El ánima del callejón

October 5, 2014

Leyendas sinaloenses

 

EL ÁNIMA DEL CALLEJÓN

 

 

Por: Enrique Peña Gutiérrez

 

El anormal repique de campanas envuelto en el estruendo explosivo de la fusilería y arrastrando un ensordecedor y eufórico vocerío, aquella tibia madrugada de junio, bajo el horror y el sobresalto despertó angustiada la población de Mocorito. Una horda Zapatista sin resistencia alguna se hizo dueña de la plaza, días antes las fuerzas federales se habían retirado hacia la capital del estado, en un supremo intento de concentración para dar la batalla decisiva a las fuerzas sureñas hambrientas de tierra y libertad.

 

Como sucedía por aquel entonces, en esa turbulenta etapa revolucionaria, el saqueo desenfrenado al comercio era el corolario de toda acción bélica.

 

El derramamiento de sangre de pobladores inocentes era una cosa obligada, evitada en aquellos momentos por un suceso milagroso surgido del misterioso fondo de lo desconocido. Un fuerte mocetón desarrapado con las insignias de sargento sobre una camisa sudorosa y llena de tierra, hacía desesperados esfuerzos por aplacar el pasional desborde de aquella turba que se creía victoriosa. Maclovio Herrera era su nombre, querido y respetado por su valentía y por su nombre igual al de un osado guerrillero villista, que ya avanzada la mañana lograba una calma recibida entre murmullos y desaprobación, pero aceptada por las enérgicas órdenes de un hombre al quien ciegamente se le obedecía, por un impactante dominio de una tropa a la que muchas veces llevó al triunfo.

Pasada la tempestad armada, Maclovio con gran capacidad organizativa logró en unos cuantos días y acuartelada la tropa un entendimiento real con los vecinos.

Establecida la autoridad municipal se convirtió en enlace entre éstas y la autoridad militar. Renacía la confianza en una comunidad mal o intencionalmente informada sobre la proclividad de las fuerzas Zapatistas para mantener en zozobra constante a las plazas caídas en su poder. Próxima la estación de lluvias, al llegar estas con su pincel acuífero para pintar de verde los campos, la soldadesca hermanada con los campesinos se dieron al cultivo de las tierras, se establecía así un oasis de tranquilidad y de trabajo. La figura del guerrillero penetraba con paso abierto al corazón de los habitantes.

Al parecer la guerra había terminado para todos, nada hacía presumir un funesto desenlace.

Una paz virgiliana se extendía por todos los ámbitos de la región. La blanca sonrisa de los maizales brillaba hermanando su proteínica abundancia con el canto alegre de los campiranos. El tiempo autodevorador de días, semanas y meses parecía haberse estancado, cuando en la apacible soledad de una mañana, una comisión militar con bandera blanca, solicitó a las autoridades civiles y militares la incondicional rendición de la plaza. Silencioso pero altivo, Maclovio oyó la petición, dejando caer a plomo la energía acerada de sus palabras: _Señores, ésta tierra ya es nuestra, aquí vivimos en paz y la defenderemos a costa de nuestras vidas pueden proceder al ataque y nosotros a la defensa, es todo. Muy pronto el ataque se generalizó, el ejército gobiernista bien equipado y previamente adiestrado para la acción, combatía furiosamente no sin obtener una enérgica respuesta de resistencia. La heroicidad de campesinos y soldados se hacía manifiesta en cada retén. Cuando al tercer día del ataque, sorpresivamente Maclovio Herrera, caía acribillado por la soldadesca gobiernista.

 

Manos piadosas cavaron su sepultura y envuelto en petates junto con su amada carabina, se levantó un túmulo de piedras y una tosca cruz de madera señalando el lugar del acontecimiento. Nacía en esos momentos la leyenda del anima del callejón, santificado por el vecindario quien a la hora del tramonto cubría de velas encendidas y de rezos la tumba de aquel querido soldado. La fe, movilizadora de montañas se hizo presente y entregó su vida al ánima del callejón, quien a su vez a partir de aquel momento se convirtió en protector de niños, mujeres y ancianos, con una sucesión de milagros que volaron en alas del viento para llevar su fama mucho más allá de los límites regionales.

 

Todos los días desde entonces a la hora en que el hacedor de cosas comenzaba a esconder el sol en sus bolsillos, la presencia urbana y campirana mezcladas con velas y plegarias convirtieron aquello en un punto de referencia de la fe y la pasión.

 

Un oscuro presidente municipal anticlerical y adulador del sistema, después de deshacer una procesión religiosa, ordenó el arrastre del empedrado túmulo, según él hacia la nada, pero sin tomar en cuenta que todavía hoy, el desaparecido santuario milagroso, se reproduce en cada hogar con oraciones y rezos en torno a una vela encendida que desaparece con el alba de los amaneceres.

 

En tanto, en los espacios cósmicos del universo, Maclovio Herrera sonríe bondadoso, agradeciendo la confianza depositada en él por el gentío, contemplando a la vez la enhiesta figura de Emiliano sobre su caballo blanco, cabalgando sonriente en las estrelladas parcelas del cielo.

 

Tomado de: Brechas, Órgano de Difusión Cultural de la Región del Évora, número 30, Guamúchil, Sinaloa, otoño de 1994.

 

Leyendas de Sinaloa, México; El ánima del callejón

Leyendas sinaloense- México; El ánima del callejón

 

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El ánima del callejón
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Una leyenda de la época revolucionaria en Mocorito

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