Personajes de Sinaloa

 

Domingo Rubí

Rudo e ignorante “tanatero” salido de las profundidades de las minas de Pánuco, Domingo Rubí se elevó por méritos propios a las mayores alturas de la vida política y militar de Sinaloa, y aunque si bien es cierto que siempre contó con la ayuda de su jefe el general Ramón Corona, también lo es que para escalar la cima de la gloria no necesitó del apoyo de nadie, y fueron su valor temerario, su honradez acrisolada y el amor a la patria los que lo impulsaron al sitio que ocupa en la gratitud sinaloense.

En sus días de minero, Rubí nunca soñó en que habría de ganar la amistad de un presidente de la República. Oía hablar vagamente de su Alteza Serenísima el señor general de división don Antonio López de Santa Anna, que arrastraba la dignidad de su cargo en peleas de gallos y jugando albures, y hasta allí. Sin embargo, años más tarde pudo ganar la confianza del presidente Juárez, al que si bien tampoco conoció personalmente, le distinguió con su amistad a través de una copiosa correspondencia epistolar.

Extraña manera de nacer la de Domingo Rubí. Sucedió en Las Flores, Culiacán, cuando corría el año de 1826 y una terrible e inesperada inundación del rio Culiacán obligó a los vecinos a ponerse en salvo. Josefa Zazueta se encontraba grávida y a punto de llamar a la partera, pero la inundación no dio tiempo a nada, y José Rubí no halló más que hacer que llevar a la mujer para que se guareciera bajo un corpulento huanacaxtle que se Ievantaba en un lugar un poco elevado, mientras que procuraba ir a recoger sus pocas pertenencias, y en ese lapso, acunado por el aire y entre el trágico bramido de la avenida, vino al mundo un niño que no conocería a su padre, pues José Rubí pereció arrastrado por las furiosas aguas.

Tomando como base que en los libros del archivo parroquia de Culiacán no aparece el acta de bautismo de Domingo Rubí, tenía yo la idea de que tal vez la familia se encontraba de paso en Las Flores cuando ocurrió el alumbramiento, sin embargo, algunos datos que amablemente nos dio el señor ingeniero Manuel Herrera y Cairo, excelente amigo que está emparentado con la familia Rubí, nos ofrecieron muchas luces en esta obscura etapa de la vida del héroe.

De acuerdo con la información, al quedar viuda la señora Zazueta de Rubí fue a vivir a Quilá, donde el niño debe haber recibido las aguas bautismales, y en ese Jugar se mantuvo con un negocio de fonda donde comerían arrieros y zafios jornaleros, mientras que el hijo iba creciendo hasta llegar a una edad en que pudo ayudarle acarreando leña para el fogón, haciendo mandados y después ya un jovencito, trabajando en labores agrícolas. Lo que sí podemos asegurar es que el muchacho nunca fue a la escuela, y que tal vez siendo ya un oficial en las fuerzas republicanas aprendió a firmar.

Cuando Domingo era un mocetón le llegaron noticias de que en el mineral de Pánuco había una bonanza, lo cual lo decidió a ir a ese lugar en busca de trabajo, que por peor remunerado que estuviera, sería más provechoso que el exiguo dinero que ganaba en Quilá. Llevando consigo a la autora de sus días y acompañado por un primo que quiso correr la aventura, emprendió el camino hacia el sur del Estado, y durante su trayecto es posible que hayan estado en San Javier de Cabazán, toda vez que era el pueblo natal de doña Josefa.

Ya en la región de Concordia, llegaron al poblado de Zavala tal vez entrada la noche y se quedaron a dormir en las afueras bajo un mezquite que hasta la fecha está en pie. Como sucede en todos los pueblos chicos y rancherías, la gente despierta muy temprano, y Domingo, a quien el hambre acuciaba, se encaminó a una de las casas y apersonándose con la señora que allí encontró, le expuso que iban de camino a Pánuco y que traían hambre; que les diera de comer, pero como no tenían dinero le entregaría a cambio una daga, la cual sacó para dársela en pago de los alimentos. La mujer, que era de nobles sentimientos, les dio de desayunar y aparte les preparó un refrigerio para el camino, sin aceptar el arma que Domingo le ofrecía.

