Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

DON EUDOMÓNDARO ERA UN GALLO MUY CUMPLIDOR

 

Por: José María Figueroa Díaz

 

** Piropeando Destrozaba Corazones

** Lo Ronroneaban las Doncellas

** ¡Salud!: su Palabra Preferida

** Le Tenía Pánico a los Cobradores

** Fred Astaire le Venía muy Holgado

** Le Hizo el Asco a la Gomalaca

** Los Cantineros lo Salvan del Petateo

 

¡Nunca le sudó la mollera a don Eudomóndaro Higuera alias “El Tuerto” para poder lanzar flores a una mujer!. Gozaba de una asombrosa y endiablada facilidad para la escaramuza del flirteo y el requiebro.

Tenía siempre en la punta de la lengua —ya roñosa y filosa por los largos años de uso— la frase galana, oportuna, salerosa, que hacía temblar y sonrojar de emoción y pudor a la dama piropeada.

 

¡Cuántos desmayos y hondos suspiros no arrancó del sexo débil!. Y el conquistador culichi, envanecido, orgulloso, se regodeaba como pavo real o como gallo cumplidor ante) el notorio éxito de sus continuos galanteos.

Tenía además, entre sus múltiples virtudes de hombre mundano, un humor tan fino que espumeaba como cualquier copa de vino.

 

Fiesta a la que iba —era un guatequero consumado— se convertía de inmediato, en llegando, en el centra de atracción general. Como moscas al panal, las mozas, guapas y apetitosas, se acercaban a él, ronroneándole, insinuándosele, coqueteándole, acariciándolo con la mirada, embelezadas después al escuchar sus festejados chascarrillos, sus anécdotas picantes, sus enmielados versos, que los decía con gracia, con sal y hasta con pimienta.

No permitía que nadie lo interrumpiera cuando hablaba. Todo mundo, hasta el perro de la casa, se callaba para escucharlo. Realmente era un señor espectáculo verlo y oírlo. Nunca quiso cobrar —y le llovían a cántaros las ofertas— un sólo centavo por sus sabrosas intervenciones que le nacían del alma, del espíritu, y de su ronco y arrugado pecho.

 

En medio de sus brillantísimas y celebradas exposiciones, hacía un alto repentino, como si fuese luz roja de semáforo sin mordelón a la vista, y todo mundo se quedaba de a seis, perplejo, sin saber por el momento a que se debía la detención del poeta… La pausa, aunque breve, era muy substanciosa…

Junto a él, a sus piés o encima de una mesa, se encontraba la compañera sempiterna de su vida: ¡una botella de vino o de cerveza bien helada!

Y con donaire, con señorío, se agachaba, cogía del cuello con sus largos y limpios dedos el envase de vidrio, flexionaba su puntiagudo codo y acercaba hasta sus labios, todavía cálidos por el hablar, el espumoso y derramante néctar de los dioses.

Pero antes — ¡qué esperanzas que un detalle de éstos se le olvidara, era tan correcto, tan delicado, tan atento!— la amabilísima palabra ¡salud! acariciaba el ambiente y el rostro de sus admiradoras.

¡Pero como tragaba el condenado poeta! Así como era bueno para disertar, para contar sus chistes y decir sus asombrosas poesías, así también era excelente, único, extraordinario, para escanciar las botellas que le pusieran por enfrente. Nadie, nunca, lo vió tambalearse, hacer el ridículo. Conservaba la vertical en medio de la tormenta. Era un poeta y un bebedor con toda la barba…

En una de esas ocasiones en que se refrescaba la garganta, ante la expectación y deleite general de los concurrentes, dijo el siguiente poema:

 

Me lleno de mucho pavor

cuando entra el calor;

pierdo todo el valor

cuando miro a un cobrador.

 

Me tomo luego una helada

y ya no siento el calor.

 

Siento mucha pereza,

me vuelve pronto el valor

y ya no miro al cobrador.

 

Vuelve toda mi grandeza,

quiero tomar más y más

cerveza, ¡venga más cerveza!

 

No cabe duda,

ya se acabó el calor,

creo no miento

ahora es la cruda,

la que yo siento.

Por ello estoy contento.

Ya no tengo pavor:

¡Que haga más y

mucho más calor!

¡Como me gusta el calor!

 

ERA UN TIGRE PARA EL DANZÓN

 

Por aquel entonces, en que don Eudomóndaro le daba vuelo a la hilacha, estaban de moda los bailes de “El Tamazula”, “El Danubio Azul” y “La Posada de Urías”, allá con “Mi’jito”, que domingo a domingo se llenaban de bote en bote. Y el vate, como cosa natural, era el primero en llegar y el último en salir, y siempre acompañado por una rubia, pelirroja, morena o lo que se encontrara. El color era lo de menos. No se fijaba en pequeñeces…

Esos añorados lugares eran el punto de reunión de los noctámbulos gateros, chavalos y veteranos, de aquellos buenos y tranquilos tiempos del Culiacán de los cuarenta y cincuenta y tantos.

