Personajes en Sinaloa

Diego Martínez de Hurdaide el olvidado

 

 

Por: Juan Macedo López

 

Nuño Beltrán de Guzmán” —de quien Fausto Antonio Marín escribió una excelente biografía, que llegó a nuestras manos inconclusa—, y sus favoritos Diego Hernández de Proaño y Pedro de Bobadilla, dan un tono sombrío y del oscuro color de la sangre derramada, a los primeros años de la conquista y colonización de la provincia de Sinaloa. Don Nuño debió ser un psicópata. Su familia, de ilustre abolengo, descendía de bravos combatientes contra los moros y su padre y hermanos prestaron muy grandes servicios a Carlos V. como soldados, sacerdotes y diplomáticos. Extrañamente, Borges no lo incluyó en su “Historia Universal de la lnfamia”.

Dos hombres dan sentido humano a los afanes de expansión territorial por el rumbo de una región inexplorada: Sinaloa-Sonora, que ya había conocido Alvar Núñez Cabeza de Vaca, ese recio aventurero que hace de la fantasía una realidad, que más parece tabulación que historia. En la historia de España es frecuente encontrar ese raro patronímico. Dos hermanos vinieron de la península hacia 1570: Hidalgo y Cabeza de Vaca, tronco común del que se desprendió una hermosa rama que dio luego dorado fruto: don Miguel Hidalgo y Costilla. El uno fue doctor en ciencias médicas y el otro licenciado, de los que tanto abominó Hernán Cortés porque conocía el paño: su más enconado rival, don Nuño Beltrán, era ducho en los menesteres del derecho.

Dos hombres, sí, humanizan el panorama sombrío de la conquista y colonización de Sinaloa: Francisco de Ibarra, el mozo vascuense que superó su adolescencia para transformarla en madurez creadora y Diego Martínez de Hurdaide, una figura cuyas hazañas tienen el brillo de la espada y la sutileza de la inteligencia, la generosidad del creyente, la astucia del diplomático, el desplante del político y la energía del colonizador.

Con sus soldados de caballería a y sus peones recorrió desde las riberas del Tamazula hasta las de El Yaqui, protegiendo a los colonos y a los evangelizadores jesuitas. Sus batallas a sangre y fuego o con las armas de la diplomacia las libró en los ríos Zuaque, Petatlán y Yaqui. Los ahomes le dieron su confianza y don Diego jamás los desamparó cuando los guasaves, los yaquimis o los mayos incursionaban por su estrecho territorio. Mochicahui fue testigo del valor de Martínez de Hurdaide, cuando, según el insigne cronista Andrés Pérez de Ribas, con mínima escolta, cayó sorpresivamente sobre quinientos indios flecheros y aprehendió a su cacique Taxicora.

Los ahomes sufren el despojo de algunas de sus tierras de buen sembrar a manos de los tehuecos, tan inquietos e insumisos como los zuaques y los yaquis. Los tehuecos, bravíos, tenían el sentido de la libertad y lucharon no en el llano, sino en las defensas naturales del bosque.

Diego Martínez de Hurdaide, como Ulises, es fecundo en recursos: hace prisioneros a los niños y mujeres de los tehuecos, envía mensajero a sus adversarios, ofrece y cumple no causar daño físico a los capturados. A cambio, los tehuecos deben entregar a quienes causaron el conflicto. Azotes y rapado de sus cabelleras fue el castigo para los jefes. Dolíanse en su honra los indios cuando su pelambrera sufría los desmanes de la tijera o la navaja filosa. Don Nuño tenía técnicas más refinadas: soltar la perrada hambrienta contra los naturales alzados contra su señorío. Y Cortés recurría a otras finuras: quemar los pies de dos reyes y amancebarse con la esposa de una sus víctimas, que gozó fama de ser la mujer más hermosa de su tiempo, algo así como la Güera Rodríguez del Siglo XVI, aunque “Copo de Algodón” era una bellísima dama de piel morena.

Pérez de Ribas, español al fin, juzgo a Lautaro, sinaloa, y al zuaque Babilomo, en forma prejuiciada. Si bien muchos grupos tribales habían aceptado la sumisión al blanco, otros caciques intuyeron que el español había llegado para aniquilarlos, para destruir sus formas de vida. Eran rebeldes porque amaban la tierra, en que habían nacido ellos, sus padres, sus abuelos. Ahora Lautaro y Babilomo serían llamados patriotas. Y lo fueron en el más noble sentido del vocablo. Los ocoroni se levantaron en rebelión contra la corona, fueron derrotados, pero muchos combatientes que escaparon, encuentran consejo en Lautaro y Babilomo, quienes no convencen a los mayos para que se unan a su causa y se refugien con los yaquis.

En los combates que Diego Martínez de Hurdaide libra contra los aliados de los dos caciques, pone a prueba su capacidad de estratega. Superado con creces por el enemigo, rehúye el encuentro, se retira, se reorganiza, entabla batalla campal, prácticamente es derrotado y entonces recurre a la astucia: la caballería macilenta es empujada hacia donde están los yaquis, mientras que Hurdaide, con escasos hombres escapa a pezuña de caballo. Vienen las especiosas y espaciosas negociaciones entre los contendientes, al final de las cuales Lautaro y Babilomo son entregados a los españoles, quienes los ajustician. ¿Crimen frio, preconcebido? Martínez de Hurdaide combatía por su sector, era soldado, su deber era obedecer y exigir obediencia para su rey.

De 1600 a 1621 Diego Martínez de Hurdaide combatió, colonizó y contribuyó a la cristianización de los naturales. No fue vaso de perfección, pero sí ejemplo para sus contemporáneos, militares o civiles y hasta sacerdotes seculares o monjes de clausura —entre unos y otros los hubo insignes y pertenecen a los grandes de la humanidad—, que practicaron la crueldad y la simonía.

Diego Martínez de Hurdaide es el gran olvidado de la Historia de Sinaloa. El amigo del pueblo o tribu de los ahomes no merece que su nombre se consigne en una placa, para que una calle recuerde a ese hombre que supo serlo a plenitud, que mermó su hacienda en sus afanes catequísticos y fue amado por ahomes, tehuecos y ocoronis.

 

 

Diego Martínez de Hurdaine

Diego Martínez de Hurdaine, dibujo de Dulce María Aragón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Summary
Name
Diego Martínez de Hurdaine
Job Title
Colonizador español
Company
Virreinato de la Nueva España
España

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