Personajes en Sinaloa

 

LAZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS, PADRE DE LA CULTURA DEL NOROESTE

 

Por  Antonio Nakayama

La personalidad del Sr. Lic. y Dr. don Lázaro de la Garza y Ballesteros, 6° obispo de Sonora, es, sin lugar a dudas, una de las más relevantes que han pasado por el noroccidente de México, ya que fue completamente positiva, especialmente en el aspecto de sus esfuerzos para impulsar la cultura. El nacimiento de este distinguido eclesiástico tuvo lugar en el pueblo de San Mateo del Pilón, hoy Montemorelos, N. L. el 27 de diciembre de 1785, siendo sus progenitores don José Antonio de la Garza y doña María Guadalupe Ballesteros. Es indudable que las primeras letras las aprendió en su pueblo natal, y que en 1798 se trasladó a Monterrey para estudiar en el Seminario Conciliar, donde cursó latinidad y filosofía, para después marchar a la ciudad de México a continuar su carrera. El año de 1810 inició sus tareas como catedrático de filosofía en el Seminario, y en ese mismo año se graduó como abogado por el colegio de ese ramo, y por la Real Audiencia.

Su seriedad y talento hicieron que los superiores se fijaran en él para encomendarle comisiones de responsabilidad y confianza, así que a pesar de su notoria juventud fue nombrado secretario de visita en Querétaro, tarea que desempeño con gran tino, no obstante las circunstancias tan difíciles por las que se atravesaba en esa época. El 22 o el 23 de septiembre de 1815 recibió la unción sacerdotal de manos del obispo de Oaxaca, Ilmo. Sr. D. Antonio Bergoza y Jordán, en el templo de El Carmen de la ciudad de México; al poco tiempo recibió el nombramiento de vicerrector del seminario y 2 años más tarde se le designó cura interino de Tepoztlán, de donde muy pronto fue llamado por el arzobispo Fonte “para dar la Cátedra de Cánones en el Seminario”. La Pontificia Universidad le contó entre sus graduados, ya que el 21 de julio y en noviembre de 1819, obtuvo en ella las borlas de licenciado y doctor en Derecho Canónico, respectivamente. Impartió la cátedra de Cánones en aquella institución desde ese último año hasta 1821. Durante ese tiempo fue prosecretario del Cabildo Metropolitano, y en el año que se acaba de citar pasó a desempeñar la Secretaría, la que dejó en 1823 para hacerse cargo del curato de Santo Tomás la Palma. Este destino lo sirvió pocos meses ya que por comisión del gobernador de la Mitra pasó al de Santiago Tecozautla, donde permaneció hasta 1824 en que tomó posesión como cura interino, juez eclesiástico y vicario foráneo, y allí estuvo hasta 1828 en que volvió al Seminario como catedrático, y para desempeñar el cargo de promotor fiscal de la Curia. En 1830 obtuvo el más alto grado académico en Leyes; el 17 de marzo de 1832 ingresó al Sagrario Metropolitano como cura interino, y poco después se convirtió en propio, y desde entonces compartió sus tareas pastorales con las del magisterio en el seminario, del cual fue profesor durante 20 años, impartiendo, aparte de las cátedras que se han citado, las de Gramática Latina, Derecho Civil y Disciplina Eclesiástica.

