Cuentos de Sinaloa

Leo Mendoza

Los Sueños de Amelia

Nunca he sabido hasta dónde era ella mi pariente; pero en la casa su presencia fue constante y cercana. Todos la llamábamos tía. Desde que tengo memoria la recuerdo como una mujer joven aunque por lo que escuché cuando niño bien podría haber peinado canas hacía ya mucho tiempo. Ella fue como el ancla de seguridad de nuestra infancia, con sus ronquidos navegamos la noche.

Por años, éstos llenaron el aire de la casa. Tenía el dormir pesado y el ritmo y volumen de sus gañidos nos daban el valor necesario para levantarnos en la oscuridad y encaminar nuestros pasos a los lejanos territorios del baño o a las cercanías casi clandestinas de la heladera.

No despertaba ni con una catástrofe. El temblor del 57, que hizo a mi abuela rezar en el centro del patio, con los brazos en cruz, apenas y la hizo revolverse inquieta y lanzar un gruñido de espanto cuando le dijeron que el Ángel se había derrumbado.

Una vez se quejó de la falta de sueño.

Le respondieron que dormía muy bien.

—Sí, duermo, pero no veo nada ni a nadie. No tengo fantasías.

No le hicieron caso; siguió roncando pero por poco tiempo.

Una noche nos despertamos envueltos en el silencio. Era un silencio pesado, ominoso; un silencio que nos cortó, de golpe, la respiración.

De puntillas llegamos hasta la puerta de su recámara. Amelia se agitaba como si estuviera presa de las terceranas, aunque en su rostro no había señales de dolor. Así fue que descubrimos que sus ronquidos se habían ido para siempre. Ella despertó, nos fue midiendo con la mirada y rompió a llorar.

El amanecer la encontró pálida, ojerosa, agitándose en los temblores. Sollozando le confesó a uno de los sobrinos que en sus sueños había visto morir a la abuela. Le respondieron que esos presagios siempre ocurren al revés, que no quieren decir nada; que todo lo que se decía al respecto era pura charlatanería, que no se preocupara.

Una semana después, la abuela falleció.

La tía Amelia soñó que mi tío Esteban sufría una desgracia espantosa.

Y esta ocurrió tal y como ella lo había soñado.

Todos nosotros parecíamos bailar dentro de sus juegos oníricos, el terror empezó a apoderarse de la familia. Amelia hacía esfuerzos notables por no dormir, manteniéndose en vela toda la noche; sin embargo, una sola cabeceada era suficiente para escuchar sus sollozos y verla a abrazar a aquel que estaba condenado.

Algunos parientes se fueron de la ciudad con la esperanza de escapar de los sueños de Amelia. No tuvieron suerte por más distancia que pusieron entre la casa y ellos, irremediablemente ella los iba soñando y, al hacerlo, los borraba de la lista de nuestros familiares.

Sin más ni más nos fuimos quedando solos. Aceptando el destino. La semana pasada, luego de enterrar a mi hermano, ya sólo quedábamos Amelia y yo. Pero hoy, tuve la certeza, de que todo había terminado, aunque una esperanza siempre se mantiene.

Cuando salía rumbo a la oficina, la tía se acercó para abrazarme; me besó, me dio su bendición y me acompañó hasta la puerta. Al cerrar, alcancé a escuchar sus sollozos.

Llegué al trabajo dispuesto a dejar mis cosas en claro, me despedí de los amigos que creían que había enloquecido, recogí mi habitual desorden y redacté un testamento. Entonces me llamaron por teléfono.

La voz de Amelia me llegaba distante, pero alcancé a comprender que ella se había soñado a sí misma.

Respiré aliviado.

 

 

Leo Mendoza

Leo Mendoza, cuentista

 

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Los sueños de Amelia
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Los sueños de Amelia, cuento hecho en Sinaloa

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