Cuentos de Sinaloa

 

Guadalupe Ledesma

 

Memorias de un Gordo

 

Cuenta la abuela que mi madre tenía el vientre tan abultado unas semanas antes de que yo naciera, que en la familia muchos apostaron a que ella iba a parir triates. Dice que nací exageradamente gordo, que por eso mis hermanos y tíos argumentaron mil motivos con tal de no tomarme en sus brazos. Refiere que todos aseguraban que al hacerlo sentían como si cargaran a cuestas un trozo de plomo.

Comenta, también, que rompí las tres primeras cunas que tuve. Esta versión siempre me pareció absurda, pero a ella no le importó mi opinión porque nunca dejó de llamarme por el mote de rompecunas. Mis hermanos no se quedaban atrás. Decían que al nacer se ocupó una docena de cigüeñas para traerme a casa.

Más tarde me percataría de que en mi familia nadie pesaba menos de cien kilos, aunque debo aceptar que yo les sacaba mucha, pero mucha ventaja.

Al cumplir cinco años me inscribieron en el kinder. Desde que llegué fui la atracción de todos. Me venían a ver hasta los niños del turno vespertino. Ahí me tocó conocer al Gis. Le pusieron así porque era delgado como una hebra de hilo, y nunca dejó de vestir otro color que no fuera el blanco. El también despertaba admiración por su físico. Cuando se ponía de perfil era difícil encontrarlo; de suerte que a la maestra no le fallaba la vista, si no en varias ocasiones hubiera salido como una loca a buscarlo por los pasillos. Y es que en ese tiempo estaban de moda los robachicos. En mi casa no se preocupaban por mí, sabían que la mejor defensa contra ellos, me la daba mi peso.

Con el Gis cursé toda la primaria. Fue en esa época cuando empezó a hacer bromas a causa de mi cuerpo. Recuerdo que si jugábamos al lobo y a mí me tocaba simularlo, el Gis, tornado de las manos de los otros niños, cantaba: “Jugaremos en el bosque mientras que el globo no está, pues si el globo aparece a todos aplastará…”.

Ya que crecimos su humor no disminuyó. Le gustaba que hubiera mucha gente para iniciar con sus gracias. Cualquier pretexto era bueno para él. Si de entre la palomilla alguien hablaba de guerras, decía que yo era un pelotón; si de periódicos, yo era El Universal; si de tiendas comerciales, yo era Gigante; y así…

Una cualidad que nunca dejé de admirarle fue su inclinación por la lectura.

No olvido aquel día ultimo de diciembre que nos encontrábamos alrededor de una fogata en la esquina del barrio, en espera de la llegada del Año Nuevo. En cuanto dieron las doce de la noche, el Gis se abalanzó sobre mí y me dio tres abrazos. Como me pareció muy sospechosa su actitud, le pregunté: “¿Por qué tres abrazos, pinche Gis?”. Cuando lo vi sonreír, supe que había metido la pata. “Es que el año apenas te lo puedo completar con tres cuatrimestres, gordo”, respondió.

Todo el tiempo cargó el cerebro lleno de humor. A mis hermanos les puso nombres de planetas; así, en proporción a los kilos que cada quien pesaba, uno era Urano, otro Saturno, y el tercero, Júpiter. A mí me decía Sistema Solar Planetario. Era muy certero el condenado para bautizar. Ni la abuela escapaba a su sorna. A ella le acomodó el apodo de La honorable ballena blanca. En esta apreciación casi coincidíamos, pues a mí la abuela se me figuraba un dirigible de la Good Year Oxo; la única diferencia entre ambos puntos de vista, estribaba en que la ballena se movía en el agua y el dirigible en el aire.

El Gis me decía a menudo que yo era como el caballo del diablo; “donde tú te paras, gordo, la tragedia está garantizada”. Me repetía esto desde una vez que entré al W.C. de su departamento y rompí la taza. !Qué vergüenza! Aunque reconozco que ese incidente sirvió para convencerme de que era cierta la historia sobre las cunas que contaba la abuela.

Son muchas las penas que he pasado a causa de mi gordura. No olvido los veranos en que, mientras aguardaba la llegada del camión, los niños se acogían a la sombra que proyectaba mi cuerpo, para protegerse del sol. Era esa una situación embarazosa, ya que si me movía, los niños se iban detrás de mí. Me hacían sentir como una carpa rodante. Al entrar a un restaurant era otro tanto. Todas las miradas me seguían desde la puerta hasta la mesa. Dejaban de verme sólo después de que me comía el último bocado. Si iba a la alberca, nomás me metía al agua comenzaban a gritarme cachalote o elefante marino; sólo me recibían con aplausos cuando la piscina estaba semivacía, porque todo era cuestión de que me introdujera en ella, para que las aguas recuperaran su nivel. Las veces que el Gis vino a nadar conmigo, me dijo que yo era un pez gordo.

