Cuentos de Sinaloa

May 8, 2012

 

Cuentos de  Sinaloa

Cipriano Obezo Camargo

 

EL MAYO “RUMULO” NO QUERÍA SER “GANADERO”

 

Antes que alcanzáramos el grado de perfección jurídica que hemos logrado en materia agropecuaria, los burros no fueron nunca materia de tributación fiscal y podía el campesino, según sus necesidades, tener dos, tres o hasta cinco o más animales para auxiliarse en su trabajo cotidiano de carga, transporte o tracción.

La libertad era tanta que, en disfrute de ella, burros y burras hacían de cualquier llano, paredón o matorro, el santuario de sus relaciones amorosas sin que las autoridades hacendarias les cobrarán impuestos por tenencia, de nada de lo que para el efecto pudieran necesitar.

La libertad llegaba a aceptar que veredas y caminos se vieran poblados por entes de la jumentería que vagaban sin dueño.

Lo más a que se atrevió la ley de entonces, fue a llamar mostrencos a los burros cuando llegó a demostrarse el sindueñismo en relación con ellos.

Por eso en mi tierra la gente era casi indiferente a la propiedad en este sentido a pesar de que, en un momento dado, solía reclamar el derecho a sus jumentos si el caso ameritaba “el ejercicio de esa acción”, como diría un abogado.

“Rúmulo”, Don Othón, Rufino Meza, Erasmo Castro, Chadoy Angulo y otros muchos, eran dueños de buenos burros, grandes y bien cuidados, y muy hechos al trabajo.

Lo mismo tiraban de una carreta o un arado, que viajando aparejados iban cargados de leña o de zacate, o servían de cabalgadura llevando a sus dueños “a la jineta” encajados sobre un simple costal o portando silla y freno, ” y todo lo demás”.

Sin embargo, nadie se incomodaba si algún “simburrista”, urgido por una necesidad, lazaba al primer asno que encontraba a la mano y se servía de él sin consultar al dueño. Todo era cuestión de no maltratarlo, ni someterlo al martirio del hambre y de la sed.

“Rúmulo” el mayo viejo que así decía llamarse, tenía dos burritos por cierto muy buenos, de los cuales se valía para integrar parte de su “modus vivendi”, usándolos para distribuir leña por “cargas”, para salir a vender aguamas, o acarrear pastura a domicilio para becerros y cerdos.

La vida para él, en ese sentido, transcurría tranquila.

Hasta podía decirse que él y sus burros se querían.

Tal era la adhesión mutua que se profesaban.

Pero un día, el síndico municipal del lugar le salió con una “nueva”; llegó a su casa a decirle que dizque

por orden de la autoridad superior, fuera al municipio a inscribirse como ganadero en el registro del ramo.

“A di’astar”‘ loco tu jefe, carajo, comentó el mayo “¿Pos” “dionde” “vua” sacar ganado “pa’ilo” a escrebir a la lista esa que dices?

Yo no sé más, “Rumulo”; me ordenaron que te citara y yo cumplo, aclaró el síndico, Pero yo creo que es cuestión de que vayas, platiques con el jefe y aclaren todo lo que tengas que decir, recalco al final.

Pero el caso es que yo nunca “a andado” en “gûeltas d’esas”. No sé ni hablar y menos a “ond’ir”. Ahy nomás dile que digo yo que no tengo ganado y con eso hay, volvió a insistir el indígena.

Sin volver a decir ya nada mas, el representante de la autoridad, se despidió del mayo y dejo el asunto por la paz.

Siempre por las dudas, “Rúmulo” procuró hablar con gente de “esperencia”, pa’ contarle lo que había pasado, pero todos coincidieron en que aquello era una equivocación, y que no tendría ninguna consecuencia si no se presentaba a la cita por tamaño error.

Hasta el profesor de la escuela se rió cuando le contaron el caso.

Pero el tiempo corrió como tres meses más tarde, otra vez el mismo síndico volvió para insistir: Que es necesario que comparezcas a las citas que te hace el gobierno pa’ que no “hagas de causa”. Dice el presidente que es cosa sencilla; que vaya y él, al explicarte todo te dejará convencido.

Y “gûelta’otra vez a la mesma monserga. “Pos” que está loco tu jefe, hombre, con una fregada?, pregunto el mayo entre asombrado e indignado.

No hables de más, mayito bocón, amenazó el síndico: si llega a saber el Presidente lo que estás diciendo de él, te puede mandar tapar la boca. De modo que ya sabes. Si no vas, en otra vez, van a mandar por ti.

Corrió otro mes y, por fin, se llegó el día: Dos policías, enviados especialmente de Angostura, localizaron a “Rúmulo”, para informarle que ahora sí la cosa iba en serio, y que tenía que presentarse ante la autoridad superior.

