Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

¿DE QUE TE DAN GANAS?

 

 

Por: Manuel de Atocha Rodríguez Larios

 

Mi mujer, como todas las esposas del mundo, se reúne un día de la semana con un grupo de amigas. El pretexto es jugar lotería de monitos, canasta uruguaya o simplemente alguno de esos juegos de baraja que están de moda; en realidad hay una razón menos simple, los recovecos de sus cerebros femeninos esconden agudas lancetas y filosos bisturíes con los cuales viviseccionan a todo bicho viviente que aparece por ahí, especialmente sus propios maridos.

De tales reuniones, semanalmente trae a casa un sabroso entremés de trocitos de vidas ajenas: pleitos conyugales, hijos pródigos, maridos tacaños, jovencitas ligeritas de cascos, problemas financieros, inminentes divorcios (por causa de una güerita de naricilla chata) y más que todo, largas, prolijas y pintorescas descripciones de todo el acontecer social. He de ser sincero. Con relación a la vida privada de su círculo de amigas es tan hermética como la caja fuerte del Banco de México.

En sus conciliábulos utilizan un lenguaje homologado con base de ciertas frasecitas con que me vuelve loco toda la semana… hasta la siguiente reunión, donde el léxico es renovado.

Sin embargo el estribillo que llegó para quedarse es la preguntita, ¿de qué te dan ganas?, pronunciada después de una exposición de hechos y emitida con un inquietante retintín que nunca he podido descifrar porque no me lo pregunta antes de servir el desayuno, inevitablemente éste será un minúsculo vasito de jugo de tomate, un huevo tibio, y café con leche, sino que es formulada en la siguiente forma.

— ¿Sabes Julio?, la tonta de Pola sacó las natas del refrigerador y se las dio al Morrongo. ¿De qué te dan ganas?

Me quedo repicando, ni modo de decirle que sería bueno darle unos coscorrones a Pola la sirvienta; una garrida veinteañera de la sierra chihuahuense con estatura mínima de un metro ochenta y unos 70 kilos de peso… o bien que me gustaría ser el gato. Las natas me encantan. Como ya es muy tarde para comprar en la tienda de la esquina le ordeno a Rosita, nuestra niña, que vaya al departamento de arriba, con su tía Lola, le explique que el felino se merendó las natas y le pida una poca de mantequilla.

Ni me mira, aparentemente espera una respuesta. No hay tal, lo que conteste tendrá poca importancia; la prueba es muy clara: poco antes que pronuncie palabra alguna se sienta a mi lado y comienza a narrar las andanzas de Toñito, “el hijo del señor que te vino a buscar cuando estabas en Tijuana”, sucesos que me importan un bledo; desconozco quién es el señor que vino a buscarme hace cuatro años, cuando fui a Tijuana (primeras noticias que tengo de la visita) y menos aún quién es el tal “Toñito”.

Otras veces, cuando estoy enfrascado en la lectura de algún ameno y apasionante libro, llega y se arranca con una extraordinaria noticia; por ejemplo:

—Julio, Tutú acaba de tener seis conejitos, ¿de qué te dan ganas? Tutú es una hermosa coneja blanca que le regalaron a Rosita la semana pasada. Como consecuencia formuló mentalmente estas respuestas:

A.- Tal vez sea conveniente comprar una caja de puros para regalar por el feliz acontecimiento.

.B.- Podemos convocar una reunión de científicos para que estudien el rarísimo suceso.

C- Quizá sea necesario expulsar de casa (con cajas destempladas) a la casquivana madre de los séxtuples.

D.- Con toda seguridad tendremos que vender el automóvil para pagar el hospital y la indispensable cesárea de Tutú, considerando el múltiple parto.

Cuando termino de pensar en estas posibles soluciones para el problema, ella y la niña están sentadas ante la mesa formulando una larga lista de nombres para bautizar a los conejitos. El esfuerzo, pues, fue inútil.

Cierto día me propuse a dar contestación rápida y adecuada cuando ella saliera con la enfadosa muletilla. Muy pronto llegó la oportunidad. —Julio—, me dijo entre enojada y risueña, — el Morrongo se subió a la mesa, tiró el pan, desparramó todo el azúcar, se bebió la leche y se comió las salchichas de tu cena, ¿de qué te dan ganas?

— ¡De matar al gato!— contesté abriendo el polvoriento cajón donde guardo el revólver del abuelo.

— Para matar al Morrongo tendrás que pasar sobre mi cadáver, — gritó mientras obstruía la entrada al comedor.

Debo advertir que el mimado, mañoso, molesto, marrullero y maullador minino tiene unos diez años con ella, mi madre se lo regaló.

Por supuesto, el amenazado micifuz no corría peligro alguno por dos grandes razones: primera, no soy capaz de matar una mosca; segunda, nunca he disparado un arma y menos ese impresionante Colt 44.

Así que guardé la pistola, tomé mi novela y plácidamente volví a la lectura. ¿De qué les dan ganas?

 

 

Cuento sinaloense; ¿ de qué te dan ganas ?

¿ De qué te dan ganas ?, cuento del sinaloense Manuel de Atocha Rodríguez Larios

 

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De que te dan ganas ?
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Cuento sinaloense titulado. De que de tan ganas ?

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