Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México

 

EL CULIACÁN DE AQUELLA ÉPOCA COLONIAL

 

Por: Francisco Verdugo Fálquez

La ciudad estaba sitiada. Desde las alturas que dominaban el valle, veíase a los pronunciados agrupados, como nube de langostas, sobre los campos vecinos. En las torres de Catedral, en las azoteas de las iglesias, desde los últimos pisos de los edificios más altos, los del Gobierno estaban siempre sobre aviso a la menor señal de ataque.

La población entera vivía, como vulgarmente se dice, con el alma en un hilo. En cualquier momento, a cualquier hora, ¡pum! ¡pum! ¡pum!, una guerrilla que pasaba; un encuentro con una avanzada; un reconocimiento practicado a los de fuera por los de dentro y a los de dentro por los de fuera.

 

— ¡Los pronunciados!—se gritaban con espanto; y la campana mayor de Catedral tocaba a rebato; y los transeúntes corrían a carrera limpia hasta colarse en el primer agujero que encontraban abierto; y las puertas y ventanas se cerraban con tal estrépito, que parecía que el mundo entero se desquiciaba: las mujeres se desmayaban; los niños lloraban a lágrimas viva, y los hombres, armados de punta en blanco, cubrían las azoteas. Pero luego llegaba un aviso, y, en seguida, otro y otro, y todos con la misma grata noticia de que no había sido nada: un simple tiroteo, un ligero encuentro. Los hombres descendían de las alturas, las mujeres y los niños enjugaban sus últimas lágrimas, y todos acababan por reírse de sus terrores pueriles.

Eso era durante el día; que en llegando la noche, la obscuridad, el misterio, el grito de ¡Centinela! ¡Alerta! trasmitido a cada instante de un extremo al otro de la ciudad, hacían a sus desgraciados habitantes pasar la noche en claro, como decía el inmortal novelista.

Ya era un ruido sordo y prolongado que se acercaba, se acercaba … y hacía temblar las vidrieras, como si ellas también compartieran el temor de sus dueños: causábalo la artillería, que envueltas en badana las ruedas de las cureñas, atravesaba las empedradas avenidas, hasta distribuirse en los fortines construidos en las bocacalles; ya era el marchar sincrónico de una patrulla que vigilaba; ya el apresurado paso de un trasnochador incorregible, o el correr de un guarda con una activa comisión. De cuando en cuando, un balazo en los arrabales; los gritos de un beodo que arrastraban, mejor que llevaban, los agentes del orden, o el lastimero quejido de un hombre que acababa de ser herido. A diario aparecían, en las primeras horas de la mañana, dos o más cadáveres que la ambulancia se encargaba de recoger: si eran de los del Gobierno, se les daba honrosa sepultura en el panteón; pero si se reconocía ser el cuero de un enemigo o de un extraño, se le enterraba misericordiosamente en la fosa común.

Verdugo Fálquez, Francisco, DE MI ARCHIVO, Editorial EL DIARIO DE CULIACÁN, 1956, pp. 15-16.

 

Tomado del libro: El Palacio Municipal, Vicisitud y Sino (Analectas); compilación La Crónica de Culiacán, H. Ayuntamiento de Culiacán, Segunda edición 2003.

 

Culiacán de la época colonial

Catedral de Culiacán, de la época colonial

 

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Culiacán, época colonial
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El Culiacán en la etapa histórica de la colonia española

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