Sólo en una ocasión discutimos seriamente el Gis y yo. Fue un sábado por la tarde. Yo estaba en la cantina del barrio cuando él llegó. Le pedí una. Ya que se la bebió, ordeno las otras: “Una Pacífico para mí, y para el gordo un barril”, gritó, mientras golpeaba la mesa con la botella. Yo no le festejé la ocurrencia porque no andaba de humor, pero los otros sí y eso me encabronó más. Lo agrio de mi semblante no lo hizo reconsiderar su actitud. “De seguro, gordo, que tú te recargaste en la torre de Pisa”; y luego: “Para poder darte la vuelta, ocupo todo un fin de semana”; y a continuación: “Siempre peleas en bola”; parecía que las risotadas que provocaban sus bromas, lo incitaban a seguir molestándome: “Ya sé que cuando corres sudas la gota gorda”; y enseguida: “Casi tengo la certeza de que tus antepasados viajaban en el Atlantic el día que se hundió”. Ya no pude contenerme: “!Con mis antepasados no te metas!”, exclamé, sin poder ocultar el coraje, al tiempo que lo agarraba por el cuello. Como no opuso resistencia lo solté y me dirigí a la salida, pero antes de marcharme le grité desde la puerta, con la intención de que todos me escucharan: “pinche flaco culotriste!”. Las carcajadas que retumbaron en la cantina me supieron a gloria. Sentí que con esas palabras me cobraba por todas sus burlas.

Duramos como un mes sin hablarnos. Cuando nos encontrábamos, aunque pudiera pasar por la misma acera, el Gis se bajaba a la calle y en cuanto yo cruzaba él subía de nuevo a la banqueta, pero no sin antes vociferar: “!Por Dios, como obstruyen el trafico estos gordos!”.

A los días nos volvimos a ver en la cantina. Yo me hallaba en la barra, cuando él entró. Desde la tarde de la discusión, había empezado a sentirme culpable por lo sucedido. No sé hasta qué grado lo fuera, pero lo cierto es que cargaba una espinita clavada en la conciencia. Por eso me atreví a mandarle una cerveza. Pensé que la iba a rechazar, pero no. Ya que se la acabó me correspondió con otra; yo no quise hacerme menos y le mandé una más; y así estuvimos toda la noche, haciendo trabajar al revés al mesero, hasta que terminamos por emborracharnos cada quien a costa del otro. Yo apenas sí podía sostenerme en pie. “Pareces ballena a la deriva, gordo”, me dijo el Gis, afuera, ya que nos cerraron la cantina. Luego se puso delante de mí y, levantando una mano, exclamó: “!Que me siga la tambora!”.

 

2

Tengo bien grabado en la memoria aquel Día de Reyes que organizamos un intercambio de regalos entre los de la palomilla, porque después de eso el Gis desapareció del barrio sin despedirse de nadie. Esa vez, como otras, nos juntamos en la esquina. Llegado el momento de repartir los presentes, el Gis tomó el suyo y se dirigió a donde estaba yo. Crucé los dedos y pedí al cielo para que el cambiara de rumbo, pero mi plegaria no surtió efecto. Se plantó frente a mí, y haciendo una reverencia depositó su regalo en mis manos. Intenté sonreír mientras acomodaba el paquete bajo un brazo, pero el Gis no era de los que dejaban ir a su presa tan fácilmente. De inmediato comenzó a gritar: “!Qué lo abra, qué lo abra!”, y todos lo secundaron. Tuve que abrirlo: era el libro de cuentos Bola de Cebo, de Guy de Maupassant.

A los meses tuvimos noticias del Gis; se encontraba en Los Ángeles, trabajando en un taller mecánico. Duro dos años allí.

Un domingo se apareció repentinamente en la cuadra, así como se fue. Ya estaban todos en la esquina cuando yo llegué. Habían comprado cerveza. Al verme, él se levantó con los brazos extendidos y, al tiempo que me palmeaba la espalda, gritó: “!Cuántos kilos sin vernos, gordo!”.

Esa noche nos amanecimos. El Gis dijo que venía a quedarse. No paró de contar ni un sólo minuto sobre sus andanzas. Me pareció increíble el número de gringas que, según él, se había echado al plato. Debió parecer pulga, pues brincaba de una cama a otra con una destreza asombrosa.

Durante una semana consecutiva no dejó de hablar de sus aventuras amorosas. Con los ojos entornados refería el cómo, dónde y con qué. Todas las mujeres parecían sacadas de las películas del Agente 007. Rodolfo Valentino habría palidecido de envidia si lo hubiera sabido. Como el Gis ya nos tenía hartos con las historias sin fin de sus romances, tuvimos que decide que una cosa era Juan Domínguez…

Hubo unos meses en que nos dio por asistir al billar. Durante el juego, siempre que al Gis le tocaba el turno, cogía el taco y en vez de apuntarle a la bola me apuntaba a mí. Luego que tiraba se volvía a mirarme y, después de sacarme la lengua, exclamaba: “Un mundo nos vigila”.

