Cuento de Sinaloa

 

De: Óscar Lara Salazar

 

Nacho Bule

Flaco y alto como garrocha, de cara larga y cuero delgadito como de conejo, por las sienes se le veían las venas que resaltaban la piel. Procuraba nunca dar la espalda ni comer en otra casa que no fuera la suya, jugador y tomador de vino, su lema siempre fue: “mal haya el hijo de la tiznada que diga que le tengo miedo a la muerte”.

Este hombre era Ignacio García, más conocido como “Nacho Bule”, porque se dedicó casi siempre a sembrar y vender bules, recipientes para el agua, semejantes a lo que conocemos como la cantimplora. Nacho, hombre nacido, y criado a las orillas del río Badiraguato. Sin exagerar, era un personaje de novela.

Siempre fue un tipo de cuidado. Era ni más ni menos un bragado, del que decían que era de los que no se dejaban curar parados. Era montaraz como él solo, y apenas bajaba al pueblo a jugar a la baraja y a tomar vino. Pero también, fue el único hombre del poblado y sus alrededores que transitó por las calles de Culiacán al lado de la hija del Gobernador en los tiempos de Calderón.

No vamos aquí a relatar la vida de “Nacho Bule” (que por cierto, delante de él ningún hijo de Dios le decía así, porque era su más grande rabia, y cuidado con que se lo cantaran), sólo contaremos algunas anécdotas que hicieron que se le siga recordando por mucho tiempo, en los lugares que lo conocieron.

 

Si no me pare se revienta…

Dentro de sus puntadas hubo una muy famosa. El día que se murió su madre; mientras su cuerpo era velado en su casa, allá a la orilla del río, Nacho se encontraba jugando a la baraja, en compañía de otros amantes del vicio de los naipes.

Cuando lo vio una mujer que venía precisamente del velorio, con rostro atribulado, le dice, “pero Nacho, qué no tienes corazón, hombre de Dios, qué es eso que tu madre tendida y tú jugando a la baraja”.

Nacho sin virar gesto alguno, ni movimiento, con una vocecita cantarina que tenía, respondió:

- Yo nada tengo que agradecerle a mi madre.

- ! Cómo no, Nacho, si no es por ella no estuvieras aquí; al menos agradécele que te echó al mundo!

- !No, señora! -replicó Nacho sin dejar de acomodar las cartas para armar su jugada- en primer lugar, no me hizo ningún favor al hacerme; me hizo por gusto. Y por tenerme, pues la agradecida debió de ser ella porque si no me pare se revienta.

La mujer no quiso discutir más, sin decir palabra optó mejor por continuar su camino.

 

Una vez mató un caballo

Como muchos, en este valle de lágrimas, a veces tenemos un instante de suerte, “Nacho Bule” también lo tuvo. Se encontró un jarro con dinero enterrado. Puros pesos de aquellos de los que valían, de los porfirianos.

Ya con dinero, Nacho se hizo vivo, enamorado, hasta menos feo dicen que se veía, pero sobre todo, se volvió mas borracho.

En una ocasión andaba tomando y la música lo seguía. Traía un brioso caballo zaino. A los tragos de vino y los tonos de su pieza consentida, sacaba la pistola y dejaba ir la carga entera sin ningún recato. En una de esas que repitió la misma acción, el caballo se sacó, y entre tiro y tiro, pégole uno en la cabeza, y caen ambos hechos riacho en la tierra, lo cual provocó risas disparatadas de la gente. Pasó la vergüenza de su vida, pero también la música ya no tocó más, la fiesta se acabó nomás porque a Nacho le dio la gana.

 

El día que se enamoró Nacho

En esa época de oro en la vida de Nacho, cuando aún conservaba dinero del “interés” se metió hasta el fondo de su corazón una hermosa muchacha.

Los primeros en oponerse a esta relación fueron los padres de la muchacha; Nacho, herido como andaba, mandaba tocar en bailes enteros, cientos de veces la misma canción:

“Que culpa tienen los bueyes de que les salgan los cuernos. Que culpa tienen los hombres de que no los quieran los suegros…”

Ya se imaginará usted cómo traía la gente en la cabeza aquella músiquita. Pero ni modo, decía la gente “Nacho anda pronunciado”, y más valía escuchar la música con buenos oídos.

Cuando se le acabaron los centavitos, volvió al antiguo oficio de su vida, el de vender bules, tenía mucha gracia para liarlos y ponerles colgadera y toda la cosa; le quedaban bonitos, como para decoración.

 

Un día que pasaba por el puente Cañedo, en Culiacán, lo alcanzó Sandra Calderón, directora de DIFOCUR. Le llamaron la atención los bules de Nacho. Se paró y le preguntó para qué eran. Nacho le explicó, lo subió a su carro, se lo llevó a la casa de gobierno y allá le compró todos los bules, le pidió que trajera más. Pero ya no hubo retorno; Nacho ya se sentía muy enfermo y agotado, ya cualesquiera le gritaba “Nacho Bule”, ya los tiempos de sus temeridades se habían espantado con los años y la pobreza, por lo que mejor se encerró en su casa, alejado de todo y de todos. Nunca un quejido, un clamor, un reproche, el miedo que nunca le tuvo a la muerte se reflejó hasta el último momento. Murió solo y abandonado; de su muerte se supo días después por unos niños que rondaban la casa y lo vieron muy hinchado; fue lo que les llamó la atención.

 

Los cuentos y relatos de la geografía sianloense

Oscar Lara Salazar

Óscar Lara Salazar, periodista y cuentista sinaloense

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Nacho Bule, cuento
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Cuento sinaloense de personaje de municipio de Badiraguato.

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