Héroes de la Intervención Francesa en México

 

ANTONIO ROSALES, SOLDADO DE LA REPÚBLICA

 

 

Por: Antonio Nakayama

Corría el año de 1923. Gobernaba al país Álvaro Obregón, caudillo militar que naciera en Sequísima, Son., y quien fiel a las tradiciones históricas de su región, conocía perfectamente las gestas del general Antonio Rosales, ameritado patriota que destacara en la lucha contra los franceses y sus aliados los imperialistas, y quien habiendo muerto en combate en Álamos, fue sepultado en el panteón de ese lugar. Obregón tenía el convencimiento de que la humilde necrópolis de aquella ciudad no era marco adecuado para custodiar los restos del héroe, cuya dimensión histórica lo hacía merecedor de que se le albergara en un sitio más digno, no porque Álamos no lo fuera, sino porque la categoría del prócer reclamaba ese honor. Así que, encontrándose en la cima de su poderío político y militar, el presidente firmó el acuerdo correspondiente: Antonio Rosales reposaría en la Rotonda de los Hombres Ilustres de la ciudad de México, y cumplimentando el ordenamiento, las cenizas fueron exhumadas para llevarlas a la capital del país; a su paso por Sinaloa recibieron un imponente homenaje del pueblo y los gobernantes, especialmente en Culiacán, ciudad en la que vivió, tan cercana al pueblo de San Pedro donde tuvo su cita con la gloria, y de allí las reliquias siguieron su peregrinación hasta llegar a México, donde en solemne ceremonia fueron reinhumadas en el sitio donde el pueblo de México sepulta a sus pro-hombres.

Decir Antonio Rosales equivale a vivir una página de la historia de México, y muy en particular, de Sinaloa. Su nombre trae a la memoria la etapa trágica y dolorosa en que el país vio hollado su territorio por soldados extranjeros; combates desiguales entre patriotas e invasores, en los que la superioridad técnica y numérica de éstos era igualada por el amor a la libertad y a la independencia que sentían los mexicanos; etapa de sacrificios, pueblos incendiados y mujeres violadas por la vesania y las bajas pasiones de los extraños que sólo eran dueños del suelo que pisaban.

En un libro de bautismos correspondiente a los años de 1818 a 1823, que existe en la parroquia de Juchipila, Zac, a fojas 237 frente, aparece un acta de bautismo que dice:

En el Pueblo de Juchipila, en trece dias del mes de Julio del año de mil ochocientos veintidós: Yo el Ber. Dn. Narciso Bustamante, Cura propio de esta Parroquia, Bauticé solemnemente en esta Santa Iglesia Parroquial a José Antonio Abundio de Jesús, que nació el dia once del corriente a las diez de la noche, hijo legítimo de Don Apolonio Rosales y Doña Vicenta Flores. Abuelos paternos don Justo Rosales y Doña Josefa Serrano; Abuelos maternos Don Nicolás Flores Alatorre y Doña Josefa Carrillo, Padrinos Don Pablo Núñez y Doña Teodosia Flores Alatorre á quienes advertí su obligación y parentesco espiritual: En fé de ello lo firmé. — Narciso Bustamante. — Una rúbrica. — Al margen se lee José Antonio Abundio, español, Juchipila.

Es posible que don Antonio Rosales haya estado emparentado con el bravo insurgente zacatecano don Víctor Rosales, quien tras de brillantes campañas murió en la defensa de Ario, Mich., pueblo que ahora, en su honor, se llama Ario de Rosales. Por el tenor del acta arriba transcrita, los padres de nuestro biografiado, creemos, eran criollos, y aunque no tenemos noticia concreta de su estado económico, suponemos que poseían lo suficiente para poder costear estudios a su vástago. Así, cuando éste terminó la enseñanza primaria lo enviaron al Seminario Conciliar de Guadalajara para que cursara la carrera de Leyes, y allí se encontraba cuando se vino la invasión norteamericana. Su amor a la patria pudo más que el interés de la carrera, por lo que se dio de alta en la Guardia Nacional, habiendo pasado lista de presente en los combates de Resaca y Palo Alto y en la defensa de Monterrey. Al firmarse la paz entre México y los Estados Unidos, regresó a Guadalajara, pero ya no reanudó los estudios, sino que se dedicó al periodismo y tal vez a litigar para poder sustentarse. Fundó un periódico denominado El Cantarito, en el que hizo gala de sus ideas liberales, lo que le costó sufrir prisión en un cuartel de la ciudad tapatía. Después publico otro que llevaba el título de El Pandero, que ostentaba el siguiente epígrafe:

Jarabe, jota bolero,

Por danzar yo desenfrailo,

Rascando alegre pandero

Al son que me tocan bailo.

Empujado no sabemos por qué causas, pero es posible que debido a persecuciones ideológicas, abandonó Jalisco y fue a parar al puerto de Mazatlán, donde luego dio a conocer su ideario liberal; esto hizo que el gobernador y comandante militar, general Miguel Blanco, lo desterrara al pueblo de Choix, donde le sorprendió la proclama del Plan de Ayutla y la estrepitosa caída del dictador Santa Anna. Ignoramos cuáles fueron sus actividades en ese período, pues parece que no salió del poblado, pero cuando don Pomposo Verdugo asumió la gubernatura por designación que le hizo el presidente de la República, general Juan Álvarez, Rosales fue llamado por el nuevo gobernante para que desempeñara el cargo de oficial mayor de la Corte de Justicia, y más tarde lo nombró secretario particular. Después fue designado redactor del periódico oficial y secretario de Gobierno, y con este carácter le tocó en suerte jurar la Constitución de 1857 en unión del gobernador interino Dr. Miguel Ramírez, ya que don Pomposo, por motivos de conciencia se resistía a prestar el juramento, lo que al fin tuvo que hacer. Parece que a pesar de la discrepancia que había en sus ideas, Verdugo y Rosales se avenían bien, y es posible que la presencia del segundo sal vara al gobierno, pues no obstante que el gobernador era conservador, no tuvo empacho en que las nuevas ideas, representadas por su secretario, predominaran en el régimen, al igual que había hecho “El Nigromante” durante el gobierno del coronel Francisco de la Vega. Los enemigos del gobernador, que no perdían ocasión para molestarlo, lo acusaron ante el gobierno federal de varios delitos, y entre otras cosas manifestaron que Rosales era absoluto y es muy posible que ambos hayan discutido el asunto, llegando al acuerdo de que don Antonio renunciara al puesto para lanzar su candidatura para diputado federal, como en efecto sucedió, y habiendo obtenido el triunfo partió para la ciudad de México, donde puesto su caso a discusión, se dictaminó la nulidad de la elección.