Tierra Blanca, apenas empezaba a empollarse con los dividendos que dejaba el negocio de exportación de la agricultura amapolera, hoy tan correteada por los malosos amantes del orden que “no quieren ver la paja en el ojo ajeno”.

Don Eudo, hombre de una pieza y también de un solo ojo; bravo, fuerte, valiente, fue invitado muchas veces para formar parte de los pioneros agrícolas, químicos y exportadores, de la progresista sierra de Badiraguato. Le tenían echada la mirada por su fama de bragado y de muy entrón. Nunca, dicen los relatores de sus correrías, quiso aceptar estos ofrecimientos y distinciones que le hacían los buenos chicos de Tierra Blanca.

Para el bardo culiacanense primero estaban sus sagradas diversiones, no porque le sacara al bulto, que vá… sino porque no podía vivir sin ser objeto, las 24 horas del día, de la admiración y la cercanía de las hermosas féminas y de las no menos encantadoras botellas llenas de ambarinos líquidos.

Pues bien, perdonando esta disgresion y únicamente para dejar constancia de su escrupulosa conducta, don Eudomóndaro, después de recorrer los tres centros nocturnos de la vieja colonia culichi, bailar como loco los danzones “Nereidas” y “Si Juárez no Hubiera Muerto”, para los que se pintaba solo —era muy requete bueno para quemar suela de los zapatos—, chuparse entre pecho y espalda algunas docenillas de cheves y uno que otro tequililla, con su rechula noviecita a un lado, retornaba, casi siempre a pie —no tenía coche— por la obscura Avenida Obregón, canturreando, contento, bromeando, sin sobresalto alguno, pues nadie osaba molestarlo, (todavía no se usaban los lúgubres y mortíferos aullidos de las metralletas), a seguir gozando de la “dolche vita”.

Una noche de esas en que la velada se había prolongado y la temperatura había bajado y él andaba guayabeando, casi bichi, le llegaron al poeta las bellas musas y le salió de sopetón esta espléndida poesía:

 

Ti ti ti,

titiri,

tando,

ti tiritando

ti tiritando,

titiritando

de frío,

de frío, de frío,

todos vamos caminando,

vamos caminando

con mucho frío.

Siento el frío en el ombligo;

¡Ya se me chamuscó el trigo!

Tendré que dormir en petate,

si se me hiela el tomate.

 

Aquí en el merito gaznate

siento una pesada bola

y en la punta de la cola

tengo comezón,

¡de pensar en el algodón!

 

Se que me va a llevar el río

si no se quita

este condenado frío.

Titi, titiritando

voy, por el frío…

 

CASI CASI SE VA

Don Eudomóndaro, después de esa tremenda enfriada, pescó una pulmonía cuata de esas de padre y señor mío, que lo tuvo postrado en la cama, casi moribundo, durante más de treinta días.

Le hicieron toda clase de luchas. Lo inyectaron mil veces en las posaderas dejándolo como coladera. Le frotaron vaporub en todo el cuerpo, menos en el parche que le tapaba el hueco de su ojo; le enjarraron la espalda y el pecho con aceitito caliente; le dieron miles de aspirinas; lo hicieron que tomara tecito de borraja y flor de sauco; le pusieron hasta un collar de limones verdes y la fulminante pulmonía no cejaba…

Cansado, hastiado de la enfermedad, el poeta pensó en darse un tiro en la sien e ir a rendirle cuentas a San Pedro… Pero no lo hizo porque se acordó de las miles de mujeres que iba a dejar solas, tristes, llorosas, suspirando por sus huesos…

De todas partes de Sinaloa le llovieron las visitas femeninas a su lecho de dolor… Los cantineros verdaderamente mortificados —tenia muchos vales pendientes de pago— encendieron sendas velas y ofrecieron cientos de misas para que no se fuera a ir.

Y estas últimas plegarias, de seguro, fueron las que más influyeron ante el Señor para lograr la salud del bardo y que continuara diciendo lo mismo en el altar de los bares culiacanenses…

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 4, página 37-38.

 

Cuento de Sinaloa, las aventuras de Don Eudomóndaro

Cuento de las aventuras de Don Eudomóndaro, un gallo muy cumplidor

 

 

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Don Eudomóndaro, un gallo muy cumplidor
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Relato de los amorios del poeta culiacanense

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