Carnaval de Mazatlán, orígenes

September 30, 2014

Fiestas, tradiciones populares y costumbres de Sinaloa

 

 

LOS CARNAVALES MAZATLECOS, SUS ORÍGENES

 

Por: Filiberto Patiño Escamilla

Mazatlán se asomaba al vésper cansado del siglo pasado. Era el postrer balance de glorias y fracasos y, —sensibilizado por el extranjerismo traído por las naves de Europa y oriente que surtían de sedas y maquinaria al noroeste del país— daba rienda suelta al gozo de las modas de ultramar. Apenas eran unas veinte familias de pro, rodeadas de obreros y cargadores que amaban el verso, el canto, la música y la alegría. Una alegría innata que sólo se lleva con la influencia de las brisas salobres que irrumpen en el ambiente al reventar de las olas contra los peñascos que se acuestan sobre la playa.

 

No hay alternativa todavía, o se muere o se respira el algodón encaje de las olas. Y esa vivencia de espíritu alegre y bromista, de carcajada y de recuerdos maternos, se mantiene en el aire que rellena los recovecos de las viejas calles.

 

Sonaban, pues, las doce del siglo que se iba. Don Porfirio Díaz seguía firme en el gobierno y don Francisco Cañedo se levantaba a diario muy temprano a obligar a las mujeres a que barrieran los frentes de sus casas. Los mazatlecos, bajo el amparo de esa beatitud rectoriana, iniciaban un carnaval a pedradas que casi siempre terminaba en tragedia. Eran dos bandos. Los cargadores de los muelles y los del abasto que iniciaban el domingo de carnaval y seguían el lunes y el martes, combates fieros con piedras que a veces alcanzaban a otras personas “no combatientes”.

La chusma de los muelles se reunía en la calle Faro (hoy 21 de Marzo) con un arsenal nutrido y las camisas remangadas. Los del abasto reunían sus huestes frente a dicha calle y se extendían hasta lo que hoy se llama calle Zaragoza y que entonces eran los suburbios de Mazatlán (entre las calles Rosales y Zúñiga estaba el rastro). Las turbas parranderas “tomaban valor” desde muy temprano del domingo y para medio día las pedradas se estrellaban en las espaldas y en las puertas de las casas. Las familias se encerraban a “lodo y cal”; pero las risas y los gritos de contento se oían en cada esquina, mezcladas con el taconear de carreras y encuentros sorpresivos. ¡Era el carnaval y todo se valía!

De las pedradas se pasó a la “moda francesa” que consistía en aventar cascarones rellenos de harina, ceniza, negrumo, añil y otros colores. Y las familias seguían encerradas, pues la turba gozaba en embadurnar los rostros y la ropa de las gentes con grasa y los polvos de colores. Las autoridades no intervenían porque “todo estaba permitido por ser carnaval”. Los carruajes de sitio, las arañas y los “bogues” se protegían con lonas de las amenazas de algunas damas que ya empezaban a tomar parte en la trifulca desde las azoteas.

 

De los polvos de color se pasó al uso del confeti, aunque los tradicionalistas se disgustaron por la prohibición de las pedradas y los polvos. ¡Viva el Rastro! ¡Vivan los Muelles! Y el ámbito porteño se estremecía cada año con las risas y las notas bravías de la tambora. Las trompetas, los clarinetes, las tarolas y los platillos atronaban el espacio para hacer brotar el grito del mazatleco y acompasar el vaivén de las palmeras de “los Choza”. Las calles eran pistas de baile donde se perdían las parejas al son de los “papaquis”, y las coplas picarescas se desmadejaban en las voces aguardentosas… “A donde vas Isabel con tamaña talega, voy a recoger la limosna de don Plácido Vega…” —

 

Carnaval de Mazatlán, una fiesta del pueblo. Tres días de desenfreno alegre para irse a la “tiznada” el miércoles de ceniza. (Amado González Dávila en su diccionario geográfico).

El doctor Martiniano Carvajal, recién llegado de Guadalajara donde fue a titularse, fue víctima de los “abasteros” al dejarlo como arco iris y con su tremendo disgusto; pero fue él quien inició una campaña para cambiar los métodos de la fiesta. Convenció a los regidores del Ayuntamiento para que se constituyeran en Junta Patriótica y organizaran el carnaval. Se citó a gentes de los muelles y del abasto y se acordó el uso de confeti, flores y papel y la aceptación del pueblo para que en la fiesta tomaran parte las demás clases sociales.