Permaneció en la capital del país durante algún tiempo, y de allí salió con el nombramiento de jefe político del cantón de Tepic. Se encontraba en la ciudad de ese nombre cuando la guarnición de Mazatlán se pronunció por el Plan de Tacubaya, que fue secundado por el gobernador, general José María Yáñez, lo que le hizo expedir un manifiesto al pueblo tepiqueño reprobando la actitud de los militares mazatlecos, pero a su vez tuvo que sufrir que los soldados de Jalisco también secundaran a Comonfort y nombraran a otro jefe político, lo que le hizo unirse a las fuerzas liberales para luchar contra el nuevo régimen; prestó sus servicios en las fuerzas de Jalisco, y se distinguió en el sitio de Colima. En 1859 regresó a Sinaloa, que se hallaba totalmente libre de conservadores merced a los esfuerzos del Gral. Ignacio Pesqueira y de don Plácido Vega, que se encontraba al frente del gobierno del estado, y quien desde luego lo nombró secretario, y en este cargo tuvo que sortear algunos problemas difíciles que se presentaron al régimen. Sin embargo, entre el gobernador y el secretario las cosas no caminaron muy armónicamente. Plácido Vega era autócrata, y Rosales de un genio muy vivo, así que pronto vino el rompimiento y don Antonio Rosales renunció para reingresar al ejército.

A principios de 1860 Rosales se encontraba en Escuinapa, al frente del Batallón Ligero de Sinaloa, cuando tuvo la noticia de que Manuel “Tigre de Álica” Lozada iba en dirección a Sinaloa llevando 1 500 soldados. Ante la gravedad de la situación se dispuso a defender la plaza, aunque sólo contaba con poco más de 200 hombres. Combinó su plan de defensa con Ramón Corona, que se hallaba en El Rosario con un piquete de caballería. A Rosales se le conoce por su heroica gesta de San Pedro, pero la defensa que llevó a efecto en Escuinapa fue algo admirable, pese a que no logró el triunfo.

El día 7 de febrero por la mañana, Lozada se presentó ante el poblado, al que desde luego puso sitio, y a las 10 empezó el combate. El caudillo indígena atacó vigorosamente a los defensores,

[... ] que se hicieron fuertes en dos plazuelas unidas que había en el centro de la población, la cual fue asediada por los soldados reaccionarios. En aquella angustiosa y desesperada situación, el coronel Rosales ordenó dos ataques sucesivos sobre el enemigo, ataques que fueron dados con tanta bizarría y con tan buena dirección, que los conservadores perdieron terreno y dos piezas de montana. Rasgos de valor tan heroico, entusiasmaron a los soldados de Rosales, que esperaban ansiosos las infanterías que Corona tenía orden de hacer marchar del Rosario en auxilio de los liberales. A las tres de la tarde ya el coronel en jefe comprendió que sus órdenes no habían sido cumplidas y que los deseados auxilios no llegarían, y apremiado por lo difícil y angustioso de las circunstancias, tomó una resolución suprema en los instantes en que Lozada había mandado incendiar el caserío de la población, irritado por la tenaz y gloriosa resistencia que le oponía un puñado de valientes, encabezado por un hombre que desde aquellos momentos tomó el aspecto de héroe. El incendio cundía al centro de la población y Rosales y sus fuerzas se veían envueltos en un círculo de siniestras llamas y rodeados por todas partes de enemigos, cuando dispuso romper el cerco y abrirse paso en medio del incendio y de los proyectiles reaccionarios. Aquélla era una heroica resolución inspirada en un noble sentimiento. De llevarse a cabo se cubrían de gloria las armas liberales, mientras que entregándose en poder de Lozada se cubrían de ignominia y de baldón. La muerte era casi segura y no obstante esta convicción todos siguieron a Antonio Rosales, que se lanzó a la cabeza de sus tropas y que a viva fuerza se abrió paso entre sus tenaces sitiadores, dejando escrita con este hecho de armas la página más brillante de la historia sinaloense… ¡Y cuán heroica no sería la acción de Escuinapa que aun el mismo Lozada no vaciló en hacer mérito del valor y de la resistencia que le opusieron los soldados de Rosales!

El combate de San Pedro llenó de gloria a don Antonio porque en él derrotó al invasor extranjero que aventajaba a los soldados mexicanos en el aspecto técnico y del armamento, pero en esa ocasión, los contingentes estaban más o menos nivelados. En Escuina¬pa ocurrió algo distinto: 1 500 lozadistas y un anillo de llamas lo tenían cercado. Solamente contaba con algo más de 200 hombres, y tenía frente a sí a un enemigo de mucho respeto: “El Tigre de Álica”; sin embargo, su decisión y su calor hicieron el milagro de salvarlo junto con sus soldados, pues Lozada no se andaba por las ramas para tratar a sus enemigos.

Para solemnizar el brillante hecho de armas, don Plácido Vega y Dasa decretó la erección de un monumento en Escuinapa, que perpetuara la memoria de los valientes soldados allí caídos; además, mandó que las viudas y los hijos de los que cayeron recibieran las pensiones a que tenían derecho.

Terminado el peligro de la invasión lozadista, el Gral. Vega partió hacia el sur, a invitación del Gral. Pedro Ogazón, para hacer la campaña en Jalisco; llevaba 2 500 hombres, entre ellos el coronel Rosales. En las Lomas de Ixcuintla, los liberales sostuvieron un combate contra los conservadores que dirigía el Gral. Jerónimo Calatayud, a los que derrotaron completamente; en el campo murió el propio Calatayud. En esta acción, el valor y el denuedo de Rosales se pusieron nuevamente de manifiesto, y con Domingo Rubí formó la pareja que más se distinguió en el combate.

Al partir para Jalisco, el Gral. Vega dejó al frente del gobierno al Lic. Francisco de P. Maldonado, quien pronto dejó el cargo por dificultades que tuvo con el jefe de las armas, Corl. Fortino León. Este nombró gobernador al Dr. Luis Lerdo de Tejada, pero la designación dio motivo a que algunos militares y políticos descontentos con Vega tramaran una conjuración, y el 5 de julio se pronunció en Escuinapa don Remedios Meza, proclamando un plan en el que se hablaba de exigir responsabilidades a don Plácido y al coronel León, lo que obligó a este último, a Rosales, al Dr. Miguel Ramírez y a Adolfo Palacio a marchar a Escuinapa donde tuvieron una jun¬ta con Meza y lo obligaron a modificar sus exigencias en lo que a Vega y a León se refería. Mientras tanto, el gobernador efectuó una reunión con jefes militares leales, los que acordaron dar su respaldo al régimen; después de esto, Lerdo de Tejada renunció, haciéndose cargo de la gubernatura el coronel León, y el primero de sus actos fue combatir a los revolucionarios que siguieron a Meza, lo que llevó al cabo con todo éxito. La participación de Rosales en el movimiento le costó ser desterrado de la entidad, mas en Colima encontró a don Plácido, quien lo perdonó para que pudiera regresar a Sinaloa, donde volvió a chocar con el caudillo, pero como en esta ocasión las cosas se aclararon debidamente, pudo permanecer en el estado.

