Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

Carta a Mefistófeles

 

 

De: Enrique Romero Jiménez

 

Señor de las tinieblas, yo te saludo.

Yo te saludo, ángel caído de la suprema gracia.

Estrella luminosa que un día de cósmica belleza te precipitaste al abismo del dolor sin consuelo.

Primero fuiste Luzbel, luz bella; después el réprobo maldito, el demonio, el malo por los siglos de los siglos.

Tu rebeldía causó tu perdición.

A partir de ella te convertiste en Satanás, en el díscolo perpetuo, en el negador de todo lo que existe, por que tuviste la osadía de oponerte a las cosas sencillas, elementales y buenas con que principiara el mundo.

Desde entonces el rojo es tu color, la duda tu bandera, la insidia tu arma y el odio tu camino.

Estás en todas partes. En el norte y en el sur, oriente y occidente; igual en primavera que en invierno, en verano que en otoño.

Donde quiera que la vida brota, se desenvuelve y muere.

En todas las manifestaciones divinas y terrenas.

En todo lo que alienta y se marchita.

Has recorrido tantos territorios desde el Génesis remoto, que nada te es desconocido bajo la luz del sol ni en la extensión finita de los mares.

Lo mismo que las fértiles llanuras que en los desiertos yermos, en las riberas de los ríos y en las montañas elevadas.

Algunos reinos, imperios o repúblicas, oligarquías y dictaduras, fueron creados bajo tu inspiración.

Por ti los hombres, para ejercer mejor entre ellos mismos su predominio, sus ansias hegemónicas, levantaron un día fronteras arbitrarias; se dividieron en razas de todos los colores, crearon idiomas y dialectos para separarse más, para entenderse menos, para negarse con mayor amplitud en el proceso dilatado de la historia.

Por ti pueblos enteros se han destrozado y se destrozan aún a través de terribles hecatombes en nombre del honor, de la patria y de la libertad. Así, el hermano se enfrenta al hermano, el amigo al amigo; el hijo desconoce a su padre y el rencor y la envidia endurecen cada día más los corazones.

Pero los hombres no te han hecho justicia. No reconocen tus méritos indiscutibles, tu espíritu de servicio, tu elegancia y elocuencia, ahora que ya no hueles a azufre si no a agua de colonia.

En las horas amargas del dolor, de la necesidad y de la angustia, invocan de rodillas a Dios, tu vencedor y juez; pero nunca se acuerdan de ti en los instantes en que la sangre se desborda al calor de la noche y reciben el regalo de tus jardines sibaritas.

¡Ayúdame, Dios mío, exclaman en el momento de la enfermedad, del peligro o de la ayuda indispensable! Pero jamás dicen: gracias, diablo mío, por la ofrenda que a algunos les entregas generoso!

Así ha sido, es y será por siempre hasta el fin de los tiempos.

Tendrás, pues, que resignarte a recoger las migajas de piedad que te arrojen de lo alto, o las que surjan de la desesperación humana.

Alguna vez, como número especial, te ofrecerán el alma de Fausto, el mágico doctor, pero tú sabes bien que serás derrotado nuevamente por los caminos del arrepentimiento y de la oración.

Por eso, diablo legendario, eterna y pretérita figura que formas parte de la naturaleza humana, yo te saludo en esta hora en que el cielo y el infierno son estados de conciencia universal.

 

Tomado de; Presagio, Revista de Sinaloa; número 3, páginas 14-15.

 

 

Mefistófeles, cuentos, leyendas y narraciones de Sinaloa

Mefistófeles, dibujo de Diego Rivera; cuentos, narraciones y leyendas del estado de Sinaloa

 

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Carta a Mefistófeles
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Un carta dirijida al Señor de las Tinieblas, Mefistófeles.

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