La diócesis de Sonora se hallaba vacante desde el año de 1825 en que murió fray Bernardo del Espíritu Santo, O C D, y resueltas las dificultades que el gobierno español había puesto en Roma para el restablecimiento de la jerarquía eclesiástica en México, las autoridades dieron los pasos necesarios para dotarla de obispo, fijándose en la persona del Dr. Ángel Mariano Morales y Jasso, quien después de consagrado se puso en camino hacia su sede episcopal; mas un ataque apoplético le obligó a renunciar sin haber llegado a tomar posesión. Sin embargo, el vasto territorio que comprendía Sonora, Sinaloa y las dos Californias no podía estar más tiempo sin pastor, y lo que es más, necesitaba de uno que no sólo fuera a regirlo, sino a reconstruirlo espiritualmente, dado que la prolongada vacante y los cambios operados en la República lo situaban en ese imperativa El Cabildo Metropolitano encontró en el señor De la Garza a la persona requerida para esa empresa, ya que a su talento poco común y vida ejemplar, aunaba una brillante carrera en la Curia, en el magisterio y en los curatos, y además era poseedor de una férrea energía en lo relativo a disciplina eclesiástica. Así que el Cabildo lo propuso en primer lugar el 12 de marzo de 1837. El ejecutivo de la nación, previo parecer de los gobiernos de Sonora y Sinaloa, lo presentó a la Santa Sede, y fue preconizado por su Santidad Gregorio XVI el 19 de mayo siguiente. Habiendo llegado sus bulas, prestó juramento de obediencia a las leyes y después se retiró al Colegio Apostólico de San Fernando donde se preparó para recibir la consagración episcopal, que se verificó el 8 de octubre del mismo año en el Sagrario Metropolitano; fue consagrante el Excmo. Sr. Morales y Jasso, y asistentes los excelentísimos señores Joaquín Fernández de Madrid y Antonio María de Jesús Campos, obispos titulares de Tanagra y Resina respectivamente; Morales y Jasso era abad de la Colegiata de Guadalupe. Asistió como invitado de honor el Excmo. Sr. fray José María de Jesús Belaunzarán y Ureña, obispo de Linares; apadrinó al nuevo prelado el Colegio de Abogados.

El 12 de diciembre siguiente De la Garza partió para su obispado. Llevaba consigo a varios eclesiásticos a quienes había admitido como domiciliarios; entre ellos iban los señores Pbro. Lie. José María Álvarez Bonilla —a quien nombró secretario de Cámara y Gobierno—, Br. Pedro Loza y Pardavé y Juan José Magos. Llegó al río de Las Cañas— límite de su obispado con el de Guadalajara— el 22 de enero de 1838, y el día 24 tomó posesión en la iglesia parroquial de El Rosario. Culiacán —su ciudad episcopal— lo recibió jubilosa el 8 de febrero siguiente, y a su llegada se registró un incidente, del cual presentamos la versión dada por el propio obispo:

En este mismo día salí de la iglesia parroquial para la casa yo creía ser el alojamiento que se me tenía dispuesto; llegué allá y me encontré con que era el palacio de gobierno, en donde se me arengó por mi llegada. Ignoro la intención que tuvieron: pero yo en mi arenga dije públicamente que había ido al gobierno engañado, creyendo que era mi posada, pero que reclamaba el acto entre otros motivos, porque lo natural era que se visite al que viene, no que el comience a hacerlas, y aún habiendo dicho el Sr. D. Francisco Orrantia (gobernador) que el gobierno pasaría a cumplimentar, me dije, que no había necesidad de ello, y que el acto se reputase como visita hecha a mí y como correspondencia de ella si así se quería, pero que yo protestaba el reclamo que hice. Todo se hizo públicamente y en nada hubo contradicción.

 

Los 13 años en que el obispado estuvo sin prelado, trajeron como resultado que los trabajos del Dr. De la Garza fueran ímprobos para superar los problemas que se le presentaron. La escasez de clero; la ignorancia del pueblo y su pobreza; las distancias y las malas comunicaciones, se unieron para que su labor fuera más difícil. Pero el ilustre neoleonés era dueño de gran entereza, de voluntad de hierro y de una gran dosis de generosidad, y emprendió la lucha para reestructurar la diócesis. Su principal empeño fue la educación de la juventud, y para lograr su objetivo había fundado el Seminario Conciliar de Sonora desde la ciudad de México el 27 de septiembre de 1837, y lo inauguró en Culiacán el 8 de octubre del mismo año. Dos años más tarde efectuó la fundación del Colegio de San Juan Nepomuceno y Santo Tomás de Aquino, que en defecto de Cabildo haría las veces de cuerpo consultivo del obispo. La apertura del seminario fue un gran paso para el mejoramiento cultural del noroeste, ya que numerosos jóvenes que por su situación económica no podían estudiar en Durango, Guadalajara o México, fueron a la ciudad de Culiacán para seguir la carrera eclesiástica, o bien para hacer los estudios preparatorios a una profesión civil.