Ubicado en la serranía de su nombre, Pánuco es un mineral situado en una hondonada, con la traza de su caserío completamente irregular. Descubierto por Francisco de Ibarra alrededor de 1567, se convirtió en fuente de riqueza para el sur de Sinaloa, y muchos años más tarde, un español llamado Francisco Javier Aguirre y Vizcarra sacó de las minas lo bastante para conseguir del rey el título de Marques de Pánuco. Allí se instalaron madre e hijo, y esté pronto consiguió trabajo dado que su constitución física era muy fuerte, cualidad que le ayudó bastante, pues como era serio y poco amante de bromas, sus compañeros de trabajo, rudos y amantes de armar bronca, lo mirarían con respeto pues a la hora de liarse a golpes no sería muy recomendable.

Rubí debe haber pasado muchos años dejando la vida en las minas, aspirando el polvillo sutil que conduce a la silicosis, sin más porvenir que acabar por sucumbir ante el terrible mal. Ciertamente que era un rústico, pero dentro de su rusticidad pensaría en la vida de los que como él pasaban duras y penosas jornadas de doce horas en la lobreguez de los tiros para obtener una mísera soldada, corriendo el riesgo de los derrumbes, de los que nadie salía para contarlo. Meditaría en la desigualdad social que reinaba; en las castas superiores ante las que los pobres tenían que hablar con la cabeza descubierta, y acabaría por resignarse con su suerte porque aquello no tendría remedio. Así era desde la época de los españoles y así continuaría quien sabe hasta cuando.

Sin embargo, el tiempo se encargó de que el joven Rubí se diera cuenta de que las cosas cambiarían rnuy pronto. Santa Anna era ya mirado por los mexicanos hasta en la sopa. El pretorianismo, las pillerías de los jefes del ejército y el poder omnímodo del Clero pesaban tremendamente sobre el pueblo, y en 1855 estalló la violencia tanto tiempo adormecida haciendo que el dictador abandonara el poder y el país. Un nuevo régimen se encargó de llevar los destinos de México y en 1857 se expidió una constitución en la que se hacían valer los derechos del hombre. Ignoramos cuáles hayan sido las reacciones de Domingo Rubí ante este cambio de cosas, pero sabemos que en ese último año se enroló en el batallón de guardias nacionales de Pánuco y Concordia, y en 1858 empezó la lucha por la causa de la constitución adhiriéndose a las fuerzas que emprendieron el asedio de la plaza de Mazatlán.

Su valor temerario pronto le hizo destacar, y en 14 de septiembre de 1859, don Plácido Vega le otorgó el grado de capitán de infantería de guardias nacionales, mas el hombre continuaría ganando ascensos y de una manera rápida. En la lucha contra los reaccionarios, el ex minero se distinguió, tanto en el combate de los Mimbres, Cosalá, en el que las fuerzas de Pesqueira, Coronado y Vega derrotaron al general José Inguanzo, que luchó al frente de 1000 hombres, como después en el sitio y toma de Mazatlán, por lo que don Plácido le otorgó el ascenso a Comandante de guardias nacionales. Una de las acciones en que conquistó un lugar relevante fue el combate de El Espinal, en el que Vega resquebrajo completamente a la amenaza de los conservadores. El general Domingo Cajén, aventurero español que se autotitulaba gobernador de Durango, invadió Sinaloa al frente de un poderoso ejército habiendo llegado a El Espinal, Mazatlán, donde decidió pernoctar, pero cuando sus soldados se hallaban ocupados en levantar el campamento, apareció en forma sorpresiva Domingo Rubí —que ya era teniente coronel— jefaturando ochenta hombres, y antes de que la gente saliera de su sorpresa habían muerto catorce miembros de la tropa. La acción fue relampagueante y Rubí desapareció con la misma celeridad con que había llegado, sólo que al regreso llevaba consigo gran número de mulas y pertrechos de guerra. Al día siguiente, las tropas liberales al mando de Vega, quien llevó como lugartenientes a los coroneles Antonio Rosales y Manuel Márquez de León, obtuvieron una completa victoria sobre las fuerzas de Cajén, que dejaron en el campo 340 prisioneros; 10 piezas de artillería; 400 fusiles; 200 lanzas; 350 cargas de parque, más de 300 mulas aparejadas y alrededor de 150 bagajes, siendo Domingo Rubí uno de los héroes de la Jornada.

