Cuentistas de Sinaloa México

Manuel de Atocha Rodríguez Larios

 

EL JUGADOR DE ULAMA

 

Buenos días, amigo; se nota que no es de estos rumbos, digo, por la ropa. Se ve cansado; siéntese a la sombra de este macapule y échese un trago de agua fresca, acabo de llenar mi buli en la corriente, ahí en ese remanso rodeado de grandes álamos. !Qué hermosos! ¿Verdad?

Caray, no me he presentado. Soy Musucoba, el Jugador de Ulama. Si tiene calor quiere bañarse, puede hacerlo cerca de aquella mancha de vinoramas, acá no porque es el lugar donde las familias sacan agua para beber.

Como le digo, me llaman Musucoba El Jugador de Ulama; soy también guerrero de la tribu de los guasaves, gente apacible, que siembra maíz, frijol, calabaza y chiles en la vega de este río que ya ve, ahorita trae poco caudal pero en tiempo de lluvias provoca unas inundaciones que no lo quiera ver. Vivimos vigilando nuestros campos. Los hemos cercado, los cuidamos con amorosa dedicación y recogemos numerosos frutos de las tierras fértiles y planas que rodean la comunidad.

Pero no se equivoque usted como muchas tribus de lejos y algunas de cerca; ellos ya aprendieron: defendemos lo nuestro con ferocidad. También por eso nos respetan.

Como le digo, soy jugador de ulama, una actividad que implica sacrificio y dedicación; diariamente entrenamos; nos enfrentamos a nuestros hermanos de tribu para tener destreza y triunfar sobre los equipos de otros pueblos del territorio que, por cierto, tiene muchas jornadas de extensión, corriente arriba y hacia el mar; por esta ribera se llega al gran río donde viven los tehuecos y por la otra banda hasta los cerros que desde aquí ni siquiera alcanzan a mirarse.

La ulama es un juego difícil, no crea que es solo mandar esa bola de hulli, tan pesada, para que se vaya derechita y pegue dentro del campo que llamamos tasti. Le quiero aclarar que aquí golpeamos la pelota solamente con el antebrazo, aunque en las regiones del sur se le pega también con la cadera. El tasti, mírelo, tiene más de cien pasos y sólo una brazada de ancho, si hace la lucha de dirigir la pelota verá que es bastante difícil. Yo soy un “topador”, es decir el encargado de recibir devolver la bola cuando el contrario inicia la jugada. Lo hago cerca del analco, la línea media del campo, donde la bola llega con más fuerza.

Lo más probable es que no conozca el juego, porque usted parece de otras tierras; pero se lo voy a explicar: no cualquiera juega ulama. La pelota es hulli, dura como piedra, más o menos del tamaño de la cabeza de un niño pequeñito. Se tiene que golpear con el antebrazo antes que bote dos veces; en ocasiones apenas la alcanzamos cuando ya va a pegar en la tierra. Mire cómo tengo la piel, encallecida y cruzada de cicatrices.

Todos respetamos mucho nuestras reglas porque vienen de nuestros antepasados. Quiero que sepa que la ulama no es sólo un juego, es un rito de fertilidad para la tierra y para las mujeres. Todos los años se hace una gran jugada en el Lugar Sagrado, aquí cerquita, junto a un recodo del río, donde hay túmulos funerarios. Hace muchísimas lunas ahí vivían, con otras costumbres y con otros modos de pensar, los abuelos de los abuelos. Yo puedo ir porque soy jugador de ulama.

A veces caminando por el Lugar Sagrado encontramos pequeñas vasijitas, malacates para hilar, puntas de flecha, huecesillos y conchas labradas; les tenemos gran aprecio porque son objetos que dejaron nuestros mayores, quienes antes moraban en estas tierras y sabían trabajar el barro, la con¬cha, la piedra y el hueso.

La ulama no es solamente un juego, es un ritual, es una ceremonia propiciatoria para que nuestros antepasados nos protejan, den fuerza a la tierra, ayuden a triunfar en las guerras con otras tribus, den fecundidad a la siembra y a nuestras compañeras.

Creemos en el espíritu del aire, de los árboles, del río y del sol, de la luna y el rayo. Son fuerzas. Poderes que están por encima de nosotros, por eso bailamos pajcola ante los restos de quienes vivieron antes que nosotros y tienen poder para comunicarse con Bari-Sehua (Flor Mojada), el Venadito Recién Parido, y con el trueno cuyo aliento es el aire.

También danzamos antes de cada juego para ofrecérselo a los espíritus poderosos.

Perdone que lo deje tan pronto; voy rumbo a la casa de mi compañero Tetacoba, tiene quebrado un hueso de la cadera jamás volver a jugar ulama y, creo que tampoco caminará.

Quiso jugar como lo hacen al sur, dándole con la cadera al hulli, pero calculó mal y se quebró. Lo trajimos cargando entre todos desde Bacamopa, en la sierra del río de los Muertos donde se juega la ulama de cadera, él quiso presumir ante la cacica de aquellas tierras. Es joven y muy guapa, pero no tanto como para dejar de jugar ulama para siempre por andar quedando bien con ella.

Quiero decirle que aquí las mujeres no asisten a los juegos. Pero la verdad es que lo admiran mucho a uno; ya sabe usted cómo son ellas, les atrae la musculatura y el arrojo de nosotros los hombres.

Nos vemos, amigo; si se queda por aquí algún tiempo tal vez le toque ver los juegos grandes; y recuerde, la ulama es la vida del jugador, no importa no ser guerrero, no importa no ser buen cazador, no importa tener mala suerte al sembrar o al recolectar frutos silvestres. Si eres bueno para la ulama basta para ser feliz y respetado en la comunidad. Cuando me preguntan quién soy, orgullosamente digo: Yo soy Musucoba el Jugador de Ulama.

 

Sinaloa; El conocimiento de nuestra identidad a través de la descripción de las tradiciones locales hechas relatos de los cuentistas sinaloenses

 

Manuel de Atocha Rodríguez Larios

Manuel de Atocha Rodríguez Larios, cuentista sinaloense

 

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El jugador de ulama, relato
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Relato con el tema del juego prehispánico que se practica actualmente en algunos municipios del estado de Sinaloa, México: "El Jugador de Ulama".

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