A pesar de saber que nos molestaba el tema, el Gis no dejaba de evocar sus correrías por Los Ángeles. “Si el gordo se quisiera pasar de mojado, los de la migra lo iban a detectar desde que él llegara a Hermosillo; y ya que entrara a Tijuana aparecería tamaña mancha en el radar, que los agentes pensarían que se aproximaban los contingentes del desfile del 20 de Noviembre”.

Una noche los de la palomilla descubrieron clavado en el poste de la esquina del barrio, un anónimo dirigido al Gis. El primero que lo tuvo en sus manos se lo leyó a los demás: “Se solicita la presencia del Gis en el billar, para ocupar el puesto de taco”. En la parte inferior del papel, agregaron: “P.D. Los trabajos no abundan. Tienes que sacar fuerza de tu flaqueza”. A todos nos causó gracia este detalle, menos al Gis, por supuesto.

Dos noches después se hallaron otra nota, también sin firmar, un poco más extensa que la anterior. Empezaba así: “Gis, cuando tu mamá este cosiendo no te le arrimes mucho porque puede confundirte con el hilo. “Te imaginas lo difícil que sería para ella el tener que descoserte puntada tras puntada?”. Y más abajo: “P.D. Sobre aviso no hay engaño”.

Yo supe que el Gis sospechó de mí desde la primera nota. En aquella ocasión se quedó callado, pero no en ésta. Sin dejar de verme a los ojos, gritó: “!Otro anónimo de estos y va a tronar la bola!”. Todos entendimos a quién iba dirigida la amenaza. Más claro ni el agua.

Pero apareció una tercera hoja. En ella se leía: “Gis, ¿qué te gustaría ser: charal disecado, ánima en pena, fideo o cuerda de guitarra?”. Y abajo: “P.D. El que calla otorga”. El Gis se quedó muy pensativo. De que estaba encabronadísimo, nadie lo dudaba.

Tres días más tarde, encontraron un regalo en el mismo sitio donde depositaban los mensajes. En una tarjeta habían escrito: “Para el Gis, como muestra de arrepentimiento”. En cuanto pusieron el paquete en sus manos, todos lo rodeamos intrigados por saber de qué se trataba. Ya que desenvolvió el regalo, reímos a carcajadas al ver el contenido. Era el libro de cuentos El Guilo Mentiras, de Dámaso Murúa. El asombro lo hizo permanecer con la boca abierta por unos segundos, pero ya que se repuso de la sorpresa despotricó contra mí como nunca. Dijo que yo me hacía de la vista gorda, que esas bromas eran muy pesadas, que tenía mucha cola que me pisaran. Intenté convencerlo por todos los medios de que había un amarranavajas detrás de aquello, pero no lo conseguí.

A partir de entonces no me dio un instante de reposo. Me jodia a sol y sombra. Cuando íbamos a una fiesta, decía que yo apenas podía bailar en un estadio de béisbol; si me veía fumando, me gritaba “círculo vicioso”. Ya que empezaba era difícil pararlo.

Pero no contento con su retahíla de sandeces, incluyó letras de canciones en su repertorio, para seguir moliéndome. Ya que no hacía falta ninguno de la palomilla, me cantaba: “Los barandales del puente se estremecen cuando pasas…”; y después de recorrer todos los géneros musicales, remataba con una canción dedicada a la abuela: “Qué cara tiene la gorda, qué gorda tiene la cara…”.

En ocasiones no me dejaba ni llegar. Corría a encontrarme sin parar de cantar: “Ahí viene la O…”; y me despedía con: “El cochinito ya se va a su cama…”.

Era frecuente que la abuela viniera por mí a la esquina a las diez de la noche. Una vez que el reloj marcó esa hora y ella no llegó, el Gis me dijo: “Si la montana no viene a ti, tú ve a la montana”.

Yo tomé la decisión de soportar sus bromas desde la tarde aquella que discutimos en la cantina. Lo hice con la esperanza de que algún día me iba a dejar en paz. Pero esa noche que la abuela no vino por mí, me levanté y me fui a casa con la certidumbre de que sus impertinencias me perseguirían ineluctablemente, como una maldición, en este y en el otro mundo por todos los siglos de los siglos.

 

El cuento de Sinaloa narra vivencias, anécdotas reales o de la imaginación de sus autores dando vida a personajes que puede ser un ciudadano común de cualquier parte de nuestro estado.

 

Guadalupe Ledesma

Guadalupe Ledesma, cuentista sinaloense

Summary
Article Name
Memorias de un gordo, cuento
Author
Description
Un cuento sinaloense con la temática de un niño obeso.

Share and Enjoy

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*