Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

DON EUDOMÓNDARO NO DEJABA UNA NI PARA COMADRE

 

Por: José María Figueroa Díaz

 

Don Eudomóndaro Higuera alias “El Tuerto”, aunque ya no se cocía del primer hervor, se jactaba de que todavía las podía en los lances del amor y de la botella, gritando a los cuatro vientos que era una “chucha cuerera”.

Realmente, para que más que la verdad, no estaba tirado a la vil calle. El parche negro que cubría la oquedad de su ojo perdido —cuentan sus admiradores de aquellos buenos tiempos— le daba un aire colado de distinción y de hombre muy pantalonudo.

 

Toda la vida vistió de blanco, de los pies a la cabeza, pero no por ello era una blanca paloma. “El Amí” Cañedo y Pancho Malacón, famosos en Culiacán por su alba, limpia y almidonada vestimenta, se comían las unas de envidia al ver pasar al elegante bardo culichi.

Don Eudomóndaro era muy dado a las correrías nocturnas, de preferencia amorosas, serenatas romanticonas con canciones y versos, dichos al pie de una ventana, acompañados del dulce y melódico rasgar de una guitarra y como fondo y marco la luna brillando en todo su esplendor.

Pero en ocasiones le salía el tiro por la culata. No siempre el padre de la pretensa estaba de humor para soportar estos azucarados galanteos. ¡Muchas veces fue bañado por tibia lluvia arriñonada! Pero se crecía al castigo y al olor. Resistía el chaparrón impertérrito. Firme en su puesto.

Fue una noche de esas de plenilunio en que su inspiración se desbocó como caballo sin brida cuando compuso este bello presente a la amada en turno:

No te queda que presumas,

no te hagas la vanidosa,

presumes de vida y dulzura,

diciendo que eres hermosa.

 

A mi ya no me presumas,

como lo haces a toda hora;

me dices que ya no fumas

y pareces locomotora.

 

No te hagas la presumida,

con tus ojos de azabache,

pareces un vil comanche

con la boquita torcida.

Al oído te susurro,

en tus orejas no pongas pendientes,

que ya pareces un burro,

cuando pelas tamaños dientes.

A mi ya no me presumas,

no lo hagas a toda hora;

me dices que ya no fumas

y pareces locomotora.

Amorcito de mi vida,

¡deja ya la presumida!

Su fama de conquistador, de bohemio y de pendenciero había traspasado las fronteras del cerro de las Siete Gotas y había llegado hasta Tacuichamona, donde los jóvenes galanes temían las incursiones punitivas nocturnas de este trovador y mujeriego.

Don Eudo seguido recibía perfumadas misivas, donde le pedían una furtiva cita de amor. Las rechazaba y las rompía furibundo de coraje. A él le gustaba cortejar y romper corazones personalmente. No aceptaba declaraciones de damas desconocidas. Era muy quisquilloso para estas cosas del amor y del requiebro.

¡TODAS SE LE RENDIAN!

Este otro pasaje de la vida romántica del poeta del verso acaramelado, y que él mismo contó y debe ser cierto, lo pinta de cuerpo y ojo, uno solo, entero.

Andaba muy entusiasmado, -bizquiaba, por una morenaza de cuerpo ondulante como culebra y ojos verdes como el mar de la esperanza, y ella —qué bárbara no sabía lo que se perdía— no le correspondía a la medida de sus deseos. y pretensiones. Se había puesto rejega la muchacha, poniéndose sus azules moños y don Eudomóndaro, picado en su amor propio, andaba como un chucho bichi detrás de sus apetecibles huesos.

Una noche, desesperado, agarró su guitarra y se fue a la casa de su Dulcinea y le abrió la válvula a su inspiración con un verso, mismo que ya pasó a la historia de los requiebros más famosos en el orbe y las galaxias circundantes:

—¿Hay modo?

— ¡Nó!

— ¡Ni modo!

Y la plaza finalmente se rindió.

Tuvo que ceder ante el empuje avasallador de las dulces palabras del poeta. Don Eudomóndaro, una vez más, había ganado otra lid amorosa con su

fluída prosa y fértil cacúmen.

 

SUFRIA DE ARRANQUERA

No siempre los bolsillos del atildado literato culichi andaban sonando devaluados pesos. Ese agradable tintineo no era muy frecuente y llenaba de melancolía y de congoja al pobre vate. Es cierto que en algunos bares le aceptaban la firma de pequeños vales, pero ya algunos desconsiderados cantineros le ponían mala cara cuando pedía una cerveza y no la pagaba de inmediato.

Posiblemente esta arranquera, que ya se había vuelto una penosa enfermedad crónica para don Eudomóndaro, quien lloraba seguido su desventura pecuniaria —pero que había jurado, postrado una vez en el piso de la cantina de don Balta Arteaga, ¡no trabajaren el resto de su vida!— lo hicieron pedir, con sus versos dirigidos a una de sus novias, una prueba de amor convertida en mugrosos billetes:

Me dá mucha vergüenza

decirte que te quiero;

pero me dá mucho más vergüenza,

cuando te pido dinero.

 

Cómo me dá vergüenza

con tu carita de mensa

¡qué vergüenza, que vergüenza!

 

Pero así te quiero,

sin dinero,

sin dinero yo,

pero lo tienes tú.

 

Ya no te hagas la mensa,

porque eso me dá vergüenza;

a tu carita muy chula,

no la adornes con la trenza.

 

Te pareces a una mula

y eso me da vergüenza,

recuerda que yo te quiero,

y por eso, por tu cochino dinero.

Y realmente si le daba vergüenza a don Eudomóndaro verse forzado,

obligado por las circunstancias, a

descender de la nube en que andaba

siempre, para buscar, a como diera lugar, el asqueroso y pútrido dinero, que

derrochaba, cuando lo obtenía, a manos llenas y en menos de lo que cantaba un gallo.

Pero así era don Eudo: enamorado, jacarandoso, pendenciero y muy pedidor de dinero…

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 3, páginas 37-38.

 

Don Eudomóndaro Higuera

Don Eudomóndaro, no dejaba una ni para comadre

 

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Don Eudomóndaro, no dejaba una ni para comadre
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Una aventura más del personaje bohemio culichy

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