 

La santificación e ilustración del clero fueron otros de los objetivos del prelado, y para ello expidió una serie de luminosas cartas pastorales, cuyo mejor elogio lo constituyó el hecho de que fueran declaradas vigentes en otros obispados. La de 11 de julio de 1838 tuvo como tema el ministerio de la predicación; el deber de aplicar el sacrificio de la misa por el pueblo en los domingos y días festivos; el traje exterior; el trato social; las ocupaciones, y el culto. La de 11 de marzo de 1841 versó sobre los sacramentos del bautismo y el matrimonio. Por su parte, la de 23 de febrero de 1847 fue expedida en relación con la Ley del 11 de enero del mismo año sobre la ocupación de bienes eclesiásticos, sin sospechar la trascendencia que habría de tener 10 años después con motivo de las Leyes de Reforma. El 5 de abril siguiente volvió a ocuparse del mismo tema.

 

La tolerancia religiosa que trataba de implantarse en el país le dio motivo para lanzar otra pastoral el 23 de septiembre de 1848, y en ella se opuso a la idea. Dos meses más tarde inició un serie de 6 cartas sobre la obligación de los eclesiásticos de estudiar los libros sagrados; en 22 de noviembre de 1849 suscribió otra en relación con la encíclica de Pío IX sobre la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción de María, y adjunto distribuyó un sermón que predicó en Ures el 4 de julio, en ocasión de la visita que hizo a ese lugar, en donde ordenó de menores y confirió el subdiaconado al Br. José de Jesús María Uriarte y Pérez, quien años después sería 8° obispo de Sonora y 1° de Sinaloa.

Su amor a la patria se puso de manifiesto en la carta pastoral llena de patriotismo que hizo circular con motivo de la inevitable guerra con los Estados Unidos de América. En ella condenaba la injusta actitud del gobierno yanqui y la torpeza del nuestro. Ya con anterioridad, en carta que dirigió al ministro del Interior, había reprobado la colonización de Texas y Nuevo México por ciudadanos norteamericanos; llamaba la atención sobre el peligro que corrían esas provincias de ser ocupadas por los Estados Unidos, y hacia hincapié sobre el crecido número de personas que se aglomeraban en los centros populosos del país, que bien podían colonizar aquellas regiones y evitar el peligro de que se perdieran.

Lázaro de la Garza construyó el edificio del Seminario y lo dotó de una excelente biblioteca; ambas cosas fueron pagadas con su dinero. Para el sostenimiento del Colegio de San Juan Nepomuceno y Santo Tomás de Aquino, abrió el panteón del mismo nombre y lo puso en servicio el 13 de mayo de 1844. Como el templo parroquial que hacía las funciones de catedral era muy pequeño, emprendió la tarea de edificar otro más espacioso, y para el efecto, el 12 de mayo de 1842, fiesta de la Santísima Trinidad, puso la primera piedra de lo que ahora es el templo catedralicio de Culiacán, el cual, a su partida, se levantaba a 2 varas del suelo.

Su actuación ejemplar, virtudes y sabiduría se propalaron por todo el país, así que cuando el arzobispado de México quedó vacante por muerte del Excmo. Sr. Posada, el Cabildo Metropolitano no dudó en proponerlo en primer lugar para ocupar la sede, y el gobierno de la República lo presentó a la Santa Sede. Con este motivo, al contestar al ministro del Interior la comunicación en que se le había dado a conocer la noticia, dijo entre otras cosas:

…Si he tenido valor para leer íntegra toda la indicada comunicación de V. E. no ha sido porque en tantas cosas como V. E. dice de mí, se haya complacido mi amor propio, sino porque en todas y cada una de ellas he reconocido y apreciado justas y debidas advertencias de que en el nuevo cargo á que soy llamado, me porte de manera que alguna vez merezca se diga algo de mi siquiera de lo mucho con que se me honra. Bajo esta inteligencia y con este ánimo he leído lo que V. E. me escribe; y en cuanto a lo principal, que es la elección hecha de mí, sujeto mi juicio al del Exmo. Sr. Presidente, y acepto el nombramiento.— De igual modo me porté cuando ese supremo gobierno tuvo a bien nombrarme para obispo de esta sagrada mitra, ni entonces ni ahora he tenido que meterme en discursos sobre lo que haría, sino en obedecer y seguir las disposiciones de la providencia, que mejor se conocen por la voz de los superiores que por las significaciones de los propios juicios.— … Me duele mi corazón al considerar que tendré que dejar una grey que el Señor puso a mi cuidado, mas no soy yo el dueño de ella, sino el que dispone que la deje y que me ocupe en el cuidado de otra. El manda y así lo quiere: esto me determinó en 1836, lo mismo me determina ahora…