Vega pasó a Tepic y después a Jalisco para hacer la campañia contra los conservadores, y en esta ocasión, Rubí quedó destacamentado en Sinaloa tocándole combatir a los grupos lozadistas que se internaron en la Entidad, e igual le sucedió cuando el gobernador llevó al interior de la República a la Brigada Sinaloa, por lo que no tuvo la suerte de combatir a los invasores en la región de Puebla.

La partida del general Vega rumbo a California al desempeño de la comisión que le fue conferida por el presidente Juárez, fue aprovechada por Rosales, Corona, Sánchez Román y varios otros jefes para deponer mediante un cuartelazo al gobernador interino, general Jesús García Morales, nombrando en su lugar al coronel Rosales y justificando su acción mediante un plan que habían suscrito en El Rosario. Rubí no se halló entre los firmantes del documento, pero con el derrocamiento del distinguido militar sonorense pasó a formar parte de las fuerzas de Corona. Este conocía ya el valor temerario del sinaloense, pero al tenerlo cerca pudo apreciar las cualidades que le adornaban, especialmente su lealtad y honradez, y a pesar de contar con hombres de tanta confianza como Ángel Martínez y Ascensión Correa, no tuvo empacho en nombrarlo segundo en jefe de sus tropas.

La designación de Rosales coincidió con la presencia de las naves francesas en Mazatlán, haciendo que tanto aquél como Corona decidieran evacuar el puerto, quedándose Corona y Rubí en la región del sur para combatir a los invasores, mientras Rosales se dirigió al norte donde al poco tiempo consumo la hazaña de derrotar a los franceses.

La noticia de que pronto llegarían más invasores al Estado por la ruta de Durango obligó a los republicanos a movilizarse en esa dirección y Domingo Rubí se internó en la Sierra Madre. Encontrándose en su campamento el 4 de octubre de 1864, le llegó el informe de que el enemigo estaba en camino a Sinaloa, por lo que dio la orden de marchar para hostilizarlo, pero al montar en su mula ésta se soltó reparando y lo tiró yendo a dar con su cuerpo contra un pino caído, sufriendo al fractura de la tibia y el peroné de la pierna derecha, lo que le obligó a permanecer en cama durante cuarenta días, al cabo de los cuales la abandonó para montar de nuevo e ir con sus hombres al Paso del Espinazo del Diablo, donde Corona quiso impedir la entrada del ejército francés, que le propinó una dolorosa derrota. Rubí quedó cojo para toda su vida, mas por su comportamiento en la acción le otorgó el grado de coronel de guardias nacionales, y el 3 de junio de 1865 el presidente Juárez le expidió el despacho de general de brigada graduado.

A Corona no le agradaba que le hicieran sombra, sin embargo, se encontraba arropado por la de una personalidad tan fuerte y relevante como la de Rosales, así que buscando deshacerse de ese escollo, maniobró de tal manera que sus fuerzas rodearan completamente al héroe de San Pedro. Un buen día, Ascensión Correa representó una mascarada de rebelión que no llegó a mayores pues él y el gobernador tuvieron un arreglo, mas sin embargo, Rosales exigió a Corona el castigo del indisciplinado, a lo que el general jalisciense contestó que no era posible en virtud a la avenencia a que habían llegado, lo que hizo que don Antonio renunciara a la gubernatura depositándola en las manos del propio Corona, que sólo usó de ella para entregarla a Domingo Rubí, quien de este modo reunió en su persona los dos puestos más altos del Estado, y esta coyuntura le sirvió para iniciar una sincera amistad con el señor presidente Juárez, la que sólo terminó con la muerte del primer magistrado de la nación.

