1° del ano, pidiendo al gobierno cuentas de ciertos fondos mal invertidos y de porción de faltas. Iba el difunto para la calle, en la esquina de la tienda de Maxemin, con dos señoritas del brazo, que se retiraban de una visita, cuando el asesino, fingiéndose ebrio, se encontró con el grupo, despejó a una de las compañeras por una de sus fingidas oscilaciones y asestó violentamente el golpe, del que no se apercibieron las señoritas, huyendo en seguida. Al verlo vacilar, las compañeras le preguntaron si había tropezado, y él les respondió que estaba herido; entonces una le quitó el puñal que le había quedado clavado, y Valadez expiró inmediatamente.

Todas las opiniones son de que el gobierno lo mandó matar por medio de uno de los acólitos asesinos que llegó a Mazatlán, y aun se dijo aquí que no duraría el periódico arriba de quince días.

Valadez había recibido varios avisos de que se maquinaba algo contra su persona, y así lo había anunciado en su periódico. Los recibió de Culiacán, donde era público que algunos altos funcionarios habían dicho que al ir el gobernador a Mazatlán, no dilataría en morir La Tarántula; se lo dijeron en el mismo Mazatlán el secretario de Gobierno, Luis Salcedo, el diputado Rivas García y otros.

El secretario de Gobierno se volvió esa misma noche, por la diligencia, a Culiacán, aterrorizado del suceso, y a las once que fue a despedirse del gobernador, lo encontró en la cama y hablando cosas incoherentes y sin sentido.

Ninguna providencia ni orden del gobernador, del prefecto ni de ninguna otra autoridad, para descubrir y perseguir al asesino.

El 28 amanecieron letreros en las paredes de las casas, diciendo que Ignacio Solano, un bandido elevado por Cañedo al rango de ayudante de su persona, era el asesino; pero ni por esta indicación fue consignado a su juez, por el gobernador.

El comercio de Mazatlán sigue más y más renuente al pago de contribuciones, y para burlar la ley, se dice que piensa concretar todos los almacenes en uno solo, para pagar sólo por éste.

Enero 28. —A las cuatro y media de la tarde tuvo lugar el entierro de Valadez, al que concurrieron como dos mil almas, cerrándose el comercio. Iban algunos preparados a pronunciar oraciones fúnebres; pero habiendo observado en el pueblo una grande indignación, se contuvieron, y aun uno de ellos, por un consejo amistoso, hizo salir a la policía del panteón, temiendo que fuera asesinada por el pueblo; éste, sin embargo, al depositarse el cadáver en la bóveda, prorrumpió gritando “muera el bandido Cañedo”.

Habiendo vuelto el pueblo del panteón, se agolpó a la habitación de Cañedo, que era la del coronel Carricarte, a forzarle a que se entregara a la justicia; pero él se encerró al divisar aquella reunión, y en unión de Carricarte la recibió a balazos, por las ventanas, habiendo dado muerte a un joven llamado Parra y herido a varios otros de la reunión. La multitud se indignó más y más, aumentando a cada momento su número y vociferaba gritos de “muera Cañedo, el asesino de Valadez”; pero no teniendo armas, nada emprendía, mas no abandonaba su posición frente a la casa de Cañedo.

Se dice que el intento era matar; además de Valadez, al general Vázquez y a otra persona.

Enero 29.—El pueblo excitado en toda la ciudad, buscaba armas para asaltar la casa de Cañedo, en cuya puerta había una guardia federal, aunque se decía que ya no estaba allí Cañedo, y unos decían que se había refugiado en el cuartel, y otros que se había salido de la población.

