Cuentistas de Sinaloa

Luis Terrazas

 

DUDA

 

Yo lo que puedo decir es que toda la vida he sido un hombre de paz. Jamás peleé ni hice daño a nadie. Si en un tiempo hasta boxeador aficionado fui, eso fue porque durante muchos años anduve con boxeadores del barrio que me enseñaron el oficio y me jalaban a sus aventuras, pero fuera del ring siempre evité los pleitos; y conste que a cada rato me buscaban; como yo no era más que un pedacito de hombre, no faltaba quien me quisiera agarrar de torta; pero yo no hacía jalón, agarraba el asunto en broma, salía con algunas ocurrencias, y hasta ahí llegaba la cosa. Claro que yo nunca tomé eso del boxeo como profesión. Fui chofer, medio mecánico, agente de ventas y finalmente peluquero; boxeador profesional, no, nunca.

En realidad a mí no me iba mal aquí en Los Mochis, pero un día me entró la onda de irme. Le tenía muchas ganas al D.F. Además quería aprender cosas nuevas en eso de la peluqueada pa luego regresar como el rey de la tijera y poner una peluquería dos que tres aquí; así es que me subí a mi carcancha y me fui para allá. Híjole, duré cuatro días en la carretera, pero la verdadera friega no fue en el camino sino después que llegue. ¡ Ah, qué mal me fue, compa! Por todos lados me llovían madres. Porque manejaba despacio, porque daba el paso, porque no lo daba, porque frenaba en cuanto prendía el rojo del semáforo, porque no frenaba, porque me estacionaba mal; en fin, que me traían loco con el pinchi provinciano pendejo y los madrazos. Luego los agentes de tránsito. Era inútil que yo hiciera todo igual a los demás para no meter la pata; de todas maneras me agarraban los policías. Si el rojo prendía en el momento en que iba terminando de pasar: !sopas!, me detenían, y a los que pasaban atrás de mi: nada. Si mientras esperaba el verde en una esquina sacaba un pedacito de trompa: ! Sófocles!, otra vez el policía; y a los demás, aunque tuvieran medio carro sobre el carril de peatones, ni volteaban a verlos. No, compa, si te ven la cara de provinciano te tratan remal.

Ya cuando tenía más tiempo allí un primo me prestó unas placas del D.F. y se las puse a mi carcancha; yo dije: “ahora sí van a dejar de joderme”; pero no, qué va, los pinches agentes te notan que eres provinciano aunque traigas placas de diplomático. Me siguieron lloviendo madres, pendejeadas y mordidas. Y no crean que esto era nomás cuando iba en el carro, a patín era igual, a donde fuera no faltaba quien me viera la cara de provinciano !y en la madre! En el metro, primero me metían a empujones, luego no me dejaban salir y después me sacaban en peso en donde no quería bajarme. En los camiones ni siquiera me dejaban subir, pero cuando lograba hacerlo llegaba a donde iba con las nalgas bien estrujadas, aunque ya después yo también estrujé una que otra, compa, pa qué más que la verdad. Puras de mujer, eso sí. Aaahhh y que no fuera yo a la basílica, el zócalo o a uno de esos lugares que parecen feria a toda hora, porque me llovía gente que trataba de venderme: amuletos buenos pa todo, patrón; medallas de oro de 28 kilates, se lo juro; sedas hechas en México pero con gusanos importados, marchante; milagros de plata bendecidos al alimón por varios obispos, indulgencias papales garantizadas por la virgen de Guadalupe y así por el estilo.

Pero eso fue al principio. Ya pa’l año de estar allá creo que se me empezó a notar menos lo provinciano. Digo yo, porque ya los policías dejaron de pararme, y es cierto que las echadas de carro encima, las madres y los empujones siguieron, pero ya fue menos. Para entonces ya trabajaba de peluquero en la Zona Rosa.

Yo desde que llegué empecé a buscar chamba, pero no podía conseguirla. Cuando tenía una semana vuelta y vuelta, como volador de Papantla, se me ocurrió ir a la Zona Rosa; yo dije: pues total, si de todas maneras me van a mandar al diablo que sea en la Zona Rosa, y ai voy. Llegué a una peluquería muy muy y pa pronto que me meto. Había cuatro sillones: uno a la entrada, muy elegante, en seguida otros tres, también elegantones, pero no tanto. En ese momento no llegaban los clientes. A un lado del sillón mas nais estaba un señor ya viejo, se veía que él era el mero mero. Tenía cara de buena gente y era chaparrito como yo; me le acerqué:

—Señor, ando buscando chamba.

—¿Es usted peluquero?

—Si, señor.

—¿De dónde viene?

—Soy de Los Mochis.

—¿Los Mochis, Sinaloa?

—Sí, señor.

—¡ Vaya! Mi madre era de allá. ¿Y siguen sin pavimentar las calles?

—No, qué va, Los Mochis ya es una señora ciudad. Con las calles pavimentadas, plazuelas, jardines y bulevares.