La amenaza conservadora todavía se cernía sobre Sinaloa, y no tardó en convertirse en realidad cuando el aventurero español, Gral. Domingo Cajén, gobernador de Durango, se aprestó a invadir al estado, obligando a don Plácido a declarar a Mazatlán en estado de sitio y a organizar sus fuerzas con los batallones que estaban a las órdenes de Fortino León, Rosales y Márquez de León. Las tropas conservadoras llegaron a El Espinal el 26 de octubre, y en la tarde de ese día en que estaban tomando alojamientos, cayó por sorpresa Domingo Rubí al frente de 80 jinetes y en una carga relámpago les hizo 14 bajas, llevándose pertrechos de guerra y acémilas. En la madrugada del día 27, ambos ejércitos chocaron en un tremendo combate que al final se resolvió en favor de los liberales, haciendo que las fuerzas de Cajén se desbandaran. En esta acción, la temeridad y el valor de Rosales fueron un factor decisivo para la victoria.

Algunos incidentes en el estado de Sonora, hicieron que don Plácido Vega tomara la decisión de ir a auxiliar al Gral. Ignacio Pesqueira, y cuando los preparativos estaban ya listos, se descubrió un complot urdido por Antonio Rosales y don Adolfo Palacio, los que fueron aprehendidos, reducidos a prisión e incomunicados. La medida fue justa ya que don Antonio venía haciendo objeto de su animadversión al régimen de Vega y se comprobó la conjuración, mas como el procedimiento legal adoleció de fallas, el Poder Ejecutivo y el Judicial entraron en contradicción, haciendo que don Plácido optara por desterrar a Rosales.

La intervención francesa motivó que el Gral. Vega organizara la Brigada Sinaloa, a la que llevó a la altiplanicie para pelear contra los invasores. Dejó al frente del gobierno al Gral. Jesús García Morales, quien poco después lo entregó al Gral. Manuel Márquez de León por disposición del gobierno federal. Este hecho fue aprovechado por Rosales para regresar al estado con el cargo de prefecto de Culiacán y comandante militar del mismo lugar, mas don Plácido, a quien no convenía la presencia de Márquez en el gobierno, recurrió al presidente Juárez para que se le cambiase al servicio activo y con este motivo, de nuevo se hizo cargo de la gubernatura García Morales. Despechado, don Antonio organizó un movimiento contra el gobernador, y en plan de rebeldía sacó de Culiacán a la Guardia Nacional y se encaminó a Cosalá, pero los soldados lo desconocieron y en bien poco escapó de morir, ya que la tropa le hizo fuego y solamente la ligereza de su caballo pudo salvarle la existencia. Viéndose perseguido por el gobierno local, salió de la entidad y se dirigió a México; al no encontrar colocación, tomó la determinación de ir a refugiarse en San Francisco, Calif.

Don Plácido Vega fue comisionado por el presidente Juárez para que marchara a los Estados Unidos a comprar armamento, y con ese motivo el Gral. Jesús García Morales siguió al frente del gobierno de Sinaloa, y ya en la ciudad de San Francisco, Calif., donde estableció su domicilio, recibió 2 llamadas de auxilio: una de Jorge Carmona y la otra de Rosales. Ambos le solicitaban les ayudase con los pasajes para regresar al país y luchar contra los franceses, así que no tuvo empacho en regalárselos pese a la amarga enemistad que le profesaban. Carmona volvió a México y lo primero que hizo fue vestir el uniforme de las tropas de Maximiliano, y en cuanto a Rosales, tan pronto llegó a Mazatlán se puso de acuerdo con Ramón Corona para tirar del gobierno a García Morales, lo que verificaron mediante una asonada que pretendieron justificar con el Plan de EI Rosario, y de este modo llegó don Antonio a la gubernatura.

La presencia de los franceses en Mazatlán obligó a Rosales a dirigirse a Culiacán. Los invasores llegaron por mar, pero al mismo tiempo arribó por tierra en grueso ejército de lozadistas que emprendieron la persecución de los republicanos; les dieron alcance en La Puerta del Habal y los sorprendieron cuando se hallaban descansando, y solamente el valor de Rosales pudo hacer que sus hombres salieran triunfantes.

Ya en Culiacán, el jefe republicano recibió la noticia de que los franceses proyectaban tomar esa ciudad, y que para el efecto habían enviado por mar una expedición al mando del comandante Gazielle. Los invasores, auxiliados por tropas imperialistas embarcaron en Mazatlán en la fragata Lucifer y llegaron al puerto de Altata el 21 de diciembre, de donde enviaron a Rosales unas cartas firmadas por Jorge Carmona y el filibustero español Gral. Domingo Cortés, en las que lo invitaban a pasarse al partido de Maximiliano. El gobernador les contestó de manera cortés en forma negativa, y comenzó a reclutar gente para combatir a los franceses. Jornaleros, aguadores, mozos de cuerda y demás gente del pueblo quedaron encuadrados en las fuerzas regulares que, encabezadas por el propio Rosales, partieron rumbo a la costa, y el día 22 del mismo mes, en el pueblo de San Pedro, se enfrentaron los patriotas a los invasores e imperialistas; el resultado es bien conocido por todos. El desarrollo del combate se ha repetido hasta la saciedad y no es necesario describirlo. Antonio Rosales recibió el beso de la gloria, y los reaccionarios de Culiacán la sorpresa más grande de su vida; a esto se agregó la humillación de ver cómo los modestos chinacos se regalaban con el banquete que habían preparado para los galos.