El 29 de enero Francisco Meza (a) “el Güilo”, fue a la casa de Cañedo, que estaba amenazada por el pueblo, por llamado del mismo Cañedo, para que le ayudase en la defensa; y le propuso que aceptase el cargo de la muerte de Valadez, que él lo libraría después, y el Güilo no quiso. Ese día, o el siguiente, el general Loaeza fue a casa de Cañedo, a decirle que el pueblo no quería aplacarse y que no había más remedio que saliese para el extranjero; que él le ayudaría a verificarlo en cuanto le fuese dable. Cañedo entonces le contestó, que ya había él aprehendido al asesino, y que era preciso se lo llevasen al cuartel, indicando al Güilo Meza, sin que éste notase nada, pues se hallaba con su arma entre los que defendían la casa del gobernador. Fue llevado, y en el tránsito el instinto del pueblo prorrumpió en gritos, diciendo que aquél no era el asesino sino Ignacio Solano.

En el cuartel se le dijo que iba a ser fusilado, y se puso preso con las precauciones necesarias. Parece que el proyecto de Cañedo era prometer a Meza que él lo salvaría al fin, si confesaba el delito, para fusilarlo intempestivamente y sepultar con él la verdad, salvándose el verdadero delincuente y su mandante. Meza fue interrogado por Loaeza, en el cuartel, y habiendo dado plena satisfacción probando que en el momento del asesinato estaba a muchas leguas de allí, lo mandó a la cárcel consignado a su juez. Todavía allí en la cárcel, le mandó Cañedo un papelito diciéndole que se confesara autor del delito y que él después lo salvaría, pero no lo consiguió saliendo “el Güilo” de la cárcel a los tres días. Después fue preso en el Rosario, cuando Cañedo estaba en el gobierno, y aun se dice que por orden de éste, por una causa de estupro que tenía pendiente desde antes, y fue encerrado en un calabozo y tratado en la cárcel como el mayor facineroso, por venganza de Cañedo. Después de muchos meses que pudo salir en libertad, con fianza, fue llamado por Cañedo y por el prefecto, quienes le halagaban con su amistad y otras bajezas, por miedo.

Se reunió el Ayuntamiento, el pueblo pidió el estado de sitio, se telegrafió a México con este objeto, y por fin el general Loaeza, jefe de la guarnición federal en Mazatlán, declaró el estado de sitio en todo el estado, cosa de que no había necesidad, pues no había perturbación en el resto de él.

Los grupos de pueblo contenían rondando la manzana en que está la casa de Cañedo, especialmente el frente de ésta, y una partida de 25 abasteros, a caballo, circula por toda la ciudad, aguardando que salga Cañedo o el asesino mandado por él, que se supone que es Ignacio Solano, bandido elevado por el gobernador al rango de ayudante de su persona, para matarlos.

Enero 31.—Por el correo de la noche se tuvo noticia de los sucesos en esta ciudad, en Culiacán; se reunió la legislatura, que ya estaba convocada desde antes a sesiones extraordinarias, y dispuso llamar al ejercicio del gobierno al presidente del Tribunal don Manuel Monzón, quien no aceptó, diciendo que el gobernador aún estaba en el estado. Lo cierto era que el gobernador había entregado en Mazatlán el poder al general Loaeza, aunque sin facultad para ello; pero eso quizá no era más que un pretexto para que Cañedo se viese obligado a renunciar.

Febrero 1°. —Insiste la Legislatura en que debe encargarse del gobierno el presidente del Tribunal.

Licenciado Manuel Monzón

En la tarde de este día se encarga del gobierno el señor Monzón, y además se le dan facultades extraordinarias en hacienda y guerra, por el Congreso.

Se recibieron cartas del general Loaeza, diciendo que había declarado el estado de sitio sin facultades; pero por calmar la excitación del pueblo y salvar a Cañedo, y que no se le culpara, pues estaba dispuesto a entregar el mando.

En estos días se sabe que Mondragón, prefecto del Rosario, también había sido mandado asesinar por Cañedo; y que Buelna era otra de las víctimas, designadas al sacrificio, lo mismo que Valadez y el general Márquez.

En la misma fecha el Congreso da una ley declarando la responsabilidad de los que sirvan al gobierno militar y la nulidad de las disposiciones y actos emanados del gobierno y empleados del estado de sitio.