Sin embargo, pese a todo el apoyo que tenía de parte de Corona, la situación del gobernante no era muy halagadora, y esto se vio cuando un hecho estuvo a punto de desencadenar la guerra civil en el Estado. Rosales, que después de entregar la gubernatura se retiró al norte del Estado, reflexiono sobre lo que había hecho, y alentado por los partidarios que tenía en los distritos norteños se puso en franca rebeldía desconociendo la autoridad de Rubí, al que ya el gobierno de la Republica había ratificado su cargo. Don Antonio empezó a movilizar sus tropas, y el gobernador hizo otro tanto encaminándose al norte y por principios de cuenta desbarató en Mocorito a las avanzadas de su contrincante. En este caso, la responsabilidad de los hechos era por completo de Rosales, pues un choque entre los republicanos hubiera sido desastroso para la causa de la libertad. Afortunadamente, don Antonio recapacitó, y teniendo noticias de que los imperialistas se encontraban en Álamos, Sonora, escribió al gobernador manifestándole que deponía su actitud y que marchaba a Sonora para combatir a los enemigos de la patria. Poco después moría heroicamente en una acción de guerra en Álamos, y Rubí, con una grandeza de espíritu que mucho le honró, dispuso solemnes honras fúnebres para el vencedor de San Pedro, declarándolo Benemérito del Estado.

El otrora humilde barretero se encontró en casi todos los combates que se libraron contra los franceses hasta que éstos dejaron Mazatlán, y le tocó en suerte encabezar el último ataque que se dio al puerto casi en vísperas de que los invasores fueran embarcados, y con la partida de Corona hacia el interior de la Republica, quedó como amo y señor de los destinos del Estado, culminando su carrera militar con el despacho de general de brigada efectivo que le expidió el señor Juárez el 6 de mayo de 1867, a más de que se le condecoró con la medalla de primera clase creada para premiar a los que defendieron a la nación en la lucha contra el imperio.

La restauración de la República dio la oportunidad a Rubí para que organizara al Estado, que tras de tantos años de lucha se encontraba desarticulado y con su economía totalmente quebrantada, sin embargo, los acontecimientos se precipitaron y no pudo continuar la obra, ya que en 1868 se convocó a elecciones para gobernador constitucional y en esa ocasión le tocó contender contra el general Ángel Martínez, héroe de la guerra que tras de hacer la campaña en Sinaloa pasó a Sonora donde en acciones increíbles por lo relampagueantes y sin dar cuartel, acabó con los imperialistas y sus principales jefes.

En un principio las cosas se presentaron calmadas, inclusive Rubí y Martínez expidieron un manifiesto en forma mancomunada, en el que ofrecían ser los primeros que velarían por la conservación de la paz pública, sin embargo, la decidida y ardiente participación de algunos jóvenes militares trastornó al Estado. Adolfo Palacio, Jesús Toledo, Jorge Granados y Cleofas Salmón llegaban de Querétaro luciendo uno el águila del generalato y los otros las estrellas de coronel, y desde luego tomaron el partido de Ángel Martínez, uniéndoseles don Ireneo Paz, que recién había dejado la Secretaria de gobierno del general Rubí. La fanfarronería y la ambición de estos elementos provocaron desórdenes, y cuando el congreso local hizo la declaratoria de que el electo era Rubí, García Granados, Palacio y Paz se pronunciaron en Culiacán desconociéndolo como gobernador, por lo que don Domingo fue a instalar su gobierno en Concordia, mientras aquellos sacaban $ 72,000.00 de la Casa de Moneda, y poco después se sublevaba Toledo en Villa Unión.

Más tarde llegó a Mazatlán el general Ramón Corona, a quien el presidente Juárez había delegado para que arreglara los asuntos de Sinaloa, y uno de sus primeros actos fue enviar comisionados a Concordia para que pidieran a Rubí renunciara al puesto mientras se verificaban nuevas elecciones, a lo que el veterano soldado se negó rotundamente “calificando el paso de indecoroso para él”, lo que hizo que Corona regresara a Guadalajara, no sin antes quitar el mando militar a Martínez, quien entonces se sumó a la revuelta. Siguieron algunos combates y escaramuzas, pero la llegada del general Donato Guerra con un fuerte ejército vino a poner fin al pronunciamiento al derrotar a Martínez en Villa Unión, y este último se puso en salvo embarcando en El Tule, Mocorito, rumbo a San Francisco, California, mientras que García Granados, Toledo, Palacio y Paz fueron aprehendidos en Tepic y conducidos al interior del país.