Desgraciadamente para Rosales, la asonada por la que llegó a la gubernatura selló su destino. El presidente Juárez, si bien quedó lleno de satisfacción por el triunfo de San Pedro, que ganó a don Antonio la banda de general, estaba indignado por el cuartelazo a García Morales, pues había sido perpetrado en un momento en que la situación del país era crítica y nada propicia para que los jefes militares exhibieran mezquinas ambiciones, pues México necesitaba la unificación de sus hijos. Así, el 29 de octubre el presidente envió a Rosales una carta en la que, en forma amistosa pero enérgica, contestaba a la que don Antonio le había escrito comunicándole que se había hecho cargo de la gubernatura después de haber tirado del poder al Gral. García Morales, pidiéndole diera su reconocimiento al estado de cosas que reinaba en Sinaloa. El señor Juárez ya tenía antecedentes de las indisciplina de Rosales, pues ya antes, con motivo del frustrado complot que había intentado contra el gobernador, el presidente había girado instrucciones al Gral. Patoni para que no le diera colocación, y dio las órdenes pertinentes para que fuera procesado; así que ahora, al contestarle, le dijo entre otras cosas:

[...] Mucho celebro que usted mismo, con su buen juicio, conozca que no ha habido legalidad en todo lo que se ha hecho para desconocer al Sr. Morales… y me hace esperar que la resolución que el Gobierno ha dictado sobre este negocio… dará el resultado que me he propuesto y es, que la paz y el orden legal se restablezcan en ese estado, utilizándose en la defensa nacional los servicios de usted y de todos los que empuñan las armas en ese puerto.— … el Gobierno no puede, sin faltar a su deber, dar su aprobación a la destitución violenta de un funcionario que el mismo Gobier¬no nombró y a quien sólo el Gobierno podía quitar legalmente… —Si había razones poderosas para que el Sr. (García) Morales dejara el mando debieron exponerse de un modo racional y pacífico y no a mano armada y el Gobierno las hubiera atendido, porque no mantiene a las personas en los puestos públicos por capricho, sino por el bien público; pero desgraciadamente se eligió un camino vedado por nuestras leyes, usurpándose al Poder Supremo sus facultades, con lo que se ha dado un triunfo al enemigo que, para justificar su inicua intervención alega incesantemente que en México no hay más que anarquía, porque cada cual hace lo que le parece, sin respetar las leyes y sin obedecer las autoridades.

La actitud tomada por el presidente en relación a Rosales, fue aprovechada por Jorge Carmona para invitarlo a pasarse al campo imperialista, y en una carta que le envió desde Altata le decía lo siguiente:

…Usted comprende, querido amigo, cuál es su posición con el presidente Juárez. Usted jamás podrá unirse al Gral. Ramón Corona, único jefe militar que pudiera robustecer sus intentos; pero diametralmente opuesto a los rectos y puros procedimientos de usted, por su relajada y vandálica conducta… Por otra parte, el señor comandante superior de Mazatlán y el señor comandante en jefe de esta expedición, han visto con indignación el decreto en que don Benito Juárez pone a usted fuera de la ley, juzgando este hecho como atentatorio e injusto; ellos tienen el más vivo interés por ver a usted aliado al nuevo orden de cosas, orden en que positivamente impera la equidad y la justicia; yo, con el derecho de la amistad, le exhortó a usted a una adhesión inmediata…

Es posible que “Caramocha” haya escrito a don Antonio a instancias de los franceses, ya que lo conocía bastante bien y sabía que estaba hecho de una pasta diferente a la de él. Una cosa era que Rosales gozara tomando parte en motines, y otra que traicionara a la patria, pues en el aspecto de su amor a México era de una verticalidad asombrosa, y prueba de ello la dio en Álamos, donde ofrendó su vida en aras de la libertad de la patria.

En el mismo día 29 de octubre, el Ministerio de Relaciones Exteriores y de Gobernación dirigió un oficio al gobernador Rosales, en el que el gobierno general desaprobaba el movimiento de El Rosario y sus consecuencias, previniéndole que entregara el gobierno al Gral. Gaspar Sánchez Ochoa, y el 31 de diciembre, el ministro Lerdo de Tejada giró instrucciones al Gral. José María Patoni comisionándolo para obtener que don Antonio dejara los mandos civil y militar en manos de Sánchez Ochoa, y asegurándole al mismo tiempo que ninguno de los jefes que tomaron parte en la asonada sería castigado, pues el gobierno deseaba seguir aprovechando sus servicios en la defensa de la patria. Rosales, que no sentía el menor deseo de perder una situación que hacía mucho tiempo buscaba, y que inclusive tuvo frases despectivas para el señor Juárez por la actitud que tomó en el asunto, escribió al Ministerio de Relaciones Exteriores y de Gobernación, con fecha 8 de febrero de 1865, manifestándole que en relación al movimiento de El Rosario, la resolución tomada allí había sido espontánea; que por documentos que había enviado al señor presidente de la República, mostraba al primer magistrado “de un modo palmario, que el C. Sánchez Ochoa no sería obedecido, sin que por” su “parte pudiese pasar para inclinar en su favor la balanza”, y por lo que se refería a la comisión del general Patoni, que esto había venido a exacerbar la situación, y acusaba al citado jefe de que en el tiempo en que entró en Sinaloa persiguiendo al coronel Francisco Vega, había

[...] consumido gruesas sumas; el saqueo más escandaloso de las casas y comercios… y las cuantiosas extracciones de semovientes que para el Estado de Sonora y Sierra de Chihuahua se hicieron, esparcieron la consternación y el espanto y dejaron en la indigencia a porción de familias antes acomodadas.

Pedía Rosales al ministro que le tramitara con el señor Juárez el pasaporte necesario para regresar al extranjero, “de donde me trajo únicamente el ardiente deseo de consagrarme de nuevo al servicio de mi patria”, y que, como no tenía los recursos suficientes para llevar con el debido decoro, dentro y fuera del país, la categoría de general que le había otorgado el mismo señor presidente, hacía una anticipada y formal renuncia de su grado. Para terminar, indicaba que sólo la elección de Corona o de algún otro jefe de los que figuraban en la entidad, podría evitar la anarquía y la pérdida completa de los elementos de guerra que en ella había.

Sin embargo, haciendo honor a su carácter, Juárez fue inflexible en la determinación que había tornado, y Antonio Rosales tuvo que entregar el poder al Gral. Sánchez Ochoa, quien tomó posesión de los cargos de gobernador y comandante militar el 9 de marzo. Siguiendo las instrucciones que traía del presidente, el nuevo gobernante había estado en comunicación con el Gral. Jesús García Morales para que de nuevo volviera a la gubernatura, pero el ameritado militar sonorense, que era digno y patriota, tomando en cuenta las diferencias que podían suscitarse nuevamente, se negó a hacerse cargo del gobierno, por lo que el presidente convino en que Rosales lo ocupara de nueva cuenta; así pues, Sánchez Ochoa le entregó el cargo el día 14 de ese mismo mes.

Muy pronto don Antonio tuvo que arrepentirse de su alianza con Ramón Corona y de haberlo propuesto como indicado para llevar la gubernatura. Lo conocía físicamente desde los días en que don Plácido Vega levantó la bandera de la Constitución de 1857, pero nunca pudo penetrar en el pensamiento laberíntico del jefe jalisciense, quien desde que era un obscuro comandante, acariciaba ya su sueño de poderío. A don Plácido Vega no se atrevió a atacarlo abiertamente, pues el barbudo de El Fuerte era mucha pieza, nada menos que el hombre fuerte; pero ahora tenía la oportunidad en la mano. Antonio Rosales estaba prácticamente solo, pues sus fuerzas eran pocas, y Corona, obedeciendo una orden del gobierno ge¬neral había movilizado las suyas —bastante numerosas por cierto— hasta la zona central del estado, así que el gobernador se encontraba rodeado de gente adicta a don Ramón, !y qué gente! Si hubo tropas republicanas de negro historial, ninguna superó a las del jalisciense, quien desgraciadamente se había ganado su apoyo por la tolerancia que mostraba hacia sus actos de indisciplina y de pillaje. Las ambiciones de Corona no eran ningún pecado, sino algo muy natural en la naturaleza humana, pero el hacerse de la vista gorda ante los desmanes de sus hombres, constituyó la mayor sombra sobre su prestigio.

