Capuleto de Mazatlán

December 8, 2014

 

Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

Uno de beisbol

 

CAPULETO DE MAZATLÁN

 

Por: Dámaso Murúa

Mire amigo, yo se lo digo, cuando vaya pa’ Culiacán no les crea lo que le cuenten. Esos hijos de La Brecha, son puros hijos de Sataya, todos se apellidan Zazuetas y dicen que juegan requetebién al beisbol, nomás porque una vez que les salió un bateador trancudo como el Pablo Bueno, ya se sintieron hijos de Rudy Regalado.

Como usted es agente viajero, se las van echar reduras. Esos culichis, pa’mí que nó. Que son relargos, argüenderos, presumidos y peludos. Me cá’in siempre regordos. No los puedo ver, por eso y por otras historias, me peleo con ellos todos los años el mes de septiembre, en al Salón Bugambilia de la Capirucha, hasta que los dejo trompeados, muy dolidos de acá, nomas nosotros. Tampoco no nos pueden ver ellos, qué le voy a decir. Yo no le echo mentiras, no estoy acostumbrado a mentir. Usted, cuando llegue a vender los envases de la City Obregón, ahí le van a decir que a un sinaloense y a un sonorense, no se le puede decir mientes, porque te tumban los dientes.

Pero esos coricos de la Universidad de Sinaloa, me caen en el puro puente negro de los dos ríos de mis odios caniculares. Esto, no lo entiende usted ni lo entenderá, ni me importa que lo entienda porque me lo platico solo. Pero se lo prevengo. Allí en Culiacán dicen que son los que mandan, que siembran tierras verdes porque tienen ríos grandes, pero no sirven pa’l béisbol. Acá, nosotros empezamos jugando antes que ellos, pues del mineral del Rosario nos brincaron los guantes y los garrotes; no les crea nada, mi amigo. Los de bigotito, unos cejudos como griegos, esos son más mentirosos. A esos les respeto a sus hermanas porque son bonitas, puras diosas de la mitología homérica, mi cuate, pero nada más. En lo demás, son habladores. Talludos, cuenteros, que la tráin dolida desde que les echamos encima unos letreros aéreos diciéndoles “Tienen un Ford en su futuro”. Como el Whitey Ford se iba desde Olas Altas al estadio y llegaba y les partía todo el diamante a los guindas del Estadio Ángel Flores, no nos la perdonan. Si el chaparrito Whitey llegó a las Ligas Mayores fue porque aquí aprendió muchísimo. Daniel Ríos le enseñó a tirar el sinker, la nudillera y la de tornillo, esa que también tira el Gordo Valenzuela, quien jugó primero en Aguaverde con Daniel, antes de irse a Las Mayores. Esos de Culiacán, mi cuate, de veras que nomás presumen.

Una vez que nos ganaron una serie de tres juegos, allá por los cincuentas, llevaron la banda al estadio y nos tocaron en todo el partido, las canciones del Cinco de Chicle, Los Sufrimientos y el Toro Mambo. Hasta el Pácharo se asustó. Pero yo se que ganaron porque Memo Garibay se había enfermado del estomago y a la Mala Torres le quitaron dos outs claritos, grandes de dos partidos de esa serie. Hijos de su tacuarinera existencia, cómo me cáin mal. Se creen la Novia de Culiacán, todos juntos. Andan vestidos de novia, como si todos los días se fueran a casar. Pero a escondidas se vienen desde El Salado a buscarnos a las mujeres. Condenadas paisanas, no sabemos qué les ven a esos peludos centavudos, tacaños y presumidos. ¡Ah, mi agente vendedor, si viera usted qué tirria les tengo! ¿No se me nota bien?

