Cuentistas sinaloenses

 

De: Juan de Dios Guerrero

 

Sin Quitarle, Ni Ponerle

El mismo lo contará con sus propias palabras, sin quitarle ni ponerle. Allí esta Melitón Barrueta, mocetón de bigote espeso y ojos azules que viajo como cajero de la “conducta” del mineral de Tayoltita a Mazatlán.

Fué el último viaje que hizo. Hubo tanto horror cerca de él, que tuvo que mudar de rumbo y de trabajo.

Oigamos a Meliton, que lo va a contar sin cortes ni añadiduras:

Caía una lluviosa tarde de mayo, cuando llegué extenuado y hambriento a la única tienducha del caserío los Tepehuajes, situada al borde de los altos por donde transitan las arrieradas en tiempo de aguas, (su peón de estribo se había quedado rezagado, con la mula que traía a lomos la plata sellada) habiendo cargado él, los fajos de billetes en su tagarnia. Junto al jonuco de la tienda está la vivienda de los dueños: pajarete viejo y sucio habitado por una pareja ya entrada en años, que vivían de lo poco que daba la tierra y del producto de la venta clandestina de aguardiente a los arrieros, más los pequeños hurtos traídos de noche.

No era costumbre que los moradores de esa miserable choza dieran posada allí.

Sin embargo, el caso de Melitón era especial; larga la Jornada y hambriento como un animal. Su compañero se había quedado a dormir con los arrieros. El pidió posada y comida pagando, desde luego.

-Comida se puede conseguir – dijo Don Manuel el casero- lo de la cama es muy difícil porque nadie llega aquí para dormir.

Con la mirada consultó a su mujer, pachorruda, gorda y ensimismada tras el mostrador.

-No, por eso no -respondió ella- podemos darle el cuarto de Felipe.

-Buena idea, concordó el viejo. Es de nuestro hijo que anda fuera.

Tiene cama y un jergón, si cree que sirva.

-Sirve, claro está -acepto enseguida Melitón – Pero denme antes alguna cosa para comer. Estoy muerto de hambre.

En tanto le preparaban la comida, guardó los aperos en el cuarto que le habían destinado, frente a la ventana que daba al camino. Antes de sentarse a la mesa donde ya humeaba un plato de frijoles, tratando de que no le vieran, contó algunos de los fajos de billetes, que siempre alcanzaron a ver cuatro ojos furtivos. Al llevarse a la boca la primera cucharada de frijoles, sorprendió la mirada codiciosa de la mujerona que lo atendía.

La mirada penetró en el alma y el miedo del viajero, que sintió frío y una chispa de presentimiento.

Fué entonces cuando tomó la decisión de proceder con cautela, arrepentido por la imprudencia de haber mostrado tan grande cantidad de dinero. Acabando de comer, le dieron las buenas noches y se recogió, con una vela de cebo en el cuarto de Felipe. Apenas la casa se hundió en el silencio, al filo de la media noche saltó por la ventana con aperos y maleta sobre la cabeza. Ensilló la bestia y picó espuelas hasta San Ignacio a donde llegó con la claridad de la luna cuando despuntaba. Atrás, al perderse en la compacta oscuridad de la noche, un nuevo galope resonó en las proximidades de la improvisada posada. Otro jinete desmontaba en la casa del viejo Manuel.

-Diablos, mi ventana está abierta -casi murmuro- Así es mejor. Entraré sin despertar a los viejos… El nuevo viajero se durmió. El frío no era amable esa noche.

Ya de madrugada, cuando comenzaba a menudar el canto de los gallos, dos sombras cautelosas, surgieron del interior de la casa. Una de ellas abrió suavemente y penetró en la habitación. De la cama, al fondo, llegaba la respiración acompasada y fuerte de un sueño profundo.

La sombra; guiada por el respirar del que dormía, se aproximó, en tanto otra, agachada y trémula sostenía un candelero de aceite.

De pronto, en el silencio de la habitación, sonaron repetidos machetazos.

Después, una serie de golpes enloquecidos.

-Anda, trae y acerca la luz-… Una voz estrangulada dejó escapar un alarido cuando la macilenta claridad se extendió sobre el camastro.

Una horrible masa en confusión de ropas, músculos y sangre arrancó dos terribles gritos que la noche se llevó en las alas del horror y del viento.

-Felipe…

-Hijo Mío i… Mi hijito!…

Afuera en el camino, como almas en pena aleteaban algunas aves nocturnas, cuando las primeras estrellas salían a colgarse del amanecer.

 

La narración corta como recurso en las obras de los cuentistas sinaloenses

 

Juan de Dios Guerrero

Juan de Dios Guerrero, cuentista sinaloense

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Sin quitarle, ni ponerle - cuento
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Otro cuento sinaloense, país México.

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