La ocasión para desbancar a Rosales no se hizo esperar. El 5 de mayo de 1865, el Gral. Ascensión Correa, jefe del Batallón Hidalgo y hombre de todas las confianzas de Corona, en contubernio con Francisco Tolentino, quien estaba al frente de la fuerza de caballería que estaba en Culiacán y era miembro también de las tropas de don Ramón, sorprendió a la guarnición que era adicta al señor Rosales, redujeron a prisión al Gral. Sánchez Román, al Corl. Rosalío Banda y a los tenientes coroneles Jorge García Granados y Francisco Miranda, obligando al gobernador a refugiarse en una casa particular. De esa manera quedó Correa como dueño de la plaza. No hubo el consabido plan político. Tampoco se firmaron actos de ninguna naturaleza, y la causa aparente del pronunciamiento fue la de la inacción de Rosales en las operaciones de guerra, exactamente la misma que los signantes del Plan de El Rosario habían esgrimido contra García Morales. Pero veamos lo que dice don Eustaquio Buelna sobre el asunto:

[-...] la voz pública, que todavía resuena en el teatro del suceso, culpa a Corona como instigador secreto del motín, imputándole celos por la reputación de Rosales, mala voluntad por la dura calificación que éste hacía de las fuerzas de aquél y deseo de disponer del mando supremo del estado en lo civil y militar [...]

Amistades de ambos protagonistas intervinieron para que las cosas volvieran a la normalidad, y arregladas las dificultades, Rosales expidió un manifiesto en el que informaba al pueblo sobre la solución a que se había llegado; pero el mal estaba hecho, y el vencedor de San Pedro, herido en su amor propio, buscó una entrevista con Ramón Corona, en la que le pidió el castigo de Correa, a lo que aquél se negó aduciendo que ya ambos habían llegado a un acuerdo. El gobernador estaba perdido, pues careciendo de fuerzas militares no podía tomar ninguna medida; insistió en el castigo del autor del motín y decidió que, en caso de no efectuarse, don Ramón debería hacerse cargo del gobierno. Optó por esto último y anunció su propósito de ir a Chihuahua a prestar sus servicios al lado del presidente de la República.

Corona utilizó el poder únicamente para ponerlo en manos de Domingo Rubí, valiente soldado que le guardaba una fidelidad perruna, pero que era sumamente ignorante. De esta manera el jefe jalisciense pudo ejercer su poderío político a través de interpósita persona.

Rosales había emprendido el camino hacia Chihuahua, mas en el viaje pudo reflexionar sobre lo que acababa de acaecer. El, que tantas veces conspiró contra don Plácido Vega para derrocarlo; que había tirado a García Morales, se veía ahora desposeído del gobierno por una maniobra de Corona. Su orgullo no podía tolerar esto, así que al llegar a Mocorito expidió un manifiesto en el que desconocía al gobierno de Domingo Rubí, y envió a Chihuahua al Gral. Sánchez Román para que defendiera su caso ante Juárez. Al saberlo Corona, comisionó a don Francisco Sepúlveda con el objeto de que abogara por la causa de Rubí. Luego, don Antonio citó al gobernador para que se viesen en el mismo Mocorito, y en la conferencia que allí tuvieron le propuso que trabajasen

[... ] de común acuerdo por la felicidad del estado y se preparasen a batir a Corona… y que él le conferiría el cargo de goberna¬dor que no pudo haberle dado el otro jefe, reservándose el mando militar, mientras el gobierno del centro disponía lo conveniente.

Mas, como dice Eustaquio Buelna, si Rosales obraba desatinadamente, impulsado por el despecho y lo difícil de su situación, Rubí, si bien ignorante, era dueño de un buen juicio, y esgrimiendo como pretexto que tendría que consultar a sus subalternos, aplazó por 3 días su resolución; volvió a Culiacán y envió aviso a Corona de lo que sucedía, a lo que éste le contestó que debería seguir al frente del gobierno, mientras el gobierno federal resolviese sobre el particular.

Pero si Rubí obraba con criterio a pesar de su ignorancia. Rosales, desesperado al verse privado del poder, tomó la descabellada actitud de desconocer a su adversario, y aprovechando las simpatías que encontró en los distritos de Mocorito, Sinaloa y El Fuerte, se puso a reclutar gente para combatirlo, haciendo que Rubí se movilizara hacia el norte, y tras de derrotar a las avanzadas de don Antonio llegó a Mocorito y se dispuso a marchar hacia la villa de Sinaloa, donde aquél se encontraba. La hora era crítica para la República, y en Sinaloa, donde la zona sur estaba ocupada por los franceses, que no corrían riesgo de ser atacados porque las fuerzas de Corona habían recibido órdenes de marchar a Durango, y estaban acuarteladas en la región central, dos jefes republicanos estaban a punto de dar el bochornoso espectáculo de tramarse en una guerra civil, por la posesión del poder, de la cual el responsable sería Rosales, ya que Juárez había reconocido como gobernador al exminero de Pánuco. Afortunadamente para México, antes de que Rubí partiera para Sinaloa, su adversario le envió 2 comisionados, con los cuales le notificaba que había recibido noticias urgentes de Álamos, en las que se le avisaba que la dicha ciudad estaba amenazada por un cuerpo de franceses que habían entrado por Guaymas; que las tribus del Mayo y del Yaqui se encontraban en rebelión y que las autoridades del lugar lo invitaban a que, con la tropa a su mando, fuera a tomar parte en la campana contra los invasores e imperialistas. Le manifestaba también que había aceptado la invitación, por lo que deponía su actitud hostil contra el gobierno sinaloense; le pedía además que diera seguridades a los pueblos que le habían manifestado su adhesión y simpatía. Rubí no pudo menos que acceder, y Rosales partió para Sonora el día 2 de agosto.

Al frente de más de 500 hombres entró a la ciudad de Álamos, y de allí se dirigió a la región del río Mayo con el objeto de que los indígenas, que estaban en plan de rebeldía, se dieran cuenta de que había una fuerza que podía batirlos. Regresó a Álamos, pero tuvo que evacuarla por la proximidad de una fuerza imperialista al mando de Fortino Vizcaíno. Retornó a Sinaloa por Choix, y de allí pasó a El Fuerte donde no pudo encontrar ayuda, tal vez, como dice Buelna, “…por la influencia hostil de las autoridades puestas por Rubí”.