 

Su Santidad el papa Pio IX lo trasladó con fecha 30 de septiembre de 1850, y habiéndole llegado las bulas, su primer acto como metropolitano fue nombrar vicario capitular en sede vacante al Pbro. don Juan Francisco Escalante y Moreno, cura propio de Hermosillo. Después de esto empezó a efectuar los preparativos de su viaje, y donó al Seminario los escasos muebles que poseía, así como sus libros, ornamentos e imágenes. El 31 de diciembre siguiente salió de la ciudad de Culiacán en medio de la pesadumbre del pueblo que lo acompañó hasta las afueras de la población, y ya en la ciudad de México, le fue impuesto el Palio el 11 de febrero de 1851. Los habitantes de Culiacán testimoniaron su filial afecto al prelado en 120 quintetos que se imprimieron en la misma ciudad el 8 de diciembre bajo el título de Sentimientos de los fieles de ambos sexos, en el obispado de Sonora, por la próxima ausencia del ilustrísimo Sr. Dr. D. Lázaro de la Garza y Ballesteros, electo arzobispo de México.

 

Ya como metropolitano, expidió una pastoral con motivo de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción de María, y después celebró jubilosamente la declaración pontificia sobre el particular. Al seminario conciliar lo dotó de edificio y le dio nuevas constituciones, muy similares a las que había expedido para el de Sonora.

 

En noviembre de 1851 hizo su arribo a la ciudad de México Mons. Luis Clementi, arzobispo titular de Damasco y delegado apostólico. Su llegada fue motivo de un incidente jurídico con el arzobispo de México. El gobierno de la República tenía que dar el placet a todas las bulas que entraban al país, y desde luego que las que acreditaban a aquél como representante pontificio debían pasar por ese requisito Como es natural, el Excmo. Sr. De la Garza estuvo a visitar al delegado, pero como el pase de los documentos papales se fue demorando, le escribió pidiéndole le comunicara cuáles eran las atribuciones que traía, mas recibió un silencio por respuesta. El asunto de las bulas siguió sin resolverse, por lo que volvió a escribirle, y obtuvo la misma contestación, así que optó por esperar a que el gobierno satisficiera el supradicho requisito, para que una vez cumplido éste, diera su pleno reconocimiento al delegado. Esto originó un estado de tensión entre ambos jerarcas, e hizo que el Sr. de la Garza, consumado canonista, que actuaba de acuerdo con un profundo criterio legalista, escribiera su Opúsculo sobre los enviados de la Silla Apostólica. Se ha dicho que la actitud del metropolitano hacia el delegado le costó el capelo cardenalicio, ya que se rumoreaba que Roma pensaba otorgárselo; pero es indiscutible que Mons. Clementi tuvo una gran responsabilidad en el incidente, pues pudo haberlo evitado con sólo satisfacer la consulta del prelado.

 

Al presentarse el movimiento reformista, Mons. De la Garza, que era hombre integérrimo, luchó denodadamente en defensa de las inmunidades y de los bienes de la Iglesia por medio de varios opúsculos y cartas pastorales, y, a pesar de la inflexibilidad de su carácter, al promulgarse la Ley Lerdo buscando la paz de la nación propuso al gobierno que todo se arreglara con el Sumo Pontífice. Sin embargo, la lucha se recrudeció y en enero de 1861 fue desterrado en unión de otros obispos y del delegado apostólico.