Amado González Dávila dice en su obra que entre los organizadores estaban, además del Dr. Carvajal, don Adolfo O. Ryan que publicaba un periódico pequeño muy leído, el coronel Mass, don Francisco Mortero (hijo de Francisco Picaluga el que vendió a Vicente Guerrero), el Dr. José María Dávila, don Genaro Noris, los señores Fárber, Coppel, Hidalgo, Escobar y Sierra. Estas personas hablaron con los obreros de las fábricas de tabaco, zapatos, cerillos, fundición, muelles y comercio. Corría el año de 1898 y los mazatlecos cambiaban las piedras por los confetis. Se iniciaban unas fiestas románticas.

La crinolina en las damas esponjaba la elegancia en las plazuelas y en los bailes. El abanico plegadizo, el pañuelo bordado a mano y la flor en la oreja hacían resollar fuerte a los galanes de “carrete” y de bastón. Mazatlán y México eran franceses en el vestir. Era la voluntad de don Porfi y la influencia de la literatura. Los gallos debajo del balcón borda¬do de bugambilias se escuchaban en silencio, como se escucha una misa. Sólo el compás de los cascos de los caballos sobre el empedrado de las calles, distorsionaba el embeleso de la novia que atisbaba entre las cortinas.

 

Dice don Amado González Dávila: “En 1899, subió al trono carnavalero una majestad masculina, el archisimpático Ahuja; con el nuevo siglo empezaron los reinados mixtos, siendo el primero el de Wilfrida Fármer y Teodoro Maldonado; en 1900, Adela Abasolo y Enrique Coppel Rivas; en 1902 Guadalupe Maldonado y Demetrio Sotomayor; en 1904 Francisco González y Reina; en 1905 María del Refugio Munguía y Carlos Rodríguez; en 1908 Adela Abasolo y Antonio Rivera; en 1909 Elvira Rivas y Julio César; en 1910 Guadalupe Servín, sin rey; en 1911 Teresa Lewels, sin rey; en 1913 Elena Coppel Rivas y Tomás De Rueda; en 1914 Margarita Labastida y Enrique Puig Casaurand, en Carnaval privado; en 1917 Susana Beltrán y Ángel Damy; en 1918 María Luisa Coppel y Roberto De Cima; en 1919 María Urrolagoitia y Miguel Ángel Beltrán; en 1920 Ernestina Vargas y Claudio Beltrán; en 1921 Laura Arceluz y Roberto Coppel; en 1922 Adelaida Ortega y Edmundo Avendaño; en 1923 Carmen Sarabia y Leopoldo Farías; en 1924 Conchita Vega Millán y Eduardo Pérez Valdez.

En 1925 Martha De Cima y Martín Patrón; en 1926 Julieta González y Arturo Ortiz; en 1927 Carmen Gibsome Hidalgo y Bernardo Corbera; en 1928 María Alvarado y Manuel Cano; en 1929 Julieta González, sin rey; en 1930 Bertha Urrolagoitia; en 1931 María Emilia Millán; en 1932 Josefina Laveaga; en 1933 María Teresa Tirado; en 1934 Beatriz Blancarte; en 1935 Bertha Rufo; en 1936 Adela Bonner; en 1937 Venancia Arregui; en 1938 Amelia Ernestina Duhagón; en 1939 Alicia Hass; en 1940 Isabel Coppel; en 1941 Gloria Marín; en 1942 Gloria Arregui y Ernesto Coppel Campaña; en 1943 Laura Elena Venegas y Miguel Estavillo; en 1944 Lucila Medrano; en 1945 Gloria Pérez Echegaray; en 1946 Gloria Osuna; en 1947 Rosa María Olmeda; en 1948 Cuquita Cruz; en 1949 Anita Osuna; en 1950 Olga Otáñez; en 1951 Chavita Barraza; en 1952 Dora González Güerena; en 1953 Emilia Carreón Cornejo; en 1954 Olga Osuna Riguetti; en 1955 Teresa Gómez Milán; en 1956 Lupita Rosa Bastidas del Carnaval y Jeanette Collard de los Juegos Florales.”

Y siguen corriendo los desfiles de carros alegóricos. A las tamboras regionales se han sumado los mariachis y las redovas. En Olas Altas nadie se llama como se llama. Los codos se entrelazan y los ojos se arrugan con las “espantasuegras” y las serpentinas y los confetis. Allí se desborda el pueblo y rebasa la Cueva del Diablo hasta la Jabonería. Ya no hay carruajes, ni arañas, ni canciones románticas, pero queda el empuje y la tradicional alegría del mazatleco que no olvida lo suyo. Que es tradición y razón de ser de su esencia.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 8, páginas 28-30.

 

Puerto de Mazatlán, Olas Altas, Carnaval

Vista de la Playa Olas Altas en Mazatlán, Sinaloa, México; donde se desarrolla el CARNAVAL

 

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Orígenes del carnaval de Mazatlán
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Como inició las festividades carnestolendas en el puerto sinaloense de Mazatlán-México

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