Febrero 2. —En esta fecha el Congreso expide una protesta contra el estado de sitio, virulenta e inconveniente.

Febrero 3.—En la noche de este día sale Cañedo, disfrazado, del cuartel donde se había refugiado en Mazatlán; y en la garita toma su caballo ensillado, y junto con Solano (Juan) y Pablo Cárdenas se viene al Habal a esperar la diligencia que salía de Mazatlán, llegando a Culiacán el jueves 6 a media noche.

Febrero 6. —El estado de sitio es levantado por el general Loaeza.

La Tarántula sigue saliendo, y tanto ella como la opinión, más desembozada, descubre otras muertes anteriores ordenadas por Cañedo.

Febrero 7. —Amanece Cañedo en Culiacán, y pretende con insistencia recibirse del gobierno; pero los diputados le hicieron serias observaciones sobre la inconsecuencia del paso. Le convenía valerse del poder para esquivar la persecución popular y la ira de los ofendidos; mas el Congreso veía que la administración pública no marcharía con un gobierno tan desprestigiado, al que se opondría toda clase de resistencias.

Febrero 8.—Se dio cuenta en el Congreso con una acusación dirigida contra Cañedo, desde Mazatlán, por la hermana, tío y primos del infortunado Valadez, y esto determinó más al Congreso a negar a Cañedo el regreso al Gobierno, dándole una licencia sin fijación de plazo.

Ha habido noches que gentes del pueblo han gritado por las calles “mueras al bandido Cañedo”.

Vino otra acusación del pueblo de Mazatlán, contra Cañedo.

Algunas noches iba un piquete de fuerza federal a su casa, a llevárselo a dormir al cuartel para mayor seguridad.

Febrero 11. —Expide el gobernador Monzón, con facultades del Congreso, el presupuesto de egresos, reduciendo su monto a $100 000, que es como la mitad del que antes regía, con lo que los empleados quedaron sumamente disgustados y la administración pecó por el extremo contrario: en vez de dispendiosa, se hizo miserable.

Febrero 16.—Amanece la noticia de que Cañedo se había ido ocultamente de Culiacán, quedando así burlado el juicio que debía seguírsele por el asesinato de Valadez, por haber entregado el go¬bierno al general Loaeza para que lo libertara con la declaración ilegal del estado de sitio, y por haber incurrido en la responsabilidad declarada por decreto del Congreso de fecha 1° del corriente, contra los que hubiesen cooperado al estado de sitio, como lo fue Cañedo, que no sólo entregó el mando, sino que dirigió circulares a los prefectos para que obedeciesen a Loaeza. La nota no salió exacta.

Febrero 19. —En el periódico de esta fecha sale el presupuesto de egresos del estado, expedido por el gobernador en uso de las facultades en hacienda que le había concedido la legislatura, cuyo monto importa sólo cien mil pesos.

Se sabe que el pueblo de Mazatlán está todavía tan irritado por el asesinato de Valadez, que apedrea cada vez que sale a la calle, al prefecto Antonio Gómez, visto con ojeriza por ser hechura de Cañedo en las pasadas elecciones contra el voto verdadero del pueblo, y porque en la noche del asesinato no se pudo encontrar para que dictase providencias para la persecución del asesino, antes al contrario, el día siguiente hizo uso de una licencia que tenía concedida de antemano.

En estos tiempos la administración de justicia está tan perdida, que ya no hay garantías ni en el tribunal.

Los magistrados, o están ausentes u ocupan otros destinos. Los suplentes entran a funcionar con derecho a abogar por tres meses, y para no perder ese derecho, piden licencia antes de que se cumpla ese término, y pronto vuelven a entrar, gozando de nuevo del término de tres meses.

