Cuento sinaloense

 

LA BALANZA

 

De: Juan B. Ruiz

 

Iban de prisa, fugitivos, en la noche enlutada, arrastrando los pies por el áspero pedregal, eludiendo huizaches y vinolos de espinas aceradas. Cleto iba al frente, machete en mano, abriendo el paso por el monte achaparrado. El licenciado Gómez, taciturno, lo seguía. En las ramas de los punzantes arbustos dejaron girones de ropa, como si pretendieran colgar el recuerdo de su paso en los arboles tropicales, mustios y cenizos, en el verano que se dejaba sentir en la reseca atmosfera. El desfallecido monte tendría que esperar algunos días para que el cielo tronara, y de los picachos lejanos se desprendiera la nube oscura, cargada de electricidad y vida, llevando en su lomo algodonoso el látigo centelleante que azotaría la copa del árbol mas alto del valle, sumido también en la tristeza de la extinta primavera.

Su meta era el bosque, umbroso, más allá de la loma parduzca. Huían como fantasmas asustadizos, cayendo y levantando, asidos a los brazos endebles de los ralos arbustos. Percibían ya el olor humedo del bosque, que se escondía en la barranca zigzagueante en cuya cima corría, sonoro y borboteante, el río.

Cleto subió a un risco del lomerío para orientarse. La noche era lenta y ominosa. La oscuridad parecía hecha de piedra. Percibió su oído remotos aullidos de perros, con los que suelen guiarse los campesinos. Ahí cerquita esta el rancho, reflexiono para sí; podrían descansar en la planicie estrecha y arbolada, próxima a la barranca, que sus ojos, más que ver, presentían.

-Aquí nos daremos una recostadita, licenciado, insinuó Cleto, respetuoso.

El aludido, silencioso, se tendió al pie del tronco, dolorosamente fatigado, al mismo tiempo que instintivamente percibía el pequeño escándalo del cascabel de una víbora. Cleto, alerta y enérgico, machete en mano, rápido movimiento, descargó un mandoble sobre el reptil, al tiempo que musitaba:

—No se mueva, siñor!

La víbora, partida en dos su cabeza triangular, yacía a unos pasos del abogado fugitivo. Un sudor frio empapaba su espalda y una sensación de resequedad en la boca lo hostigo por varios minutos. El guía, calmoso, juntaba hojarasca para forjar una almohada ilusoria. A poco dormía y roncaba.

El licenciado Gómez, inmóvil en su improvisado lecho, era como una antena que recogía todos los rumores de la noche. Croaban las ranas en el hondón del barranco; los grillos, en orquesta, preludiaban un concierto ríspido. El aullido de un coyote estremeció al hombre en vigilia. Un perro solitario ladro en respuesta. La oscuridad pesaba en los hombros y en la conciencia de aquel ser solitario que se sentía pequeño y miserable, lejos de Dios y de los hombres. Atrás había quedado el pueblo, víctima de los errores de la guerra civil, testigo de la muerte cotidiana y estéril.

El era un hombre de la ciudad, ensoberbecido por el éxito, orgulloso del barniz cultural que hacia brillar su conversación, producto de indigestión libresca. Ahora, de su soledad, descubría que era una criatura débil, perdida en la inmensidad del campo. Mientras el éxito le había sonreído, se creyó el centro del universo El aplauso mundano ensancho su egoísmo y el dinero cegó su ternura humana. Recordó al santo de Asís… “Déjame ser amor donde hay odio”. Pero tan pequeño había sido que ni siquiera había podido odiar porque nunca supo lo que era amar. Trivial e infecundo, había pasado indiferente ante la angustia, el dolor y la esperanza.

¿Que había sido su infancia? El tiempo dorado de los mimos y el esmero materno. ¿Y su adolescencia y juventud? Modestas victorias en los días de estudiante, fugaces amoríos con muchachas que le fueron indiferentes, un título universitario conquistado blandamente y una profesión llevada desganadamente en un juzgado pueblerino, regalo del señor gobernador al joven profesional, hijo único de su mejor amigo y compañero de andanzas y correrías de liberales exaltados, juaristas confesos al rojo vivo, y en la adultez reblandecidos por el poder político y el brusco encumbramiento social.

Un año hacia que el abogado desempeñaba su oficio de juez cuando fue enjuiciado Bonifacio López, asesino y abigeo, según sus acusadores. “Bonifacio”… deletreo en la noche densa el licenciado Gómez. Un nombre cualquiera, el de un pobre campesino. Y por ese hombre era, en este momento en que se había desnudado, implacable y duro, hasta con un regusto morboso, un fugitivo asustadizo al menor rumor de la arboleda.

Como habitante de un mundo distante, hecho de zozobras y de sueño, el licenciado Gómez dibuja en su memoria y recoge en sus oídos el rostro y las palabras de Bonifacio, mestizo de rostro alargado en donde fulguran los ojos pequeños, cargados de odio y de burla.