Mire mi amigo, le voy a contar lo que me pasó en unos juegos nacionales. Yo me fui a ver a la selección de este marismeño estado, que es el mío y también el suyo si se declara mi enemigo, pero ya, de esos culichis. Estaba harto de ver la masquiña de los chilangos que para jugar béisbol, nomás Beto Ávila y por jarocho de los tronqueros. La selección iba infestada de culichis. Hasta de Pericos sacaron a un pitcher que se parecía en la fachada al Joe Brovia, un vaquero texano que traía pistola en el bate. Flacón y prieto, al pitcher ese le metieron una tranquiza en el Parque Delta, que ya ni la fregaron. El Pachuco Zazueta tiene la culpa. ¿Por qué no nos seleccionaron?, canijos envidiosos, ni que los fuéramos a borrar del mapa hasta en los campeonatos nacionales. Pura envidia, mi cuáis, pura envidia porque de beisboleros no nos sacan a bailar y nosotros puro pazcola con ritmo y bateo sincronizado.

En ese campeonato, le digo, ya por el noveno inning, salió el cuarto bate de los culichis. Un chivero grandote, cuadrado cual pescador de barco, con paso de pistolero como El Gitano, se paró en el plato de los balazos y que se escupe las manos, rasca la tierra como toro taimado, amaciza el bate y luego todavía se quita la gorra. Le salió un cadillal de pelo, que hasta a mí me dio vergüenza. Uno de Los Mochis dijo: ¿Y a ese tonto de dónde lo sacaron? Traía más pelo que monte hay en la sierra de Sinaloa cuando llueve a principio del verano. Pero se la retacó en la cachucha con una “S” que andaban ensuciando esos culichis, y zas, que se para frente a uno de Oaxaca y que le atiza un leñazo, ay mi amigo, un leñazo como los que pegaba Héctor Espino, cuando era joven. Hasta por el marcador del estadio de la capirucha, hasta ahí metió el bolazo, ese tonto de Varejonales, que era pura caña bateadora. Que dizque no quiso ser beisbolista, que le iba mejor de contrabandista de camarón o de marinero con dólares. Ahí está la falla, mi cuate, ni cuando tienen los culichis a un gran jugador, saben distinguirlo. Ese paisano hubiera bateado cuatrocientos o quinientos jonrones en las Mayores, y con los Yanquis. Luego me contaron en la escuela, que porque sabían los de la tacuarinera tierra, que había hecho la Preparatoria en Mazatlán, por eso se habían ensañado con el tonto de Varejonales. Canijos, qué envidiosos esos culichis legumbreros y campesinos con centavos. Me caen remal, nunca dejarán de caerme mal. Los odio, hijos del Bachoco Power.

A lo mejor le toca todavía ver el letrero negro con letras blancas que escribieron en el puente del río Tamazula. Llorando porque habían perdido con nosotros desde el mes de enero el campeonato, le rogaban al Rudy que no se fuera, que los iba a dejar desprotegidos, como si su mamá bateadora se le fuera con los Indios de Cleveland. Le pusieron escrito los muy llorones: NO TE VAYAS RUDY. Jajajay, ahí esta la prueba. Les habíamos tronado las bardas. se las dejamos agujereadas en el mes de diciembre. Creían que el Rudy Regalado los iba a salvar con sus leñazos kilométricos. Eso fue una prueba más para que me cayeran pero querequete en la trompa del ombligo. No sintieron la garrotiza sino la burrada llena de leña, porque por cargas se las dejamos caer. Bueno, ese año de la Costa del Pacífico en que fuimos campeones, hasta al Zurdo Luna le pegamos unas leñizas vengadoras que no sólo Daniel Ríos las disfrutó sino también Memo Garibay y hasta la Mala Torres se blanqueó de vino festejante un día de ese año. No nos vieron ni el polvo esos culichis parvuleros de la pelota. Son nomás principiantes, novatos que presumen porque les regalaban por cada jonrón, una canasta de abarrotes de la tienda del Chino Ley. A ver si ahora se las regala el canijo Chino, a ver si es cierto.

 

Del libro Palabras Sudadas

Tomado de: Brechas, Órgano de Difusión Cultural de la Región del Évora, número 30, Guamúchil, Sinaloa, otoño de 1994.

 

Relatos beisboleros de Sinaloa, México

Epitacio Mala Torres, jugador de Venados de Mazatlán

 

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Capuleto de Mazatlán
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Un relato beisbolero del estado de Sinaloa, la rivalidad deportiva de dos ciudades Culiacán-Mazatlán

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