—Sí, ya he oído eso. Yo fui hace muchos años, uuuh, un montón. ¿Y usted era peluquero allá?

—Si, señor.

—¿Bueno?

—Pues tenía muchos clientes que siempre iban conmigo. A lo mejor porque vale más malo por conocido, ¿no?

—Usted ha de saber mejor.

—Yo digo que les gustaba como les dejaba el penacho.

—Mmm. A ver, ¿se anima a cortarme el pelo?

—! Claro!

Y ai me tienen dale y dale, y en un ratito lo dejé listo. Porque yo no seré muy matado para trabajar, pero de que soy rápido, soy rápido. El corte le gusto y me dijo:

—Mire, yo tengo mis añitos, cada día soy mas distraído y cegatón; además, ya no aguanto las varices en las piernas de tanto estar parado, así es que ya no quiero cortar el pelo. Me voy a dedicar a administrar el negocio. Usted trabaja en mi sillón y yo lo voy a asesorar. La mitad de lo que saque es para usted; el resto, para el negocio.

Noté que los demás peluqueros paraban oreja. Particularmente dos de ellos; a leguas se les notaba que el asunto no les había gustado nada. Tome del brazo a don Simón, lo jale para una esquina y le dije en voz baja:

—Mire don Simón, es mejor que se recorran los peluqueros y yo trabajo en el ultimo sillón; no se vayan a molestar los compañeros.

—Nada, usted va a trabajar en mi sillón y al que no le guste que se vaya —contestó, subiendo la voz lo suficiente para que lo oyeran en toda la peluquería: y así fue como empecé a trabajar en el D.F.

Agarré la onda muy rápido. Antes del mes ya el viejito me había enseñado a pelar con navaja, a usar el fuego para cerrar las puntas de los cabellos y un montón de cosas. Yo cortaba el pelo mas rápido que todos, pero eso en lugar de ayudarme en algo me atrajo enemistades. El compañero que estaba en el otro extremo no era problema, él se dedicaba a su trabajo y no se metía con nadie, pero los otros dos eran un problemón. Escondían las herramientas, echaban la basura a mi lado, me estorbaban cuando estaba trabajando y, en fin, hacían todo lo que podían por molestarme. Varias veces me retaron a pelear pero yo no les hacía jalón. Ya para entonces de coyón y mariqueta no me bajaban, pero yo aguantaba vara.

El verdadero problema fue Hermes, el hijo del dueño. Estaba furioso porque según él yo le había robado el trabajo a un tío suyo. Yo sabía que el viejo jamás había pensado darle chamba a ese señor, pero me di cuenta que aquel par de intrigantes que tenía por compañeros se habían agarrado de eso para azuzar al muchacho en mi contra.

Yo apenas lo había visto dos o tres veces; era impresionante. Tendría diecinueve años cuando mucho pero era un elefante con manos de gorila, y cuando me miraba también su gesto era gorilesco. Además tenía fama de maldito; por ahí se decía que ya había navajeado a dos.

Una vez oí comentar a los intrigosos:

—Cualquier día Hermes lo va a agarrar a chingazos, ya verás.

—Me caí si no —contestó el otro— ya le pegó una cachetada al viejo, que no se chingue a éste.

Yo nomás me hice el sordo para no meterme en líos.

Un buen día llegó Hermes, el viejo no estaba y yo rasuraba a un cliente. El muchacho, en lugar de rodear mi sillón, atravesó por el pequeñisimo pasillo que dejaban las piernas del cliente y tropezó con el descanzapiés. La silla se movió. En ese momento yo tenía la navaja a punto de tocar la garganta del cristiano; apenas alcancé a sacar la mano para no cortarlo; me he de ver puesto lívido pero no dije nada para no asustar al cliente. Él no se dio cuenta de lo cerca que estuvo de morir degollado. Apenas se fue me acerqué a Hermes:

—Mira, compa, ten cuidado con tus movimientos; por tu culpa casi degüello al señor.

—Por mi culpa no, por pendejo dirá. Y no me diga compa ni me tutee.

—Está bien, pero no me pendejee, muchacho.

—Pues si no le gusta véngase pa’fuerita pa medirnos.

Y ahí me pego el primer empujón. Yo todavía le dije:

—Déjeme en paz, yo no soy hombre de pleito; además, le debo muchos favores a su padre; no puedo pelearme con usted.

—Váyase al diablo junto con él, mariquita, al viejo ya le di su cachetada; me falta usted.

Me empujó de nuevo, esta vez hacia afuera.

No fue el empujón ni los insultos lo que me encendió, sino el confirmar que le había dado la cachetada al viejo.

—Está bien, aquí estoy —le dije.

El par de intrigosos se veían felices.

