Cuento Sinaloense

Por. Esperanza Echavarría

 

El profesor embustero

Una vez, hace muchos años, había un pueblo perdido entre algunos cerros; tenía mucha vegetación, su plazuelita con su kiosco en medio y su embanquetado. Todos los domingos tocaba por las tardes la única orquesta que había en todos los alrededores; sus callecitas eran angostas y empedradas y sus habitantes buenas gentes y sencillas. También tenía, como es natural, su escuela, que funcionaba en una casa de dos pisos, en donde solo se impartía la educación primaria. Había un profesor, de mediana edad, que tenía fama de embustero; les decía a sus alumnos cuentos y narraciones de puras mentiras, inventaba los ejemplos que les daba a los niños, todos siempre se quedaban pensando en los cuentos del profesor, algunos medio incrédulos, otros indecisos, pero otros estaban de acuerdo con su narración; pero había un niño de ocho años, que siempre que el profesor hablaba, se quedaba muy pensativo, y sin decir palabra, empezaba a comprender al profesor.

Un día, después de una clase habitual, el profesor se quedó mirando hacia el cerro que se divisaba, a cierta distancia, del segundo piso de la escuela que era donde estaba el grupo de primer año, cubierto de árboles de todos tamaños y maleza. Después de mirar largo rato, dijo a sus discípulos.

— Estoy viendo que un poco más arriba de la falda del cerro, está un pequeño matorral y dentro de él esta una mamá coneja dando de comer a sus cuatro conejitos recién nacidos.

Todos los niños se pararon mirando hacia donde el profesor les indicaba, contestando algunos:

—Yo no veo nada, profesor.

—Ni yo tampoco, -dijo otro.

—Sí, sí, -decía el profesor-, yo veo perfectamente a la mamá y a sus hijitos.

—Todos volvían a mirar hacia donde él les indicaba con el dedo de la mano, donde estaba la coneja y sus conejitos.

—Allá, allá… miren ustedes en esa curva que está dentro del matorral, a un lado de aquel árbol, -seguía señalando con el dedo.

—Los niños se veían unos a otros, alzando los hombros, incrédulos algunos y otros como diciendo: “yo no veo nada”.

Daniel, que era el niño que siempre que hablaba el maestro se quedaba silencioso, de pronto se levanto de su asiento, y le dijo a su maestro:

—¿ Dónde dice usted profesor, qué están la coneja y sus conejitos?

—Allá, allá… -seguía señalando con el dedo- hacia el matorral.

—i Ah, sí profesor! Yo no veo a la mama coneja y sus hijitos, i pero estoy oyendo las mamaditas que dan al comer!

El alumno supero al embustero profesor.

 

Sinaloa; su cultural a través del ingenio de sus cuentistas

Sinaloa, maestro

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El profesor embustero, cuento
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Un cuento sinaloense con el tema educativo.

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