Cuentos de Sinaloa

 

Por: Julián Camacho Angulo

 

Un Adoquín Tras Otro

“Oye tesoro; ¿no sabes cómo sigue la salud del viejo Eufemio?, dicen que Vicente se lo encontró tirado en un recodo del camino que va del “Ollejo” a la carretera de Mocorito; dicen que yacía sin conocimiento y junto a él, la mula que lo conducía”.

El viejo se salvó, pero fíjate tú nomás, hasta donde conduce la tacañería y la avaricia. Te voy a soltar el rollo, tal y como me lo dijo el propio Vicente. Dice Vicente, que como lo hace con frecuencia, el miércoles en la mañana salió de su casa trayendo un morral de calabacitas para llevarlo a vender al mercado de Guamúchil; Vicente caminaba a pie y se dirigía de su casa en “El Ollejo”, hacia la carretera de Mocorito con la intención de aprovechar algún raite para llegar a Guamúchil; pero vamos, que a medio camino se encontró a Eufemio tirado a la sombra de una mata de gato y la fiel mula, -su cabalgadura- que esperaba al yaciente moribundo.

Al encontrarse de improviso ante aquella escena y reconociendo a la persona, de inmediato lo cargó e instaló de barriga sobre la montura, regresó con él al “Ollejo” y desmontándolo lo introdujo a la casa y con la ayuda de la esposa despojó al desmayado de su vestimenta exterior y mientras uno hacía esto, el otro le daba aire abanicando un sombrero. Le dieron a beber algún té o agua, lo auscultaron y le encontraron en su cintura un fajo de piel de víbora que circundaba la parte media de su cuerpo; al revisarla, descubrieron que éste se encontraba lleno de monedas de oro y plata; después de quitárselo lo colgaron de un clavo sobre un horcón que se hallaba en medio del cuarto.

Dejando al desmayado moribundo en manos de la esposa, Vicente cabalgó la acémila y en vertiginosa carrera llegó a Mocorito de donde trajo a un médico para que auxiliara a Eufemio con su ciencia. El galeno vio, palpó y observó, diagnosticando debilidad y estancia del hombre en los umbrales de una anemia que podría ser perniciosa y fatal; por lo tanto “cómprenle lo que les indico en esta receta -dijo- y denle o háganle comer lo mejor posible porque lo que este hombre tiene es una desnutrición palpable; debe alimentarse y no pasar hambre”… El doctor cobró veinte pesos por su intervención, los cuales tomó Vicente del cinturón de víbora y fue a Mocorito a surtir la receta; inyectaron al débil yaciente, metieron por su garganta polvos y pastillas y después de una noche de sueño reparador, Eufemio amaneció consciente, volvió a la vida y sus primeras palabras fueron: ¿Dónde está mi cinturón de víbora?

-”Aquí está, dijo el casero entregándoselo”.

El avaro y debilucho Eufemio, inmediatamente vació el contenido y al contarlo echó de menos el faltante utilizado en su salvación.

-”Aquí faltan cuarenta y cinco pesos -dijo— ¿quién los tomó?…

-”Yo los he tomado -dijo Vicente- veinte pesos cobró el médico y los otros veinticinco fue el costo de los medicamentos que le recetó, sin los cuales, es muy probable que usted hubiera muerto.

“-Pues muy mal hecho que hayan ustedes tomado ese dinero sin mi consentimiento, por que esos centavos yo los estaba guardando para cuando fuera más necesario e hicieran más falta”.

 

cuentos del Evora

Cuentos del Evora, Julián Camacho Angulo

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Un adoquín tras otro
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Un cuento de la región del Evora sinaloense (México).

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