Relatos de la Revolución Mexicana en Sinaloa

Clarita

 

Por: Juan B. Ruiz

 

Culiacán, Plaza de Armas. A un lado la severa catedral, sol de plomo derretido cae sobre la quieta ciudad. Esbeltas palmeras mueven sus melenas con áureo brillo. Hermosas muchachas discurren con gracia nativa.

Al pasar por el colonial portal, doña Soledad, simpática dueña del Café Acapulco, nos llama presurosa y con alegría anuncia:

-Aquí esta Clara.

–¿Quién?

—Clarita de la Rocha.

Antes de entrar al restaurante, volvemos a ver en nuestra imaginación a aquella guapa moza de 19 abriles, ojos glaucos, cutis sonrosado y rubios cabellos, hija del famoso general don Herculano de la Rocha, quien en unión de Iturbe, Banderas y otros jefes revolucionarios, atacaron y tomaron la plaza de Culiacán, en el estío de 1911.

Clarita fue el alma de la guerrilla brava y valiente, formada por rancheros serranos. Siempre estuvo en la pelea, al lado de sus padres, donde el fuego era nutrido y la situación más comprometida.

Entramos al café y la saludamos. En la actualidad es ella una anciana alegre y vivaz un poco sorda, pero siempre decidida, amable y cortés. Vive de los recuerdos.

—Teníamos sitiada la plaza de Culiacán, nos dijo, añorando el episodio. Ni podíamos ni siquiera acercarnos a la orilla de las casas, porque los soldados federales, al mando del general Higinio Aguilar y parapetados en catedral, en el santuario y en los más altos edificios, nos hacían terrible fuego. En ese trance, me llamó mi padre para decirme: “Clarita, quiero darte una comisión peligrosa. Si mueres, morirás tú sola; pero es preferible que perezca una sola persona, que no tiene responsabilidades de familia, a que muera un hombre que tiene mujer e hijos a quienes mantener; ansina que tu dirás”.

-Padre, yo voy a donde usted me mande, le contesté sin titubear. Entonces me ordenó que al oscurecer, sola y mi alma, cruzara el río Tamazula, escurriéndome por debajo del puente Cañedo, y fuese a apagar los switches de la planta de luz eléctrica, a fin de oscurecer la ciudad para que las tropas maderistas pudieran acercarse, penetrar e iniciar el ataque.

 

-Si sales con bien, hija, te espero frente al Palacio de Gobierno.

-Clara continua su relato:

 

-Nosotros, los de la guerrilla de mi padre, estábamos acuartelados en Tierra Blanca. Esperé hasta el pardear. Crucé el río, escondiéndome tras de los gruesos pilares del puente; pero los defensores de la plaza, notando mi presencia, me enviaron una andanada de balas de ametralladora. Una de ellas me tocó en las corvas, pero no me amilané. Seguí adelante. La sangre corría en el agua, mas no hice caso. Tenía que cumplir la misión. Al llegar al otro lado, me arrastré por los zacatales y tules del río; luego me metí por entre las casas y me unté en las paredes, hasta que llegué al edificio de la planta de luz. Me fui directamente hasta el velador. Una vez frente a él saqué la pistola que llevaba debajo de la blusa, y le ordené con voz seca y enérgica:

 

—Manos arriba. El velador se sorprendió, abrió tamaños ojos y, enseguida, poniéndole el arma muy cerca del pecho, le dije:

-Apague la luz.

 

El hombre obedeció, y fue así cómo los revolucionarios maderistas pudieron colarse por todos lados, y parapetarse frente a las casas y edificios, donde los federales resistían el ataque. En catedral estaba el viejo bigotudo Gral. Higinio Aguilar. El bravo y valiente coronel, Luis G. Morelos, defendía el santuario.

 

Allí fue donde nosotros atacamos. Por cierto que cada vez que paso frente a ese templo me persigno y pido perdón por las balas que tiré a sus torres; pero así es la guerra, señores, así fue la revolución de 1910.

 

¡Que años aquellos tan lindos! ¡Como los recuerdo!

 

 

Tomado del libro: Cuentos de Juan B. Ruiz, DIFUCUR, Culiacán, Sinaloa, Talleres de imprenta IMAZ, 1990.

 

Clarita y Herculano de la Rocha

Clarita y Herculano de la Rocha

 

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Clarita, relato de la Revolución Mexicana
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Hazañas de las mujeres revolucionarias sinaloenses que dieron fuerza a la lucha armada en México: Clarita de la Rocha en la toma de Culiacán por los revolucionarios 1911.

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