Los ojos de Hermes anticipaban el huracán de trompadas que pensaba darme. Me puse en guardia. Se vino con un puñetazo a mi cara que traía todo el peso de su cuerpo tras él; yo lo esquivé con la mayor facilidad. Se fue de bruces y se estrelló contra la pared. Volvió a la carga, esta vez sus intentos fueron más cautos, me tiró uno, y otro y otro golpe: todos abanicaron en el vacío. Era de una ingenuidad monumental para tirar sus golpes, todo su cuerpo telegrafiaba cada puñetazo que iba a tirar. Después de un montón de golpes al aire del mastodonte decidí dar por terminada la pelea. Él tiro un derechazo con todas sus fuerzas, como si a ese golpe hubiera apostado todo su resto, yo lo esquivé con suavidad; se tambaleó, metí mi puño izquierdo en su plexus, le saqué todo el aire, le solté un derechazo a la cara con la mano abierta —no quería lastimarlo— y cayó como edificio que se derrumba sobre la banqueta.

Se levantó con la palma de la mano abajo de la oreja, donde había recibido el golpe.

—Esto va a costarle la vida —dijo echando lumbre por los ojos, luego dio media vuelta y se fue de la barbería. Los intrigosos se metieron callados, luego entré yo y me puse a limpiar mis herramientas sin decir palabra.

Me di cuenta que estaba metido en un lío que me costaría el puesto. Con todo y todo el viejo no me perdonaría que hubiera golpeado a su hijo. Además, habría que ver la versión que le iban a platicar los intrigosos y él. Me llenó de rabia pensar en la posibilidad de perder la chamba. Además estaba la amenaza que me había hecho el muchacho, que no dejaba de inquietarme.

Esa noche no hallé más que hacerle a mi rabia que emborracharla; me acosté ya amaneciendo. Al día siguiente llegué a la peluquería antes que nadie, abrí y me dedique a sacar lustre a las herramientas que eran de mi propiedad para llevármelas en cuanto llegara don Simón.

Oí ruido en la puerta: era el viejo y, tras él, Hermes. Primera vez que el muchacho pisaba la peluquería a esa hora. Era de esperarse, pensé yo. En ese momento sentí una mezcla de ira y de tristeza. No tuve humor ni para volver la cara y saludar.

—Buenos días —dijo el viejo.

—Buenos, señor —contesté yo con la cabeza gacha.

—Aprovechando que estás solo, Pedrito, quiero que me arregles, me gusta como dejas el penacho, como dices tú —se acomodó en el sillón.

—Con mucho gusto, señor —dije yo con una esperanza.

—Se acercó a mí el muchacho.

—Después de él quiero seguir yo.

Me quedé de una. Todo esperaba menos eso. Se vio que el viejo lo estaba obligando, no sé cómo diablos.

—Bueno —contesté yo sin levantar la cabeza.

Pronto terminé con el padre y Hermes se acomodó en el sillón. En un dos por tres le corté el pelo también a él. Me pidió que lo rasurara. Yo no podía creerlo. !Poner su garganta a merced de mi navaja y mis ganas de degollarlo! !Ésta era una manera más de fanfarronear y de retarme! Estaba seguro que yo era incapaz de atreverme ni siquiera a irritarle la barba con la navaja. Incliné el sillón, enjaboné su barba y garganta y mientras lo hacía me pareció sentir el calor de su sangre en la espuma. Localicé su yugular con la vista, luego con los dedos, mientras le desparramaba el jabón. Me pareció oírlo decir: “atrévete, mariquita”, y sentí unos deseos enormes de cortarle el habla para siempre. Él no abandonaba su actitud retadora aun con los ojos cerrados. Yo sentía que me abofeteaba con ella y mis ganas de decapitarlo crecían. Empecé a rasurarlo, manejaba la navaja con una suavidad y delicadeza que eran como la preparación morbosa de la tasajeada que deseaba darle; o quizá por el contrario: era aquella una manera de recordarme a mí mismo el especial cuidado que debía tener con aquella garganta, para no dejarme llevar por mis impulsos.

Coloqué la navaja exactamente sobre su yugular, apunté su filo como si me preparara para cortársela de un tajo. En ese momento un perro callejero se metió a la peluquería. Don Simón, que odiaba a los perros, se lanzó hacia la puerta para echarlo fuera, pero cometió el error de caminar por el pasillo sin reparar en las piernas estiradas del muchacho. Su cuerpo tropezó de golpe con el descanzapiés del sillón. Mi navaja se introdujo en la garganta de Hermes. En un dos por tres mi bata, el sillón y el piso se pintaron de rojo y muy pronto la barbería se lleno de gritos, camilleros y policías.

Yo estuve algunos días en la cárcel pero pronto salí gracias a los buenos oficios de don Simón. Él aseguró a la policía una y otra vez que yo era inocente. Afortunadamente él nunca tuvo dudas. Yo sí.

 

 

Luis Terrazas

Luis Terrazas, cuentista y empresario sinaloense

 

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Duda, cuento
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Un cuento mexicano de origen sinaloense: Duda.

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