Tal parece que la mala suerte se había convertido ya en la compañera de don Antonio, pues durante el tiempo en que estuvo por última vez en el territorio sinaloense, vio cómo sus fuerzas iban mermando por la deserción, y cómo los jefes principales lo abandonaban, ya que el Corl. Rosalío Banda y el Tte. Corl. Jorge García Granados hicieron mutis. No cabe duda de que el destino de Rosa¬les estaba por cumplirse, pues inexplicablemente decidió volver a Álamos con sólo 210 infantes y 70 de a caballo, llevando como segundo al coronel, Dr. Antonio Molina. La ciudad estaba ocupada por los imperialistas al mando de don José María Tranquilino “El Chato” Almada, quien al conocer la proximidad del enemigo decidió evacuarla, y las fuerzas republicanas lo ocuparon el 23 de septiembre de 1865. Engañado el Gral. Rosales por los partes de que no había novedad, al siguiente día la tropa se dedicó a lavar su ropa y a dar forraje a los caballos, mientras que los oficiales tomaron un descanso. Por su parte, Almada, que había visto la inferioridad numérica de los republicanos, se había mantenido en las cercanías de la población y aprovechando el descuido de aquéllos, a las 11 de la mañana inició un arrollador ataque al frente de 500 soldados y 1 500 indígenas del río Mayo, que en 2 ó 3 horas hicieron trizas a Rosales y a su gente, que sufrieron la muerte de 105 soldados y oficiales, entre ellos los coroneles Molina, González y Prieto, y la pérdida de artillería, parque, bagajes y, lo que es más doloroso, allí cayó para siempre el general en jefe republicano.

La versión que publica Buelna sobre la muerte de don Antonio dice que, luego de haber recibido un balazo en un muslo, que le fue disparado por un español apellidado Moratín, buscó la manera de ponerse a salvo, y mal herido tomó por el callejón de la Loma de Guadalupe; que a su paso iba tocando los portones de las casas, pero, como es natural en momentos como éstos, nadie se animó a darle entrada, y que al llegar al traspatio de la casa de don José María Almada, padre de “El Chato”, topó con un indio de los que pelearon al lado de los imperialistas, al que disparó los 5 tiros de su pistola, sin dar en el blanco, y entonces el indígena lo remató a garrotazos. Su cuerpo fue velado en el pasillo de la Casa de Moneda y ante él desfilaron los habitantes del poblado, jefes, oficiales y soldados de las fuerzas vencedoras, y el día 25 fue sepultado en el panteón. Don José María Tranquilino Almada, a pesar de su ideología conservadora, supo apreciar la grandeza del jefe republicano y ordenó se le rindieran honores militares, que estuvieron a cargo de 2 batallones “que desfilaron con banderas enlutadas, sus bandas de guerra tocando a la sordina y sus armas inclinadas en serial de duelo”. Después del triunfo de la República, se levantó un sencillo monumento sobre su tumba, que todavía se conserva, y allí

[...] año por año, las hermosas hijas de aquel suelo privilegiado, iban a depositar… los perfumes más delicados y coronas de laurel y de siempre vivas, símbolo de admiración y reconocimiento al mártir de la independencia.

La muerte de Antonio Rosales, tal y como la relata la versión de Buelna, llenó de desazón y llevó a la controversia a los historiadores contemporáneos de don Antonio Rosales, que no pudieron concebir que el vencedor de los franceses muriera en esa forma, y es que los humanos abrigamos la idea de que el héroe guerrero debe morir de acuerdo con su actuación y categoría, es decir, debe sucumbir gloriosa, heroicamente, en pleno combate, a la manera de los personajes de Homero. No podemos hacernos a la idea de que fallezca en su cama, víctima de una vulgar hepatitis infecciosa, o de una úlcera gástrica. De los guerreros sinaloenses más famosos, Juan Carrasco y Rafael Buelna cayeron luchando contra el enemigo; Manuel Mezta, asesinado en forma proditoria, por el temor que sentía el gobierno de que se levantara en armas; Juan M. Banderas también recibió muerte alevosa debido al miedo de su victimario; Salvador Alvarado tuvo un final igual, sólo que aquí el instrumento de su muerte fue la traición de un judas asqueroso, tan asqueroso como todos los de su progenie; Guillermo Nelson truncó su carrera en una reyerta callejera, y Rodolfo Fierro, el indómito y sanguinario lugarteniente de Villa, perdió la partida final contra las aguas de una laguna. Solamente Ángel Flores murió en su cama, pero llevándose la aureola de haber sido sacrificado en un crimen político.

El final de Antonio Rosales no fue el que el mundo esperaba, y posiblemente tampoco la forma con que él sonaba salir de esta vida. Hábil y empedernido duelista; arrojado en la pelea, quizá esperaba morir tal y como había vivido, pero no que caería —de ser cierta la versión— bajo los golpes de un indio cualquiera. Desfalleciente por la hemorragia, la vista y el pulso deben haberlo traicionado al dispararle el enemigo. Sin embargo, su trágico final no desdora en nada su memoria, pues si acaso murió en esa forma, fue defendiendo su vida y los ideales que siempre sustentó.

En su Diccionario de historia, geografía y biografía sonorenses, don Francisco R. Almada narra que

En Chínitas vivió un albañil llamado Rafael Cantúa, originario de Álamos y raza mestiza que cada vez que se embriagaba, lo que sucedía cada sábado, decía públicamente que él había matado al general Rosales…

Pero en realidad, fue ese sujeto el victimario de don Antonio? El hecho de que lo gritara a los cuatro vientos cuando se encontraba ebrio, no quiere decir que lo fuera, pues su dicho era el de un borracho. Siendo alamense, es posible que haya concurrido al hecho de armas, militando en las fuerzas imperialistas, pero también se puede suponer que fuera un megalómano al que la euforia del alcohol hiciera sentirse como el hombre que puso el hasta aquí a la vida de Rosales, pues un señor G.J. Cano, hizo unas rectificaciones a don Eustaquio Buelna, diciendo que Rosales mandó a un irlandés llamado Patricio para que fuera a tocar la puerta de la casa, que pertenecía a don Fernando Güerena, y que no fue un indio el que lo mató, sino una banda de indios, y que es posible que alguno de ellos lo rematara a palos, tal y como lo hicieron con el Dr. Molina, al que remataron a culatazos.