“Pos” dile a tu patrón que ahí me espere mañana; “qui’hora no puedo porque esto muy percudido, a ver si a la “nochi”, me lava el pantalón y la camisa la vieja.

Pero es el caso que el jefe ya no te quiere esperar más y la orden es de que tienes que ir con nosotros,quieras o nó, aclaro el que llevaba insignias de “cabo”.

Ah cabrón, dijo el mayo asustado, ¿Antonces me vas a llevar “marrado” como los “delinquentes” que salen en el cine? Eso está tantito “pior”.

“Pos” mejor anda, “Rúmulo”, terció la maya su mujer, no “seya” cosa que te maten a balazos los “polecías “Tate” cayado ya, y mejor date por preso.

Que “ti’amarren” y te lleven cuando ellos “queran”, a ver si no “ti’hacen” nada, insistió la fiel consorte aborigen, mientras sus piernas temblaban y los ojos se le humedecían.

Yo crio’que” tiene razón la vieja; “Márrenme” pues y echénme por delante, pero no me vayan a matar, no sean malos. La mera “verdá” es que “nu’ha” hecho nada malo, y “quen” sabe por qué me “queren” hacer ganadero a “juerzas”, sin tener “alimales”, ni rancho ni nada, alegó en última instancia el detenido.

Yo creo que están haciendo la cosa gorda sin necesidad, insistió el policía jefe. No hay nada que vas preso, ni te vamos a amarrar y menos a dar de balazos; venimos como amigos a que vayas a platicar unas cuantas palabras con el Presidente, y eso es todo. No se asuste señora, suplicó dirigiéndose a la maya. La cosa no tiene chiste.

¿Que “sos” mi amigo dices? ¿Y “trais” pistola? ¿Y me dices que me vas a llevar a “guevo”…….? i”Pos” ya “jodites” pa’ que te lo “creya”.

Ándale, ándale, “márrame” luego y friégame de una vez; aquí “mesmo”, pa’que no tengan “qu’ir” por mi hasta allá, rezongó resignado pero “de cara al sol”, sin miedo y sin pedir perdón…………

Fue necesario que el presidente del ejido interviniera, y que lo encaminara hasta la salida del pueblo el profesor de la escuela, para que el mayo aceptara por fin, acompañiar a los señores de la policía.

Informado el presidente Municipal del drama de que habían sido actores obligados, sus subordinados, “Rúmulo” fue llamada a su presencia.

¿Qué tal, el mayo viejo? saludó el señor autoridad, estrechando la mano de su súbdito y sonriéndole con cara de cordialidad. ¿Cómo está tu familia y el trabajo, cómo va…..?, preguntó nuevamente.

“Pos” nada, que aquí me tienes; estoy rendido y “ti’aseguro” que no pienso meter la mano, “mihagas” lo que “mihagas”. Tú eres la “juerza” y yo soy el jodido.

iMándame a la cárcel “di’una vez…….. Alegó el pobre hombre, obsesionado por su comprometida situación cuya causa no acababa de comprender.

Mire amigo, volvió a explicar el edil mayor, estás asustado de más y no tienes por qué ponerte así. La cosa es que de allá arriba mandaron una nueva ley que dice –que todo aquel que tenga dos o más animales de ganado mayor, como vacas, caballos, mulas o burros, debe registrarse y mandar hacer un fierro para que marque sus animales y se sepa de quien son cuando hagan “estropicios” en las siembras de los vecinos. Eso era todo lo que te quería decir; solo que como no atendiste mis dos llamados anteriores, pues tuve que mandar por tí. Pero soy tu amigo; palabra de hombre que soy tu amigo, concluyó el jefe municipal.

Y si eres mi amigo, preguntó “Rúmulo”, ¿Por qué no “juites” a mi casa a decírmelo pa’ que no “si’hubiera” hecho tanto argûende y la vieja no se “hubiera’ dado la “zurrada” que se dío? pregunto el aborigen.

En eso tienes razón. Así como tú dices se debía haber hecho; pero ahora ya metí la pata y solo te pido que me perdones. De modo que ahora lo que falta es que -mandes hacer el fierro y que pagues los dieciséis pesos que te va a costar con todo y registro, y asunto terminado, explicó otra vez el presidente.

Desde ahy “dionde” tu estás, comiendo con manteca las tres horas del día, la cosa se ve fácil, ¿pero yo, “dionde” diablos “vua’garrar tanto dinero? Con trabajos junta uno pal’maiz y “pal” café, alegó otra vez en su favor el indio.

En un nuevo intento por mostrarse cordial, el primer regidor le reiteró su amistad, aclarándole que no se apurara, al fin que para arreglar aquel problema que le quedaba todavía un plazo de dos meses.

