Cuentos de Sinaloa

Ramón Rubín

 

 

MUCIO “EL ZOPILOTE”

 

iPor qué los muertos no han de entender a los vivos?

Si alguien llegara a este pueblo preguntando por Mucio González, aquel a quien escogiese el preguntón para interrogarle se quedaría con la boca abierta y la mente divagando. Ni siquiera en el Correo, en la Presidencia Municipal o en la vecindad donde habita hubieran podido informarle. Y sin embargo, este Mucio es uno de los personajes más conocidos y populares de la localidad; aunque por el apodo de El Zopilote.

Hasta sus pequeñitos hijos, cuando la maestra trataba de identificar la familia a la que pertenecían, se veían obligados a emplear el afrentoso mote, aunque un poco atenuado en su insultante implicación por la contracción El Zopi que usaba y les había enseñado doña Rogaciana, su mama, cuando todavía vivían amancebados y tenia momentos en que se sentía tolerante o cariñosa con él.

El remoquete no le viene de su color prieto cambujo como cabria suponer. Tampoco se lo debe al lamparon de tifia que en un tiempo lució ostentoso en plena despeinada coronilla y que unos guasones le curaron derramando en él una botella de raicilla cuando dormía la borrachera tendido en el suelo. Ni es que alguna vez haya ensayado prácticas de aviador, suelte plumas o tenga ganchuda la nariz. Lo único que a esa repugnante ave de la carroña lo semeja es su afición a la carne muerta que, desde que hace muchos años se volvió dipsómano perdido, lo lleva todas las tardes en busca de una casa donde velen un muerto y se introduce de rondón en ella para compartir la pena de los familiares y, por supuesto, los tragos de embriagante con que intentan mitigarla.

Siendo semejante táctica ampliamente conocida en la población, esas visitas funerales no son, por lo común, bien vistas, por más que él se esfuerce en aparecer sinceramente consternado y llore a lágrima viva la pérdida del difunto en turno como la más profesional de las plañideras retribuidas. En más de una ocasión, viéndolo llegar tan dispuesto para la pena y tan ávido de bebida, le han dado con la puerta de la casa donde tiene lugar el velatorio en pleno órgano nasal. Mas, pese a los muchos años que lleva practicando esa tétrica farsa, jamás lo habían tratado con la brutal crudeza conque lo hicieron los deudos de don Victoriano al tener él noticias del deceso de éste y acudir diligente a compartir con ellos la aflicción… y la bebida.

Ya el propio don Victoriano se había expresado en vida en términos vituperantes de aquel ebrio descarado e incorregible que no respetaba el dolor ajeno. Y así que sus cinco hijos lo vieron llegar al duelo relamiéndose, aunque no tuvieron tiempo de impedir que se colase en la sala donde estaba tendido el difunto, cuando intento darle el pésame al mayor de ellos se le amontonaron preguntándole ácidamente qué cosa se le había perdido alii y expulsándolo de su acongojado hogar poco menos que a empujones y puntapiés en el trasero.

Defraudado por esa descortés acogida en sus mejores esperanzas de curarse la cruda del día anterior poniéndose una borrachera de media semana, El Zopi se vio frustrado y humillado a mitad de la calle. Y por ella echó a andar sin rumbo y sin esperanza, tambaleante no tanto por la desazón como por la demoledora jaqueca.

Pero esa noche el luto parecía haber tendido sus negras alas sobre la población. Pues apenas había andado dos cuadras cuando se dio de manos a boca con las acogedoras puertas de otro hogar en doliente velatorio. El muerto al que velaban allí, forastero y miembro de una familia llegada poco antes en seguimiento de uno de sus integrantes que acababa de hacerse cargo de un puesto directivo en el cercano ingenio azucarero, no era conocido de Mucio ni sus familiares tenían noticias aún de las mañas de éste. Pero ni esa circunstancia ni el desplome anímico en que lo tenía su muy reciente fracaso iban a conseguir que él desperdiciara una ocasión que parecía dispuesta por el clemente cielo para aliviarle la cruda.