Sin embargo, la paz no podía imperar en el Estado, y el gobernador tuvo que sortear otros levantamientos, como el de Adolfo Palacio. Preso por su participación en el movimiento de Ángel Martínez, Palacio pudo fugarse de la prisión a principios de 1869, pronunciándose por el desconocimiento de Rubí para que en su lugar se nombrara a don Plácido Vega, solamente que el movimiento no tuvo éxito y su cabecilla fue fusilado en la sierra de Chihuahua.

Conociendo la ignorancia de don Domingo, y teniendo conocimiento de que sus consejeros no eran gente que se distinguiera por su inteligencia, no puede extrañarnos que sufriera un descalabro político a finales del año que se dice en el párrafo anterior, en que la Asamblea legislativa sancionó las reformas que se hicieron a la constitución local, a las que el Ejecutivo hizo algunas observaciones, entrando los dos poderes en una polémica, pero a la postre el triunfo fue para los diputados y el gobernador tuvo que aceptar la carta magna tal y como la asamblea la había sancionado.

Llegó el año de 1871, que era el último del ejercicio constitucional de Rubí, y desde luego se perfilaron las candidaturas del licenciado Eustaquio Buelna, que tenía una limpia trayectoria como hombre público y distinguido liberal, y la del general Manuel Márquez de León, destacado como uno de los infatigables patriotas que lucharon en la guerra reformista y contra el invasor. A Buelna lo sostenía el partido de don Benito Juárez, mientras Márquez contaba con el apoyo de los del general Porfirio Díaz, ya que también estaba en disputa la presidencia de la Republica. En sus “Breves Apuntes para la Historia de Sinaloa” Buelna no dice nada respecto a la actitud que haya tomado Rubí en la lucha electoral por la gubernatura, pero siendo el gobernador un leal partidario de Juárez es de suponer que sus simpatías estuvieran con Buelna, quien en las elecciones obtuvo una votación que sobrepaso en más del doble a la que recibió su adversario.

Domingo Rubí no terminó su período, pues días antes de la entrega del poder, solicitó una licencia para combatir a unos alzados, y fue entonces cuando recibió el honor más grande como premio a su actuación como gobernante y como militar, ya que el 25 de septiembre la Legislatura local expidió un decreto declarándolo Benemérito del Estado. La ceremonia de entrega del decreto se verificó el día 7 de octubre siguiente en la Casa de Gobierno, asistiendo el gobernador Buelna y distinguidas personalidades. En su discurso para agradecer la distinción, el glorioso veterano dijo entre otras cosas: “Cómo no ser agradecido. . . cuando yo, hijo del pueblo, sin contar con más elementos que mi fe en el progreso y la libertad de la humanidad, no he hecho más que servir con lealtad y constancia a este mismo pueblo de donde he salido, y lo que no es motivo de vanidad y que en nada aventaja al de mis demás hermanos? … si acepto gustoso el título con que se me distingue, no es como un motivo de vanidad, ajeno a mi carácter, sino porque él sirva para sellar mi carrera pública y la promesa que de nuevo hago de sacrificar mi vida y derramar mi sangre en defensa de la autonomía de México, de sus instituciones demócratas y de la paz, libertad y progreso de Sinaloa”.

Nuevamente la guerra civil ensombreció a Sinaloa, y esta vez tuvo como motivo el levantamiento derivado del Plan de La Noria, en el que naturalmente tomaron parte los elementos adictos a Porfirio Díaz que habían sido derrotados en la lucha electoral para la renovación del Poder Ejecutivo de Sinaloa. Rubí, que seguía en el servicio militar estuvo defendiendo la legalidad hasta que llegó a Mazatlán el general Sóstenes Rocha para terminar con la revolución, quedando encargado del gobierno por disposición del mismo jefe, y poco después, debido a la situación en que se hallaba el Estado, volvió a llevar la gubernatura, mas con la muerte de Juárez y más tarde con el derrocamiento del presidente Lerdo de Tejada pasó a un segundo plano, ya que al encumbrarse el porfirismo le sucedió igual que a todos los que fueron leales al Benemérito de las Américas: quedaron relegados a pesar de los méritos que habían conquistado. El Gran Cojo, a pesar de su compadrazgo con Francisco Cañedo, ya no volvió a la vida pública y al separarse del ejercito estableció su residencia en El Verde, Concordia para dedicarse a labores agrícolas, habiendo muerto en Mazatlán el 11 de junio de 1896, “a consecuencia de fiebre remitente” a los setenta años de edad. Sus funerales fueron solemnes, y en su entierro una gran tormenta se abatió sobre la ciudad como si fuera el llanto de la naturaleza por la muerte del héroe.

