Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

CARTA A JESUCRISTO

 

Por: Enrique Romero Jiménez

 

Desde un lugar cualquiera de la tierra.

Hermano mayor:

Van a cumplirse ya dos mil años desde que tus sandalias andariegas cruzaron muchas veces los polvosos caminos de tu Galilea nativa, de Betania, Tiberiades, las orillas del Jordán y las calles milenarias de Jerusalén.

Desde que tu voz profética, venida de lo alto, abrió las puertas de la esperanza a los pobres, a los desposeídos, a los irredentos, a los necesitados de pan y de cariño, con el profundo sermón de la montaña y con tus blancas parábolas que dieron cátedra de amor y de justicia.

Una luz inmaterial alumbraba tus pasos desde la Epifanía; pero en distintas ocasiones, muchos de los que te seguían en las multitudes rumorosas sólo veían en tí al taumaturgo que sanaba al leproso, hacía andar al paralítico, ver al ciego, resucitar a los muertos, pero sobre todo, al que era capaz de realizar el milagro de multiplicar los panes y los peces y de convertir el agua en vino.

Otros, los buenos y sencillos, tocados de la gracia y por la fé, reconocían en tí al médico de cuerpos y al médico de almas; al enviado de Jehová, al hijo de Dios hecho hombre para vivir, y sufrir, y morir por los hombres en el Gólgota del martirio y de la redención.

 

Pero los fariseos fueron, desde el principio de tu peregrinar y de tu predicar, tus mayores enemigos.

Los que exigían, recibían y aprovechaban en su beneficio las ofrendas del templo.

Los que negaban otro poder y otra fuerza que no procedieran de ellos mismos, de su ejercicio dominante.

Los que interpretaban la ley a su manera.

Los que anunciaban con trompetas sonoras la caridad que practicaban.

Los que a la altura de su riqueza y de su orgullo sojuzgaban las conciencias de los hijos de Israel.

Ellos querían un caudillo, no un profeta.

Un guerrero, no un apóstol.

Un general que abatiera enemigos y ganara batallas.

Un artista de la destrucción, no un mensajero de paz.

Pero tú resultaste proclamando a la flor de los vientos: “Amaos los unos a los otros” y con ello firmaste tu sentencia de muerte.

No pudo haber compasión para tí; menos cuando expulsaste a latigazos a los mercaderes del templo, porque con ese acto condenaste el comercio de la creencia, la mixtificación del dogma, la impureza del rito, la falsedad de la doctrina que en su intención original venía desde los tiempos de Abraham, Isaac y Jacob y después al través de la Thora y del Talmud.

A raíz de tu triunfo jerosolimitano en el domingo de los ramos florecidos, Judas preparó tu entrega a los sicarios envidioso de tu gloria, celoso de tu grandeza presentida, y los treinta dineros de su traición fueron las agonías de tu sacrificio, el síndrome de sangre del Huerto de los Olivos, y el temor de Pedro cuando te negó tres veces al canto del gallo legendario, en aquella madrugada de tragedia.

Entonces ya estabas solo.

Solo con el destino que nada más tú conocías.

Solo con la presencia de tu padre.

Solo con tu angustia que era la angustia del mundo.

Solo con tu dolor que era el dolor de los hombres por cuya salvación tenías que morir.

Solo frente a la ira de los sayones que te azotaban inmisericordiamente.

Solo frente a la soldadesca que te despedazaba las sienes con una corona de espinas y de burlas.

Solo de cara a la turbamulta que te escarnecía y te vejaba.

Solo tú y la verdad que te esperaba en el Tabor y en la eternidad.

Ante la duda tremenda de tu naturaleza y de tu destino mesiánico; sin reconocer los cargos que te lanzaban, Pilatos se lavó las manos con el agua de la indiferencia y te arrojó a las fauces de la jauría que reclamaba tu crucifixión, como castigo ejemplar que sirviera para prolongar el predominio de una casta.

Luego tu viacrucis increíble, la calle de la amargura, el sacrificio infamante en el Calvario y el momento supremo en que sintiéndote abandonado por quién te mandó morir así, pronunciaste las palabras finales para que todo quedara consumado.

Hoy, en pleno siglo XX; en la era espacial y atómica en que la humanidad entera vive bajo el signo del temor y de la angustia, se espera todavía el regreso tuyo anunciado en los presagios, consignado en las escrituras, presentido en los corazones.

Cuándo volverás al erial que regaste con tu sangre y sembraste con tu amor?

En qué tiempo bajarás al mundo nuestro, convulsionado y tenso, a predicar de nuevo tu evangelio?

Ven otra vez a esta tierra temporal, distante y breve.

Ven nuevamente a arrojar de los recintos consagrados, a los traficantes, a los simuladores, a los farsantes e hipócritas.

A los que en nombre tuyo juzgan sin misericordia.

A los que condenan sin compasión.

A los que tuercen tus preceptos diamantinos.

A los que depositan joyas a los pies de las imágenes y niegan un pedazo de pan a un niño hambriento.

A los que han hecho un culto del odio.

A los que viven consumidos por la avaricia.

A los que encienden las hogueras de las guerras.

A los que explotan y lucran sin medida.

A los que creén que sólo con pronunciar tu nombre tienen ya ganado el perdón.

Serás otra vez negado.

Serás otra vez desconocido.

Serás otra vez crucificado.

Mas dejarás de nuevo entre nosotros tus palabras eternas de amor y de bondad.

 

Julio de 1977

 

Tomado de; Presagio, Revista de Sinaloa; número 1, páginas 6-9.

 

 

Carta a Jesucristo

Jesucristo, una carta enviada desde Sinaloa

 

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Carta a Jesucristo
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Documentos hechos en suelo sinaloense con el tema religioso, donde se escribe una carta dirijida a Jesucristo.

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