Se coló de rondón por el zaguán hasta el recibidor donde tenían tendido al difunto, y apenas identificó en éste a un caballero de edad provecta cuando, abriéndose paso entre los enlutados y compungidos dolientes, fue a arrojarse sobre el ataúd llorando a lágrima viva entre consternadas exclamaciones de: “!Quién lo había de decir que ya estaba todito muerto mi patroncito?.. . ; Por que tuvo que irse él, que era tan reata!. . . ; Como no me llevaron mejor a mí si tanto les urgía tener un muertito!. .. ¡Ay, patroncito, usté era lo que yo más quería y respetaba en esta vida ingrata!… !!Lléveme con usté!!…” Y continuaba por ahí en una declamatoria exposición de su ánimo desolado que iba llenando de confusión y desconcierto a los deudos del difunto, los cuales se miraban unos a otros preguntándose donde podría haber conocido aquel bienaventurado al hombre por el que tan caudalosamente lloraba y tan acongojado se veía y cuáles pudieron haber sido los lazos que crearon entre ellos un afecto tan entrañable.

Al fin llegaron a la conclusión de que el intruso debía ser, ya que reiteradamente le llamaba “patroncito” al muerto, alguno de los fieles operarios que trabajaron para éste en sus lejanas incursiones en la industria. Y estaba claro por la aflicción de Mucio que debió tratarse de un operario de especial estimación, que le quedó profundamente reconocido por sólo Dios sabe que bondades y deferencias.

Como la congoja de El Zopilote en lugar de ceder se acentuaba y amenazaba caer en el más desenfrenado de los patetismos, una de las mujeres de la casa trajo una botella de buen coñac y un vaso para confortarle y aplacar aquella pena sirviéndole unos tragos. Era lo que él esperaba y no se hizo rogar, por cierto. Se empinó tres vasitos al hilo, relamiéndose pero sin dejar de llorar a mares y de manifestarles que no soportaba la idea de que su venerado “patroncito” se hubiese marchado para siempre.

Siguiendo esa habilidosa táctica y sin dar tiempo a que le exigieran mayores explicaciones, se llevó al estómago la mayor parte de la botella del bravo licor; con lo que a la postre se derrumbó por sus efectos quedándose dormido. A los dolientes les produjo alivio ver arremansado el río de lágrimas y penas que le embargaba, y arrastrando el sillón sobre el que se derrumbase lo llevaron al rincón donde menos estorbaba.

Cuando a la mañana siguiente despertó Mucio, fue para encontrarse con la novedad de que ya se habían llevado el muerto al panteón. Y esto pareció sacarle de sus casillas. Se puso a lamentar con reavivada congoja que no se le hubiese dado la oportunidad de acompañar hasta su última morada a su “patroncito”, mostrándose tan abatido por esa frustración, que los familiares que quedaban en la casa, en parte conmovidos por aquel afecto y en parte deseosos de deshacerse ya de tan jeremíaco intruso, decidieron pedir un taxi para que en él tratara de alcanzar a los del acompañamiento y cumpliese sus deseos de despedirle al borde mismo de la sepultura y de regar con sus lágrimas la fosa donde descansarían sus amados restos.

Mientras el vehículo llegaba a recogerle, Mucio El Zopi pidió un trago más para ahogar su reverdecida pena. Y le trajeron otra botella de coñac que él arrebato y se llevó consigo al subir al coche de sitio. El chofer, que lo conocía como insolvente, cobró el transporte a los deudos del muerto y partió con él para el cementerio, a cuyas puertas llegaron cuando la comitiva funeral se disponía a trasponerlas con el ataúd en hombros.

También llegaba en esos momentos el cortejo funeral de don Victoriano. Y los que acompañaban a uno y a otro difunto estuvieron a punto de revolverse.

Pero aunque Mucio no se hallaba muy lúcido, acertó a situarse entre los suyos, que iban los primeros. Y cuando detenidos al borde de la abierta sepultura vio venir por los caminillos del camposanto a los cinco hermanos que lo habían expulsado del velorio a puntapiés sosteniendo en hombros el ataúd de su padre, se subió sobre una lapida contigua para echarse ostentosamente un trago con la botella de magnífico licor enarbolada en la diestra, mientras con su mano izquierda señalaba el féretro de sus favorecedores y relamiéndose y a gritos se ufanaba:

—Miren, méndigos: ¡Éste sí es muerto, no tiznaderas como el suyo!

 

Sinaloa; El ingenio de sus grandes cuentistas

 

RAMON RUBIN

Ramón Rubín, cuentista sinaloense

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Mucio "El Zopilote"
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Un relato más del gran cuentista sinaloense Ramón Rubín: Mucio El Zopilote.

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