El señor Cano tuvo una controversia con el distinguido periodista y educador don Francisco Sosa y Ávila, ya que éste, al escribir sobre la muerte del héroe de San Pedro, dijo que

[..-.] tropezó con un indio atlético y salvaje que lo perseguía en el laberinto de las callejuelas de Álamos, [y que] una venda de sangre coagulada cerraba los ojos del héroe y en vano disparó su pistola sobre su enemigo, disparando su último cartucho; un palo dio fin a su preciosa existencia [... ]

Y como un comentario a lo anterior, el señor Cano decía que lo último era injurioso para un valiente de la estirpe de don Antonio, que

[... ] jamás daba la espalda a un enemigo aunque fueran millares, para que un indio atlético y salvaje lo persiguiera en el laberinto de las callejuelas de Álamos dando fin a su preciosa existencia con un palo, [y que] si Rosales despertara del sueño eterno, lo primero que haría sería pedir las más serias explicaciones al señor Sosa y Ávila por la injuria [que le había hecho].

De acuerdo con lo expuesto por Cano, la muerte del héroe sucedió así:

[... ] después de una lucha encarnizada sostenida en el extremo sudoeste de la loma de Guadalupe, en donde recibió un tiro en un muslo, se fue hacia el extremo opuesto, apeándose del caballo y sentándose contra la tapia de una casa, cuyo zaguán mandó tocar para entrar; en esta situación lo sorprendió una columna de las fuerzas enemigas que descargó sobre él, muriendo allí acribillado a balazos, y no huyendo de un indio atlético [...]

Cabe hacer notar que Manuel Santiago Corbalá Acuña, alamense de origen que conoce muchos pormenores de la vida histórica de su ciudad natal, al narrar el final de don Antonio en su libro Álamos de Sonora, si bien acepta la versión de que murió a manos del indio de marras, discrepa del señor Cano, pues dice que en persona fue llamando en los portones, y que la casa en cuyo traspatio tuvo el encuentro con su victimario, pertenecía a don Crispín de S. Palomares.

Sin embargo, existe otra descripción de como terminaron los días del distinguido republicano:

[... ] se hizo fuerte en la loma de Guadalupe, en donde lo hirieron en el muslo y allí mismo, á pesar de la hemorragia, continuó batiéndose con los pocos valientes que le acompañaron, y desalojado de ese punto, fue nuevamente herido en el cuerpo por los últimos tiros que le dispararon. Entonces se replegó a la casa de unas señoritas cuyo nombre no puedo recordar, con el objeto de pedir agua para lavarse las heridas e ir a incorporarse con las caballerías de Gómez Llanos que él suponía que no habían defeccionado, pero en esos momentos fue sorprendido por Fortino Vizcaíno y un hijo de don José María Almada, los que acabaron a balazos con la preciosa existencia del héroe, a quien acompañaba el teniente Joaquín Fuentes. Instantes después llegó una partida de indios que golpeó y profanó el cadáver del caudillo republicano, como antes habían profanado al de Molina.

La versión anterior nos parece más verosímil que las otras, ya que concuerda con la que dio el general republicano Ángel Martínez, quien expresó que el héroe encontró la muerte a manos del recalcitrante conservador Fortino Vizcaíno y de un hijo de “El Chato” Almada, al que acompañaba uno de sus hermanos, que se opuso al asesinato, por lo que más tarde recibió el perdón del propio Martínez. Este era un jefe valiente, activo e inhumano que hizo añicos a los imperialistas de Sonora en una campaña violenta y relampagueante, en la que no dio tregua al enemigo. Al frente de los soldados sinaloenses que fueron conocidos en el vecino estado con el nombre de “Los Macheteros”, sembró el terror entre los partidarios del imperio y de la intervención, y no descansó hasta que terminó con los enemigos de la República, ya que no perdonaba a nadie pues decía “…que si ellos lo hubieran cogido no lo perdonarían y por lo mismo no debía darles cuartel”. Pero contra lo que podía esperarse de ese hombre, concedió el perdón al hijo de don José María Tranquilino Almada por su oposición a dar muerte a Rosales, y ese gesto, desusado en él, nos inclina a creer que, en realidad, el prócer hallo su final a manos de Vizcaíno y del otro hijo de “El Chato”.

Como hemos visto, la versión de la muerte del héroe fue muy controvertida. El culto a su personalidad, que empezó a raíz del brillante triunfo de San Pedro, hizo que la mente del pueblo rechazara la trágica pesadilla de ver caer al vencedor de los franceses bajo la brutalidad de los golpes de un indio. En el pensamiento de los liberales cultos el impacto fue más fuerte, sobre todo en el de los que escribían; por eso, al saberse lo que Ángel Martínez había expresado, todos deben de haber emitido un suspiro de alivio. Desde luego que es muy posible que los indios hayan profanado el cuerpo inerte de Rosales, pues, como ya sabemos, hicieron igual con el del Dr. Molina. Por esta razón Francisco Javier Gaxiola no pudo menos que comentar el disgusto que producía

[... ] recordar la saña criminal con que fue tratado el cadáver del héroe, precisamente por los que no tenían sino epítetos denigrantes para las tropas republicanas, por los que llamaban bandido a Corona y salvaje a Martínez,

que pudieron haber cometido todos los excesos que se les atribuyeron, “pero que en cambio no cometieron actos terriblemente inhumanos como los imperialistas de Álamos”.

La noticia del deceso de Antonio Rosales llenó de consternación a Sinaloa, y cuando Domingo Rubí la supo, con alteza de miras que mucho le honró, expidió el siguiente decreto:

Domingo Rubí, general de brigada, gobernador y comandante militar del Estado de Sinaloa, a sus habitantes, sabed: Habiendo muerto el C. general de brigada Antonio Rosales el día 24 del mes de septiembre anterior en el combate que sostuvo en la plaza de Álamos contra los traidores que lo atacaron en número considerable, que no fue posible resistir; el gobierno del Estado, justo apreciador del verdadero mérito, rinde el debido atributo de homenaje al valiente, honrado y virtuoso patriota que selló con su sangre los principios de libertad e independencia, que profesó y supo sostener hasta sucumbir en defensa de su país.

Por tanto decreta:

Art. 1° El día doce del corriente, a las ocho de la mañana, se celebrarán las exequias correspondientes en la iglesia parroquial de esta ciudad, con asistencia del gobernador y comandante militar, autoridades, empleados civiles y militares de la plaza que quedaren francos de servicio.

La mayoría de órdenes de la brigada de Sinaloa, residente en la ciudad, acordará con la comandancia las disposiciones relativas a los honores militares de ordenanza que deben hacerse al C. general Rosales, considerándolo en la clase de división, según las últimas disposiciones del gobierno general por haber muerto en actual servicio en la guerra contra el enemigo de la patria.

