Cuentos de Sinaloa

 

De: Roberto Hernández Rodríguez

 

A TI TE ESTABA ESPERANDO

 

A pesar del smog, todavía en la ciudad de México, se deja sentir la primavera. Viajando en la nave del recuerdo, es fácil imaginarse la tibiedad del ambiente y el suave viento de una ciudad que treinta años atrás, era dueña y señora de las más hermosas primaveras: jardines florecidos, bosques de generosa umbría y olores reminiscentes que estimulaban y hacían circular más fluida y cálida la sangre, y la sangre golpear los timbales de la alegría en cada corazón.

Sí amigo, a pesar del smog, cuando remontábamos la tercera semana de marzo, en cada pecho aún se escucha una “alondra cantar”.

Y he de contarte que la “loca de la casa”, en esos días en que la naturaleza se renueva con ímpetu, nos lleva a vivir cosas inesperadas. Dígame usted si no; ayer apenas caminando por la Avenida Juárez, y como todo metropolitano pergueñando planes en voz alta (que es enfermedad crónica de los capitalinos), me dirigía a la Librería de los Hermanos Porrúa a adquirir los “Discursos” de don Jaime Torres Bodet, cuando sorpresivamente me “asalta”, esa es la palabra, una jovencita rubia de escasos dieciocho abriles. Me toma del brazo y caminando a mi paso, me dice “! A tí te estaba esperando!”. Y su voz me sonó como un arpegio de Vivaldi y mi corazón se sacudió sonoramente como el inicio de la Quinta de Beethoven. Ta-ta-ta-taaaa! ¿A mi? -le pregunte- “Sí, sí, a tí. A tí te estaba esperando”. Sus ojos azules confirmaron lo que su boca expresaba. Yo amigo, agradablemente confundido, no dejé de caminar y ella no abandonó mi brazo, tomado por su mano que se sentía o me imaginaba transmitía un suave calor de mujer. No queriendo terminar aquel tan inesperado diálogo, con tan enigmática interlocutora, le pregunté que si de dónde era. Que si vivía en el Distrito Federal o nos habíamos conocido en Mazatlán o Guadalajara. Ella sonreía y volvía a repetir “Te estaba esperando y hace mucho que te conozco” y luego con entusiasmo agregó: “Y nos vamos a conocer más, más”. A todo esto, la librería quedo atrás y entonces la invité a visitar las galerías de arte del Palacio que estaba enfrente, lo cual de aceptar me daría tiempo para conocer su identidad y para aclarar aquello de que nos conocíamos y nos conoceríamos más y más. Para entonces ya me había dado su nombre “Adaluz”, que desde luego le dije que era muy apropiado a su belleza pues en efecto parecía una hada que flotaba en un halo. Ella aceptó la invitación, comentando de paso que sabía que era aficionado a visitar exposiciones de pintura y librerías. Que en ocasiones me observó ojeando los escaparates del paisaje de El Prado y de Zaplana en San Juan de Letrán, y que, precisamente, eran las colecciones de pintura las que más me atraían. Yo tomaba aquello como una cortesía de su parte, pero a decir verdad, estaba en lo cierto. En correspondencia le respondía que era una buena observación de su parte, pero se lo decía por inercia, porque no dejaba de preguntarme con quien dialogaba, y prolongándose la incertidumbre caía en un malestar o displacer.

A la una de la tarde terminamos el recorrido de las galerías y salimos de Bellas Artes, cuando aún se escuchaban las campanadas del reloj de La Latino. Cruzamos la calle y caminamos al poniente, al llegar al Callejón de Lorca, presentí se despediría, por ser una hora muy adecuada para despedirse y no queriendo que aquello terminara así nomas, le pregunte “si nos volveríamos a ver”. Ella me vio a los ojos directamente como no lo había hecho en ningún momento, luego al fin dijo: “Sí”, y luego “Te espero mañana en la esquina de Colima y Anzures en la colonia Roma, a las cinco de la tarde. Quiero (como ordenándome) que seas puntual, porque disponemos de poco tiempo”. Verás amigo que le agradecí en mi interior ese gesto, porque bien sabe Dios que hace tiempo no concertaba una cita como la que venía caída del cielo. ¡Que Dios me perdone! Luego Adaluz se despidió con un juvenil !Chao! perdiéndose luego su figurilla entre los transeúntes que congestionaban con sus humores y sueños el Callejón de Lorca.

 

Los refranes son la sabiduría sedimentada del pueblo. Así como lo escuchas amigo. Nomás recuerda aquel que dice: “El diablo propone y Dios dispone”. Y este refrán viene por lo que te cuento. Aquí estoy con ella, con Adaluz con su halo. Porque asistía a la cita, puntual como un inglés. Y aquí estoy con ella, sentados juntos en la misma banca. Nunca he visto un rostro reflejar tanta felicidad como el que refleja el de ella, teniéndome sentado a su lado. Está radiante. Toma con su mano la mía, me da “calor”; luego me pasa un folleto que contiene el himnario. En la sala hay silencio que al rato rompe la voz de barítono del Pastor: “Hermanos nuestro templo se llena de infinito regocijo; las ovejas del Señor que aposentan en otros prados, se acercan a nosotros sus hermanos. Sean bien recibidos y ahora cantemos el himno “A tí, te estaba esperando”. Y todos a coro cantamos, la mayoría con devoción y yo con agradable y purificadora confusión. De reojo observo a Adaluz, que sonríe, con esa sonrisa muy parecida a la madre de Jesús.

 

Sinaloa; el ingenio y humor de nuestros cuantistas

ROBERTO HERNANDEZ RODRIGUEZ

Roberto Hernandez Rodríguez, cuentista sinaloense

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A ti te estaba esperando, cuento
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Un relato sinaloense vivido en la capital del país mexicano.

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