Aquel 30-30

November 29, 2014

Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

AQUEL 30 – 30

 

Por: Reinaldo González Jr.

 

 

La lluvia como finos guijarros de cristal caía en flecos sobre la jiba azul violáceo del silente cerro de San Nicolás. El cemento de la placita de Cosalá brillaba y la lluvia, chicoteando, nos había aislado en una de las refresquerías en la que aparte de nosotros, unas cuantas gentes más se cobijaban bajo el techo que muy pronto empezó a gotearse, en tanto que contínuamente nos deslumbraba el flash intermitente de los relámpagos.

De codos en la mesa, y frente al módico lugar, — un hombre todavía joven, con nieves en las sienes, barba descuidada al igual que su traje—, aspiraba con fruición el humo de su cigarrillo, y sus ojos tenían un no sé qué de expresión hipnótica sobre todos nosotros.

Anochecía y la lluvia pertinaz continuaba cayendo sobre el rojo tejado del caserío, produciendo un ruido somnífero y molesto. La conversación animada y alegre se había ido terminando y cortos monosílabos indicaban su fin próximo. Un aire húmedo, —olor a tierra mojada—, nos besaba con fina caricia y ello acicateaba el deseo de retirarnos todos al hotel y descansar de una buena vez.

De repente y como algo inusitado, la conversación dio un viraje, cuando no se qué platicaba sobre un médico amigo de aquí de Culiacán, que le había pasado un difícil caso en su profesión y fue ello, según creo, lo que hizo que el galeno principiara a hablar con voz en sordina y haciendo pausas, — recesos de la memoria —, sobre algo que vale la pena referir.

Era más o menos como a esta hora. Ya había terminado de cenar y viendo que la lluvia arreciaba, me disponía a leer mis dos o tres periódicos que me llegan, cuando mi mujer desde la puerta me habló: — Ricardo, aquí te buscan…

— Créanme que y de esto son testigos todos los vecinos de aquí, siempre estoy dispuesto a salir y atender al cliente que sea; pero en esa ocasión algo me hablaba en toque de queda al corazón, de que no debía hacer caso y no salir mucho menos. Mi mujer volvió a decirme: —Ricardo, aquí te buscan y parece que se trata de algo serio.

“Fuí a donde estaba mi mujer parada entre defendiendo la entrada y cumpliendo con el cliente, cuando pude al fin ver la cara de quien necesitaba mis servicios a esa hora y con un tiempo como el de esta noche.

— ¿Qué desea? ¿Para qué me ne¬cesita…?

—”Doitor”, —oí que me hablaba una voz en tono suplicante—, no deje de venir conmigo por su santa madrecita. Mi mujercita se muere… está muy mala… ande…

¿Qué tiene?

— Está pariendo y es “primeriza”, ande vámonos en caridad de Dios, aquí esta cerquita, aquí nomas en “La Cholula“, ande…

“Y con todo, muy a pesar de que algo me decía que no fuera, eché en mi maletín lo que creí más indispensable.

“Chapoteando lodo, arreciando más y más la lluvia, ensopados y yo tras el individuo aquel que desconocía, muy a pesar de haber ido muchas veces a ese lugar, para atender enfermos míos, la cara de aquel hombre apenas si pude divisar algo de sus rasgos a la luz azul—plata de los relámpagos.

“Llegamos. Un perro nos ladró y bien claro percibí por sus gruñidos que mi presencia, por desconocido, no le era grata. En el interior del jacal, y tirada en el suelo sobre un petate y cubierta con una sábana mugrosa, ahí estaba la primeriza retorciéndose y gimiendo sordamente. A un lado, una vieja le sobaba la frente y no sé qué le decía tratando de calmarla.

“—Ahí la tiene “doitor”…

“Antes no creía en eso que llaman las corazonadas. Ahora sí las creo y las creo como que está lloviendo.

Lo que sufrí esa noche fue algo inolvidable. La parturienta, además de ser un caso difícil, — se trataba del advenimiento a este mundo de unos cuates—, amén de que necesitaba elementos, que no los tenía a la mano para ello, ni tiempo qué perder, estaba grave, y mi deber me imponía maniobrar rápidamente pasase lo que pasase.

“Ayudado, —si ayuda puedo llamar a la vieja que me asistía con el agua hervida, los pocos algodones y gasas que milagrosamente llevaba en el maletín —, empecé digo, a trabajar en el caso. Sudaba copiosamente, y con la manga de la camisa me quitaba el sudor en tanto que no me había dado cuenta que a mis espaldas callado, silenciosamente, me miraba el esposo de la enferma.

“Por fin una forma humana, pequeña y ensangrentada me sirvió de alivio y triunfo. Ahora a continuaron el segundo. •

“Maniobraba febrilmente mientras que la parturienta ya sin quejarse era una masa inerme, una masa y nada más. Le tomé el pulso, — ¿era pulso realmente aquello?— y de pronto me atemoricé… no era posible continuar en esas condiciones y fue entonces cuando me volví inconscientemente, para ver al hombre que me había llamado, que sentado y con los dedos de las manos apretados, me contemplaba como un idiota y tenía firme los ojos puestos en mí. Casi puedo decir que si alguna vez he visto el odio reflejado en un ser humano eso fue ahí.

—”Doitor”, no deje que mi mujercita se me muera, es lo único que tengo, no me la deje morir, no me la deje morir…

“Trague saliva como se dice, e iba a continuar en mi tarea cuando oí que mi cliente me hablaba con la frialdad de la hoja de un cuchillo:

—”No me la deje morir, “doitor”, porque si se muere… y dio un grito mezcla de fiera y de humano para luego continuar: ¡si se muere, “doitor”, si se muere…!

“No pude contenerme, me puse en pie y mire atrás. Atrás de él, allá en la semioscuridad de la otra cachimba, un 30-30 descansaba arrimado a la pared y pude distinguir perfectamente bien todas sus piezas: desde su culata, su largo cañón, hasta el gatillo que parecía burlarse de mí…

“Han pasado los anos. Uno de los cuates murió a las pocas horas de nacido. La mujer aquella se salvó de puro milagro y el hombre que necesitara mis servicios profesionales aquella atroz noche, todos los años me envía desde el mineral de “Nuestra Señora” donde ahí trabaja, ya la cesta con “blanquillos”, la carga de elotes o lo que sea… pero nunca, nunca, créanmelo ustedes, olvidare aquel 30-30″…

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 1, página 33.

 

Rifle 30-30

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Aquel 30 - 30
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Cuento sobre los temores y riesgos de los médicos en el ejercicio de su profesión

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