Al volver a su casa sano y salvo, su mujer se le acerco y recargándosele sobre el hombro sollozó de felicidad, enjugándose las lágrimas con la falda del delantal.

Pasado el plazo de espera que la autoridad le concedió para regularizar su condición de “ganadero”, según la nueva ley que lo “traía en vueltas”, el señor secretario del Ayuntamiento le mandó un oficio recordándole que el termino para que pagara el fierro de sus animales se había vencido y que era necesario que, en un plazo de tres días, pasara a liquidar su cuenta.

Un viernes por la mañana, el mayo se hizo presente ante el mandamás del municipio y le dijo: Oye “pos” fíjate que no pude “cabalar” todo el dinero junto, vine pa’ que me digas si puedo pagar “mita” “agora” y “mita” después, cuando no esté tan fregado.

Seguro que si puede, mi amigo ¿Ves como querer es poder? Dentro de un momento la secretaria de la Tesorería te va a hacer tu recibo por ocho pesos y a ver si dentro de quince días vuelves con lo que te falta para que todo quede en paz. Que te vaya bien y salúdame a los demás de tu casa, le recomendó el alcalde encaminándolo a la puerta de su despacho, y dándole las ultimas palmadas sobre el hombro.

A los quince días justos, el mayo volvió otra vez a la oficina que el veía ya como un calvario.

Aquí tienes los otros ocho pesos, a ver si es la última vez que tengo que venir, le dijo “Rúmulo” al superior, entregándole el dinero.

Mire señorita, vea Ud. que le hagan la factura inmediatamente a nuestro amigo “Rúmulo” y que me le entreguen su fierro de marcar, porque ahora sí, ya es todo un señor ganadero, ordeno el Presidente a su secretaria.

Henchido el pecho de rencor y resoplando con coraje, el mayo alcanzó a decir casi ahogándose: “Pos” que me den “lomas” el recibo pa’irme pronto, porque el fierro ahy se los “vua” dejar pa’ que se lo metan “onde” les quepa, porque pa’dar el primer abono vendi uno de los burros, y pa’ acabar de pagar acabo de vender el que me quedaba. Así es que dime, ¿pa ‘ que chingados “quero” fierro “ahora” si no tengo ” alimales” que marcar?.

No quiso aceptar más papeles que el recibo, el mayo terco y enfiló hacia su casa descorazonado e impotente ante la obscura realidad que, “en nombre de La Nueva Ley Ganadera”, lo había privado de sus dos únicos burros que eran el apoyo de su precario sustento.

Pero el señor presidente no se quedó nada agusto y las últimas palabras del mayo resonaban en sus oídos como una acusación rotunda a su falta de comprensión para estudiar los problemas de la ciudadanía bajo su jurisdicción.

Y otra vez las palabras del mayo retumbaban como ecos maldicientes :

“Pa’que se lo metan “onde” les quepa ……..” “Acabo de vender el otro……”Pa’que chingados “Quero” fierro ahora…….” y así, como martillazos, escuchaba en su conciencia el golpe de las frases demoledoras.

Y ya no pudo más: Mira, le ordenó al comandante de la policía: ve a Alhuey y averigua a quien le vendió sus burros el mayo “Rúmulo” y vuélvelos a comprar para que se los entregues de nuevo, dotados de aparejos y frenos con cabezadas nuevas también. Llévale además un saco de maíz y medio saco de frijol.

Dile que yo le mando regalar todo eso porque quiero que crea que de veras soy su amigo y que cualquier día de estos voy a ir a su casa para tomarme con él una taza de café.

Cuando el subalterno salió a cumplir sus órdenes, el hombre sudaba copiosamente y al dejarse caer sobre su sillón ejecutivo, sintió como si le hubieran quitado un peso de encima, dándose por satisfecho de hacer las paces consigo mismo.

Cuando al mayo le informaron de todas las nuevas disposiciones del señor Presidente Municipal, no lo quiso creer al principio, pero cuando volvió a ver sus burros con los arneses nuevos y que el enviado una vez hecha la entrega se despidió, abrazó a los burros compañeros de su vida, que el veía ya como de la familia.

“Pos de veras está loco “diatiro” este diablo de “otorida”. Pero “agora” si le creo lo de que es mi amigo alcanzó a decir en voz baja el feliz aborigen mientras con el dorso de las manos se enjugaba las lágrimas que se le iban saliendo sin querer.

De lejos, la maya vieja también lloraba, mientras contemplaba a los burros con ojos amorosos, icon ojos maternales, podríase decir!.

 

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CIPRIANO OBESO CAMARGO

Cipriano Obezo Camargo

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El mayo Rómulo no quería ser ganadero
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Un cuento campirano del municipio sinaloense de Angostura.

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