Concordia en llamas

April 24, 2015

Sinaloa heroico

 

CONCORDIA EN LLAMAS

 

Fiel a su destino, Castagny formó dos columnas para abatir los pueblos en los que se refugiaron los liberales. Una de esas columnas tomó el rumbo de La Noria y la otra, compuesta de franceses y lozadeños, se dirigió a Concordia. Esta columna salió a principios de febrero de Mazatlán, incendiando de paso los caseríos de Castillo, Presidio y Embocada; el 10 de febrero de 1865 ejecutó en Malpica a diez personas sin haberles formado causa. La propia columna que mandaba Billault fue hostilizada en su marcha por guerrillas mexicanas, pero debido a un movimiento rápido, lograron dispersar a los nacionales.

 

El general Domingo Rubí guarnecía Concordia, pero en vista de la superioridad numérica del enemigo, recibió órdenes de retirarse a Copala, por lo que Billault ocupó Concordia el 12 de febrero de 1865, fecha crucial en los destinos de esta población.

 

Los franceses encontraron en Concordia únicamente mujeres, ancianos y niños. Los hombres formaban el glorioso batallón Concordia; así fue como ante el pavor que infundió la noticia de que la población seria incendiada, las familias se recogieron en el curato bajo el amparo del sacerdote Fray Bartolomé Soto de la Paz; y otra parte de ellas se asilaron en la casa del súbdito español don José Gana. Los franceses registraron a las mujeres para robar sus alhajas y algunas monedas y en la tarde de ese día los franceses lozadeños se repartieron en pelotones, provistos de materiales combustibles y pusieron fuego a muebles y casas. Dos horas después, al caer la tarde de ese día, el cielo se veía obscurecido por negros nubarrones de humo, y toda Concordia iluminada por las llamas del incendio; así, en esta fragua de llamas, cenizas y llanto, Concordia forja ese día su heroicidad, que años más tarde reconoce el Congreso del Estado y en un acto de plena justicia la declara Ciudad Heroica.

 

Entre fuegos, injurias e improperios, se dio el caso consistente en que un pelotón de franceses se internó a la casa de la matrona Encarnación Osuna de Valdés, ordenando el jefe de dicho pelotón que se colgara a la heroína para que dijera la situación y el lugar en que se encontraban los jefes republicanos Ramón Corona, Rubí y Peraza. Claro, Nana Chón era del temple de las grandes damas que registra la historia de los grandes pueblos, y ante el suplicio, calló el paradero de los patriotas. Viendo el jefe francés la inutilidad de su bárbaro empeño, ordenó la descolgaran. Nana Chón, al recobrar el aliento, se yergue ante los infames y con voz enérgica les grita “Esta es la civilización que nos vienen trayendo y de que hacéis tanta gala; pero en realidad no habéis venido a México sino a incendiar poblaciones indefensas, ultrajar mujeres, por lo que no sois otra cosa que asesinos y bandidos”.

 

Dentro de aquel macabro anochecer se dio otro caso espectacular, y fue el desarrollado en la casa del español Gana, consistente en los siguientes hechos. Un pelotón de franceses se introdujo a la casa del español Gana para ultrajar y deshonrar a las mujeres en ella refugiadas. Ante la barbarie don José imprecó y rogó hasta de rodillas que no se consumara tan inmoral acto, pero sus palabras eran inútiles ante aquella soldadesca ebria de vino y de lujuria; en tan duro trance Gana percibió al capitán Torcuato Seguames, de la gente de Lozada, que a casualidad pasaba por el frente del zaguán en que se desarrollaban los acontecimientos. En tales momentos de desesperación Gana le gritó a Seguames: “Capitán, usted es mexicano, salve a estas mujeres, que también lo son, de la infamia que se pretende cometer con ellas la sangre

mexicana del lozadeño hirvió en sus venas y rápidamente desenfunda su pistola y se coloca frente al pelotón extranjero diciéndoles: “Antes de tocar a estas mujeres, pasarán por mi cadáver”. Ante tan decidida actitud, los suavos ebrios retrocedieron y se cuenta que inmediatamente Seguames se fue por su compañía a su cuartel y con ella hizo guardia toda la noche frente a la casa de don José Gana, para evitar que los franceses trataran de regresar a consumar su impúdico acto.

 

A este centinela del honor femenino, Ramón Corona quiso recompensar, y cuando triunfante ocupó Concordia años después, al saber por las propias mujeres salvadas el comportamiento de Seguames, formó los batallones de Concordia y Pánuco y en la orden del día les contó el hecho del capitán Seguames, dándoles como consigna que trataran de tomar prisionero a Seguames, respetándole su vida y su honor sin tocarle un solo cabello. Sin embargo, no se supo jamás el paradero de semejante caballero.

 

Al día siguiente la columna franco-lozadeña partió para El Rosario y posteriormente se fijaron como destacamento en Mesillas.

 

Horas de luto siguieron para Concordia después de este sacrificio; la mayoría de las familias, empavorecidas, huyeron a los campos para protegerse en la selva de futuros atentados y buena parte de ellos peregrinó hasta San Ignacio, cuyos pobladores, en un gesto de unidad nacional, les abrieron las puertas de sus hogares, hecho que desde entonces inició una hermandad que dura hasta hoy entre San Ignacio y Concordia.

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 78, páginas 24-25.

 

Concordia, Sinaloa en llamas

Fragmento del escudo de Concordia, Sinaloa, México

 

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Concordia en llamas
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El trágico y heroico párrafo histórico de la ciudad de Concordia, Sinloa, México, durante la intervensión francesa

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