Con la muerte de domingo Rubí se fue el último de los grandes varones que hicieron posible la desaparición de la fuerza conservadora en Sinaloa y que allí defendieron la autodeterminación de México contra los invasores extranjeros. Antes que él habían emprendido el gran viaje Antonio Rosales, Plácido Vega, Ramón Corona y la sin par Agustina Ramírez. Sólo el gran viejo se mantuvo erguido como añoso y solitario roble, viva representación del juarismo ante el poderío de los porfirianos.

Muchos años después de su desaparición, sus cenizas venerables fueron exhumadas y llevadas a la capital del Estado, y en una ceremonia impresionante depositadas en la Rotonda de los Sinaloenses Ilustres, máximo honor que Sinaloa dispensa a los hijos que le dieron brillo en cualquier actividad.

Por las descripciones’ que nos han llegado, sabemos que Rubí era de estatura más bien baja, fornido, de anchas espaldas, cabeza redonda, ojos grises y espeso bigote, lo cual concuerda en mucho con un excelente retrato al óleo que se guarda en el Museo Regional de Culiacán, sólo que en esta pintura hay un detalle que es muy revelador del carácter del hombre: la energía y fiereza que se advierte en los ojos. Don Ireneo Paz, que le sirvió como secretario de gobierno, al relatar las impresiones que tuvo del general, lo hace con sarcasmo y cita algunas anécdotas en las que recalca la rudeza de sus costumbres. Sin embargo, le reconoce virtudes. Manifiesta que “… su fuerza extraordinaria, su valor personal y su instinto favorable a los principios liberales, le conquistaron un lugar preferente entre sus compañeros de armas”, y que “Don Plácido Vega supo encontrar en él algunas buenas dotes, tales como la honradez y el cumplimiento del deber, la exactitud en el servicio y la sangre fría para combatir”, pero que “Generalmente, a pesar de tener buen fondo, es más susceptible de dejarse guiar al mal que al bien, como sucede con los hombres que no han tenido educación ni principios de moralidad, ni han podido formarse un espíritu recto”. En esta última apreciación no podemos estar de acuerdo con el señor Paz, porque don Domingo fue un hombre de espíritu recto, y lo puso de manifiesto con dos de sus grandes virtudes: la honradez y la lealtad. Por otra parte hay que recordar que don Ireneo no encajó con Rubí, y dejó la secretaria para unirse al grupo que sostenía la candidatura de Ángel Martínez, y como resultado de esa aventura estuvo encarcelado algún tiempo.

La amistad de Rubí con don Benito Juárez fue sincera y siempre se mostró leal para con el presidente, quien en reciprocidad le dispensó una gran estimación que se trasluce en la nutrida correspondencia que sostuvieron, a más de que a todo lo que el sinaloense le solicitaba le daba un trámite favorable.

Casó el señor Rubí en 1872 con la señorita Librada Velarde, con la que procreó varios hijos, entre ellos Francisco, que murió asesinado por un bravucón de nombre Rafael Garay, que se había incorporado a las fuerzas del general Rafael Buelna, y quien aparte robó a la familia Rubí una valiosísima espada que don Benito Juárez había obsequiado al distinguido veterano. Garay no vivió mucho para contar su hazaña, pues cuando las fuerzas constitucionalistas entraron a la ciudad de México en 1914, murió a manos del general Juan Banderas.

Los enemigos de Domingo Rubí sólo pudieron criticarle su ignorancia y la fidelidad y dependencia que siempre tuvo a Ramón Corona. La ignorancia es un defecto, pero la fidelidad es una virtud, más suponiendo que ambas fueran pecado, no empañarían las virtudes cívicas que enriquecieron al héroe. Su mejor elogio corrió a cargo de don Benito Juárez, que en una carta le dijo: “Es usted honrado y patriota y esto me basta para estar satisfecho”.

 

 

Domingo Rubí

Domingo Rubí. Benemérito del Estado de Sinaloa

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