Como los suplentes se ven a cada paso impedidos por su ingerencia en los negocios como abogados, no han podido cubrirse sus faltas sino con la medida anticonstitucional de nombrar abogados por sorteo; de suerte que todos o casi todos los miembros del Tribunal que conocen de un negocio, están abogando en otros asuntos de que conocen otros abogados también como ministros; y es muy común oír decir que uno o más ministros de un negocio se comprometen a fallarlo en determinado sentido, porque los ministros de otros negocios, en que son abogados los primeros, hagan lo propio en él.

Se ha observado que hay una liga de abogados postulantes, que son ministros suplentes o que se procura sean con frecuencia sorteados, los cuales hacen dicho concierto y son por lo regular extraños, venidos de fuera del estado.

La ingerencia de tales hombres en la administración de justicia es uno de los males que ha procurado el gobierno de Cañedo, corruptor por excelencia, pues procura y emplea gentes de esa calaña.

Marzo 25. —A fines de este mes, a poco de salir la diligencia para Mazatlán, cerca del punto llamado Los Colgados, fue robada aquélla, llevándose los ladrones $4 000 que iban en el carruaje, remitidos de Álamos a Mazatlán.

Se extendió luego la voz de que los ladrones eran Pablo Cárdenas, Juan Solano, hermano de Ignacio el asesino de Valadez, y otros, atribuyéndose a Cañedo complicidad en el robo, y más cuando Cárdenas y Solano eran los que custodiaban siempre la puerta de éste en Culiacán, temeroso de alguna venganza o movimiento del pueblo.

No pudo, sin embargo, averiguarse judicialmente quiénes eran los autores del hecho, y fueron puestos en libertad los que habían sido aprehendidos, que por cierto no fueron Cárdenas ni Solano.

Marzo…—En este mismo mes fueron exhortados por el juez que conoce de la causa del asesinato de Valadez en Mazatlán, Pablo Cárdenas y Juan Solano, como cómplices. El Juez de Culiacán dio orden al jefe de la policía, Benito Verdugo, para la aprehensión de dichos individuos; pero el prefecto Francisco M. Andrade dio orden a toda la policía para que saliera inmediatamente a Culiacancito a hacer la aprehensión de unos ladrones, la que no se verificó porque no existían, y entretanto, devuelto el exhorto a Mazatlán, los exhortados se pasean en Culiacán, por las calles, sin que haya autoridad que los mande aprehender.

Cañedo, al principio de su procesamiento, estuvo a punto de ser condenado por el Congreso. La opinión de una parte de los diputados era en su contra, porque creía insostenible su causa, y otra parte estaba indecisa. Ya se habían formado el propósito de declararlo con lugar a formación de causa, lo que daba por resultado que Monzón siguiese de gobernador. Pero éste careció de política y buenos modos para con los diputados, a los que trataba mal, apellidándolos torpes y de mala conducta para lo que empleaba frases irritantes, y afectando no necesitar de ellos para nada, por lo que éstos, aunque habían procurado aproximársele, se resfriaron con él, y por otra parte Cañedo halagó a los principales y más audaces de ellos, prometiéndoles ventajas en su administración con tal que lo absolvieran, y quizá de aquí dependa el cúmulo de aberraciones cometidas después por el Congreso y el gobierno, sin que el uno al otro se hicieran observaciones, y los abusos de ciertos diputados que hicieron buenos negocios.

 

Marzo 31. —El Congreso reunido en gran jurado, declaró que no había lugar a formación de causa contra Cañedo por la complicidad que se le acusó en el asesinato de Valadez. Los diputados presentes y que dieron su voto afirmativo fueron: José María Rojo, Víctor Avilés, Jesús Guerrero, Alberto Vega, Ramón Ponce de León, Bernardo Vázquez y Luis Rivas García. Los defensores licenciado Basilio Aviña y licenciado Jesús J. Uriarte.

 

La muerte de José C. Valadés y el año del hambre

El año del hambre en Sinaloa y la muerte de Jose C. Valadés

 

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El año del hambre en Sinaloa
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Hechos de efemérides de un ciclo anual donde la población estatal sufrió por la carencia de alimentos

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