Cosalá, joya colonial

May 24, 2015

 

Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México

 

 

COSALÁ, JOYA COLONIAL

 

Por: José María Figueroa Díaz

 

El cerro de San Nicolás, eterno custodio de la villa de Cosalá, ha seguido con ojos amorosos durante 417 años, cada luminoso amanecer de ese pueblo de mujeres hermosas y de hombres emprendedores.

 

Conoció los pasos vacilantes de sus primeros moradores, de aquellos indígenas andariegos que se aposenta ron en medio de las montañas y empezaron a construir una pequeña aldea, con sus casas hechas de palo y de barro.

 

Desde su atalaya vio la llegada en briosos corceles de los conquistadores españoles y de los padres misioneros, que con la espada y la cruz en la mano, domeñaron y evangelizaron a los antepasados cosaltecos.

También observó con miraría expectante la explotación de las ricas minas y de los indios aborígenes, todo en nombre del Rey y de España, Y de como también el oro y la plata, extraídos de la entraña de la madre tierra, llenaron de socavones los cerros vecinos y de doblones los bolsillos de los castellanos.

El cerro de San Nicolás, auxiliado en su vigilancia desde los cuatro puntos cardinales de Cosalá, por sus hermanos las colinas de Barreteros, La Cobriza y El Palmar, ha estado presente en todos los aconteceres de su centenaria vida.

Ha visto nacer, crecer y morir a infinidad de generaciones de coseltecos. Ha presenciado el arribo y el éxodo de sus hijos.

 

Ha sido testigo mudo de sus alegrías y de sus sinsabores. De su opulencia y de su pobreza. De todas las manifestaciones, buenas y malas, de un pueblo aferrado a sus tradiciones, a sus costumbres a su vida misma.

 

Miró cabalgar la figura legendaria de Heraclio Bernal, el bandido generoso, protector de los pobres y precursor del movimiento revolucionario de México, y también lo vio sucumbir “víctima, más que de las balas porfirianas, del mezquino deseo de unas monedas de oro ofrecidas como recompense por su vida”.

 

Y en la época actual, con la sorpresa y la admiración asidos a la falda de su monte de palo blanco, el cerro de Sari Nicolás ha presenciado como Cosalá, su hija predilecta, viste hoy los más limpios y mejores ropajes de su historia.

 

Cincuenta y cuatro kilómetros distan del crucero de la carretera internacional al pueblo de Cosalá. El camino pavimentado — aspiración y sueño realizado de todos los cosaltecos— culebrea en el caracol de sus altas montañas.

De aquel viejo Cosalá, que se caía del cochambre, maloliente, con sus calles llenas de hoyancos, las barracas de sus puestos de fritangas y las ruinas de sus casas y las buenas sin pintar, nada ha quedado.

 

Hoy todo es luz y armonía simétrica. Es un Cosalá distinto, incognoscible. A sus bellezas naturales — porque nunca ha dejado de ser hermoso— se le ha añadido la rica obra material de su remodelación urbanística.

A la vez es un viejo y un nuevo Cosalá. Una joya auténtica, legítima, con color, calor y sabor colonial.

La cuna de dos inolvidables gobernadores sinaloenses: Francisco Iriarte y Leopoldo Sánchez Celis, luce hoy en toda su magnitud y esplendor.

 

La antigua harapienta entrada de Cosalá, por la calle que lleva el nombre del Padre de la Patria, es la nueva ventana para entrar y ver la transformación del viejo pueblo.

Un arco central abre el acceso de vehículos a la villa cosalteca. Dos pequeños arcos, a ambos extremos del principal y un puente peatonal sobre el Arroyo Grande, dan servicio a la gente de “a pié”.

La entrada y salida de Cosalá, por la hoy calle Miguel Hidalgo, antaño transitada miles de veces por las diligencias y los carros de mulas cargados con oro y plata, espejea con su flamante empedrado.

Es el principio del agradable y bonito espectáculo que verá después el visitante o el asombrado cosalteco, que después de algún tiempo regresa a estos bellos lares sinaloenses.

La transformación de Cosalá se inició el 1o. de enero de 1975, fecha memorable para sus habitantes. Día y noche durante tres años, como incansables hormigas humanas, un ejército de albañiles, herreros, electricistas, técnicos, ingenieros, encabezados por el que hasta hoy ha sido el mejor presidentes municipal de Cosalá, Octavio Aragón Hernández, la remodelaron con tesonero y amoroso afán.

Antes de iniciarse estas espectaculares obras de orfato fue necesario realizar un aseo general del pueblo. En tres meses se limpiaron y se quemaron 400 años de basura.

Todo el centro urbano de Cosalá, en lo que comprende a sus calles, se encuentra empedrado. Se utilizaron 38 mil M2. de piedra de canto rodado traídos del municipio de Elota.

Se construyeron 5 mil M2. de guarniciones de concreto y 6 mil de banquetas de ladrillo hecho en la región.

Procedentes de Querétaro se colocaron 3 mil 200 M2. de adoquines.

Cuatro calles, antiguos pringosos callejones, fueron cerrados para ser utilizados sólamente por peatones.

Las calles cuentan con nueva nomenclatura. Fueron instaladas 150 placas coloniales.

300 faroles coloniales adquiridos en Tlaquepaque y 60 arbotantes también de tipo colonial de 5 luces y en el extremo un farol de pedestal, le dán a Cosalá. por las noches, un aspecto de población del siglo XVII.

El templo de San Úrsula y la capilla de la Virgen de Guadalupe presentan un aspecto de limpieza total. Al primero le quitaron las telarañas y la pintura que cubrían, en su interior, sus muros de piedra, y la segunda, fue totalmente reconstruida.

La plazuela, el panteón municipal “San Juan”, el Jardín de Niños “Gustavo D. Cañedo y el Palacio Muni¬cipal, fueron objeto de una remodelación general.

 

Se construyeron el Centro de Desarrollo de la Comunidad, un mercado municipal de 18 locales con arquería colonial y una terminal de camiones de pasajeros con capacidad para 12 unidades.

Se edificaron 4 plazoletas, un mirador en el Arroyo Grande y 12 fuentes de cantera.

Se introdujo agua potable a los barrios de Las Lomitas y Sierra Mojada, al igual que se amplió en extensión y fuerza la red de energía eléctrica.

Fue una auténtica labor de titanes, de hombres empecinados en cambiar la fisonomía de la tierra que los vio nacer, para hacerla cómoda, agradable, y para que el sol siempre se ponga de frente en sus vidas.

 

No solo el aspecto exterior de Cosalá ha cambiado. El espíritu de sus habitantes ha sufrido también una transformación. Se les trasluce la alegría en el alma y la sonrisa brota en sus rostros satisfechos.

La respetable inversión económica que han hecho pueblo y gobierno —alrededor de 10 millones de pesos— ha fructificado plenamente. Cierto que se le cambió la cara a Cosalá, que se le embelleció, se le pintó y se le adornó con multicolores celajes.

Cierto que Cosalá es hoy el espejo colonial sinaloense, indudablemente que así es. Pero la mayor satisfacción que puede sentirse, independientemente del gran esfuerzo realizado, lo que vale más, es ver el alborozo de hombres, mujeres y niños, que contentos y felices contemplan este nuevo amanecer en sus existencias.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 9, páginas 24-26.

 

Cosalá ciudad colonial de Sinaloa

Cosalá: dibujo de Rosy Aragón Okamura

 

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Cosalá-joya colonial de Sinaloa
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Descripción de los ricos atributos arquitectónicos e históricos de la población colonial del centro del estado de Sinaloa, en México: Cosalá

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