-Señor juez: no es verdá que yo me aiga robado esos bueyes. Son puras habladerías del patrón pa fregarme. ¿Por qué había yo de robar? No soy ladrón. Seré sinvergüenza y todo lo que uste quera en asuntos de mujeres, pué que sí, porque, dígame: ¿a quién le cuadra la caza de liebres con tazón?

La merita verdá es que el mayordomo de don Pedro quiso burlarse de mi vieja, a pura juerza. ¿Que hubiera dicho yo si ella se va con él por su mera volunta? ¡Pos nada! Cuando las viejas ya no queren estar con uno, ni modo. Pero ese malora le anduvo rondando y empezó a comprarla con regalitos.

—¿Y ella acepto esos regalos?

-Ahí está la cosa, licenciao. Ella nunca le agarro ni lo que es un cerillo. Pero el hombre seguía molestándola y diciéndole palabras: “mire prietita, pa que quere uste a ese baboso que nunca le va a dar su lugar; en cambio, yo le pongo casa y la visto como reina nomas que mi haga caso…”

La cara oscura de Bonifacio se torno ceniza.

-Siga declarando.

—iQui hubiera uste hecho en mi lugar, siñor juez! Vamos cambiando de sillas y yo soy uste, con su perdón, y uste es yo. Nomás piense en cada vez que lo incontraba en la llanada, el mayordomo echándome una mirada de burla y yo mordiéndome la lengua y apretando el junque con la mano. Luego, un buen día, el tal Anselmo, así llamaban al mayordomo, me ordeno:

—Oye, hay dos reses perdidas en el Rincón de las Aguamas. Te vas a campear dos o tres días a ver si las agarras. ¿No?

—¡Tenga sus tres días!, me dije yo pa mis adentros. Ya sé lo que queres. No le respondí, pero hice que mi vieja alistara el bastimento, ensillo el caballo y en la madrugada me eche pal monte rumbo al rincón del cerro. ¡Qué rincón ni que di hacha! Anselmo se la trago, porque cuando él se fue por la leche, es porque yo ya venía con el queso. Y pa que le escribo, si uste ni sabe leer, como dice el dicho. Ai nomás llegue al guanacaste del arroyo hondo y me arrané entre los papachos. Caía la noche cuando me arrendé pa’ la hacienda. ,jY que me incuentro? Pos a Anselmo, adentro de mi jacal, forcejeando con mi mujer. La sangre la tenia aquí, en los ojos, siñor juez. Abrí la puerta de una patada, pele el machete y antes de que el mayordomo sacara su pistola, de un tajarrazo le partí la cabeza, mientras que yo perdía la mía, porque lo estuve macheteando todavía mucho rato… Mucho rato, siñor juez.

Bonifacio había callado, sumido en recuerdo de sangre y odio.

—Y luego, ¿qué hizo usted?, apremio el juez.

—¿Pos qué iba hacer? Agarre monte.

¿Y por qué no se presento a la autoridad competente?

—¿Y qué sabe uno de eso? Y luego, ¿pa qué? Lo primero que hace la polecía es zambutirlo en el bote, y aluego viene el barullo de las declaraciones, I’acordada lo saca pal monte a praiticar deligencias y ahí vuelven después con el cuento de que se quiso pelar. De todas maneras, mi apresaron y aquí estoy ante usté. La única defensa que tenía era mis patas, pero no supe manejar el talón…

Lo habían sentenciado a muerte. Tuvo miedo no como juez que toma un equívoco legal, sino porque la muerte de Bonifacio López era, o podría ser, una carga excesiva para la egoísta tranquilidad de su conciencia de hombre apegado a la comodidad, a los días monótonos, a su desapego de la realidad hiriente y mezquina o terrible de aquel pueblo gris en donde aprendía a ser licenciado, conforme a lo dicho por el señor gobernador cuando firmo su nombramiento de juez.

Dos noches después de la sentencia, Bonifacio López escapo de la cárcel y meses más tarde era ya jefe revolucionario que habría tornado el poblado.

—No hay vidas pequeñas -reflexionaba el licenciado Gómez- ni lacia, que fue siempre miserablemente comodona. Pero en la balanza final, la mía, pesaran unos cuantos gramos, por fácil, egoísta y blanda. La de Bonifacio López pesara muchos kilos. Porque supo amar y odiar. A mí me falto valor para todo. Fui un mediocre. Y ahora caigo en cuenta que podría llegar a envidiar el destino de Bonifacio Lopez.

La amanecida vio a los fugitivos perderse, entre un claro del bosque.

 

SINALOA; EL INGENIO Y PENSAMIENTO DE SUS CUENTISTAS

 

JUAN B. RUIZ

JUAN B. RUIZ

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La Balanza, cuento
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Un cuanto del ingenio sinaloense.

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