 

De la Garza se dirigió a Cuba donde fijó su residencia en Guanabacoa. Llamado por el Papa, embarcó con destino a Italia, pero no pudo llegar, ya que en el barco que abordó en Cádiz, enfermó de una enfermedad bronquial que degeneró en bronconeumonía. El arzobispo de Barcelona tuvo noticias de que el metropolitano de México viajaba en ese estado de salud, y tan pronto como el navío arribó a la Ciudad Condal, el prelado subió a bordo acompañado de varios facultativos, cuyo parecer fue que el Excmo. Sr. de la Garza no podía continuar el viaje. Fue trasladado al palacio arzobispal, donde falleció el 11 de marzo de 1862. Tan pronto como murió el prelado mexicano, el arzobispo dispuso que se le hicieran exequias y honras fúnebres correspondientes a un obispo español muerto en su sede. Su cuerpo fue inhumado en el coro de la catedral. Años después, por empeño de su sucesor Mons. Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, sus restos fueron traídos a México y depositados en la capilla de la Purísima, de la catedral metropolitana, y en la actualidad reposan en la cripta de los arzobispos, del mismo templo.

 

El Lic. y Dr. D. Lázaro de la Garza y Ballesteros era dueño de una fortuna regular, la que según se dice le vino de la gratitud de un rico ranchero a quien defendió sin cobrarle, por lo que éste, al morir, le dejó todos sus bienes. Sin embargo, a pesar del cuantioso legado vivió y murió en evangélica pobreza, y su peculio lo invirtió en ayudar a los jóvenes que por falta de recursos no podían hacer una carrera; en la fábrica del Seminario de Sonora y en la biblioteca del mismo, que llegó a contar con 5 mil volúmenes. Su palacio episcopal en Culiacán era una casa de un piso con 5 habitaciones, distribuidas de la siguiente manera: una para su recámara; otra para oratorio y estudio; la tercera para los eclesiásticos que con él vivían: una más para comedor, y la restante para cocina. Su menaje se componía de unas cuantas sillas y su lecho eran unas tablas cubiertas con una zalea. Narra el sabio historiador don Agustín Rivera, que cuando el ilustre neoleonés fue llevado al palacio arzobispal de Barcelona, el arzobispo le preguntó qué era lo que necesitaba, a lo que aquél contesto: “Para morir no se necesita más que una tarima y un cobertor”. Y así falleció en la pobreza evangélica en que había vivido.

 

Durante su pontificado confirió la consagración episcopal a los señores Pedro Loza y Pardavé, Francisco de Paula Verea y Gonzáles, J. Agustín Domínguez Díaz y Juan Francisco Escalante y Moreno; los 3 primeros para Sonora, Linares y Oaxaca respectivamentete, y el último para la sede titular de Anastasiópolis y vicario administrador de la Baja California. Todos los anteriores, junto con los Excmos. Sres. Díez de Sollano, obispo de León, y Covarrubias, obispo de Oaxaca, fueron elevados a la plenitud del sacerdocio a sus instancias.

 

Exponente de la cultura mexicana e impulsor de la del noroccidente de México, fundó el primer centro de altos estudios que se conoció en la región. Los amantes de las letras ya no tuvieron que ir a otros lugares para abrevar en las aguas del humanismo, porque el seminario de Sonora, haciendo honor a su fundador, alcanzó un justo renombre a mediados de la centuria pasada, y dio a la sociedad hombres que se distinguieron en las diferentes ramas del saber humano. La biblioteca de la institución fue una de las primeras de la República y la mejor que hubo desde Tepic hasta las Californias.

 

De las grandes personalidades que han desfilado por el noroeste, la de Mons. De la Garza se proyecta en primer plano. Su caridad, su esfuerzo y saber se volcaron completamente en favor de la región, a la que tuvo tanto cariño que solamente el deber lo llevó a ceñir la mitra de México. Como arzobispo, siempre tenía junto a sí estudiantes sinaloenses y sonorenses, y al partir de su destierro, llevó consigo a un alumno del Seminario de Sonora. El noroccidente, y muy particularmente la ciudad de Culiacán, le deben el homenaje de su gratitud.

 

 

Lázaro de la Garza y Ballesteros

Dr. Lázaro de la Garza y Ballesteros, el Padre de la Cultura del Noroeste

 

Summary
Name
Lázaro de la Garza y Ballesteros
Nickname
(Padre de la cultura del noroeste de México)
Job Title
Religioso, obispo, arzobispo
Company
Obispado de Sonora, Arzobispado de México
Address
Ojo de Agua, Valle de Pilón,Nuevo León, México

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