Art. 2° Los empleados civiles y clase militar del Estado guardarán luto por los nueve días desde el indicado para las exequias, por la sensible pérdida del C. general Rosales y demás jefes que con él murieron en el combate de Álamos. En las demás poblaciones se harán los mismos honores fúnebres desde el siguiente día la publicación del presente decreto.

Art. 3° EI gobierno del estado declara Benemérito al C. general Antonio Rosales, en justo reconocimiento de los servicios prestados a la independencia nacional.

Por tanto, mando se imprima, publique y circule y se le dé el debido cumplimiento.

Culiacán, octubre 10 de 1865. — Domingo Rubí. — F. España, secretario.

Pero no solamente los republicanos honraron la memoria del ilustre soldado, sino también sus enemigos, que en el periódico L’Estafete, órgano del Partido Franco-Mexicano, dijeron:

[... ] el general Rosales de quien se hace mención triste en la relación del partido republicano. Hombre de un desinterés a toda prueba, leal, valiente, activo y avezado en el arte militar, deja en las filas del partido disidente un vacío que le será difícil de llenar… Justicia a los vencidos.

Con el triunfo de la República su figura se fue agigantando, al mismo tiempo que el fervor cívico de sus conciudadanos lo consagró como el héroe indiscutible en la lucha por nuestra segunda independencia. Calles y plazas de las poblaciones de Sonora y Sinaloa recibieron su nombre. El máximo centro de estudios sinaloense se llamó Rosales; se le erigió una estatua en el Paseo de la Reforma de la ciudad de México, otra en Culiacán, y al festejarse el centenario de la epopeya de San Pedro, se le levantó una más en la bella plaza principal de la capital del estado que había gobernado, que a su nombre secular agregó el venerado del héroe y orgullosamente se llama Culiacán de Rosales.

El combate de San Pedro, que fue llamado por sus contemporáneos El 5 de Mayo de Occidente, ha sido objeto de irónicos comentarios por parte de malos sinaloenses, que en su mentalidad malinchista no aciertan a comprender cuál fue su significado y las consecuencias que tuvo en la lucha contra la invasión. Si su resultado hubiese sido ad verso a las armas nacionales, los galos, que tenían en su poder el puerto de Mazatlán, y del cual habían hecho una base naval, hubieran dominado fácilmente desde Culiacán hasta la frontera con los Estados Unidos de América, haciendo más difícil repelerlos y cambiando el curso de la historia; pero el triunfo de Rosales evitó la penetración francesa en el norte de Sinaloa y obligó al invasor a marchar por mar hasta Guaymas para auxiliar a los imperialistas, y por otro lado quedó abierta la puerta para que las tropas republicanas se movilizaran hacia Sonora y terminaran con los enemigos de la independencia. Por eso, en aquella etapa de tribulación en que vivía la República, cuando Juárez tuvo la noticia de la victoria, expresó: “…deseo que este hecho de armas sea el principio de la resurrección de la República y de la marcha triunfal de nuestras tropas hasta las playas del Atlántico…”.

Fue por todo lo anterior que el 22 de diciembre se significó en Sinaloa como la fiesta cívica más notable, y durante largos años su celebración se equiparaba con la de los festejos patrios. De un tiempo acá, la apatía oficial ha hecho que esta fiesta venga a menos, pero, por fortuna, los gobiernos no reflejan el sentir del pueblo, que conserva fresco e inmarcesible el recuerdo del patricio que supo domeñar el orgullo y la suficiencia de los invasores, que estaban reputados como los mejores soldados del mundo.

Indiscutiblemente, la figura de Antonio Rosales es una de las más vigorosas que se proyectaron en la tierra de los 11 ríos. Zacatecano de origen, llegó a Sinaloa para quedarse, pero para quedarse en tal forma que en ese girón patrio a nadie le interesa preguntar dónde vio la luz primera, pues para el pueblo es tan sinaloense como el que más; se identificó con Sinaloa y Sinaloa se identificó con él. Zacatecas le honra como a uno de sus hijos distinguidos, y Jalisco hace lo mismo, porque en la época en que el héroe nació, Zacatecas era una de sus partes integrantes; pero Rosales pertenece completamente a Sinaloa, que le tiene como a uno de sus hijos consentidos.

Pero Rosales, como todos los humanos que el pueblo ensalza y glorifica, era hombre de carne y hueso, lleno de pasiones, virtudes y defectos, y no el superman que el sentimiento popular ha formado. Tenemos que quitarnos de la cabeza la idealización con que envolvemos a los preferidos de la gloria y de la fama; no debemos seguir mirándolos a través de un prisma engañoso que nos hace ver en ellos colores alegres y rutilantes, ya que es necesario que junto a esa policromía podamos advertir las sombras que los cubrieron, pues, hay que repetirlo, no fueron inmaculados; no fueron ángeles a los que el Creador sólo formó para el bien.

Como soldado, era bravo, arrojado.

[...] En la batalla, .. .el impetuoso adalid… no el capitán sereno que mide y calcula. Descollando por su actitud altanera; dominando con su voz atronadora: .. .ardiente en el estrépito de los sables, el silbido de las balas, el piafar de los caballos, el humo, el polvo, los sables, las llamas, el tropel, el fragor todo, va y viene entre los fuegos, y rápido se multiplica hallándose siempre donde la acción se compromete [... ]

Sin embargo de esas dotes, se comportó como un milite amante de la conspiración; intrigó y entró en conjuraciones contra los go¬biernos liberales y siempre se manifestó como enemigo acérrimo de don Plácido Vega, quien varias veces lo desterró de Sinaloa por su participación en movimientos en su contra. A Vega no le hicieron mella las conspiraciones, pues era bastante fuerte para destruirlas; menos fácil era pretender derrocarlo por medio de una asonada.

El jefe conservador Leonardo Márquez embarcó en forma subrepticia para el extranjero una remesa de metales preciosos, logró que el contrabando se hiciera en la fragata inglesa Calypso, sin importarle las protestas de las autoridades liberales de San Blas, y cuando el Gral. Coronado tomó Tepic, uno de sus primeros actos fue llamar al cónsul para exigirle, dada su complicidad en el contrabando, la cantidad de $ 13 578.38, importe de los derechos aduanales. Allsop puso el grito en el cielo, y para efectuar las reclamaciones llegó a Mazatlán la Amethist. Desde luego, Greufell ordenó que se bloqueara el puerto si el gobierno no aceptaba unas condiciones completamente degradantes, pues entre otras cosas pedía la destitución de Coronado y que se repusiera a Allsop en el ejercicio consular, con honores militares.

Don Plácido comisionó a Rosales para que tratase el asunto. A bordo de la fragata, don Antonio Rosales manifestó al marino que su procedimiento era impolítico e inconveniente; que el gobierno no podía acceder a sus pretensiones por no tener facultades para destituir a Coronado, ni dinero para retribuir a Allsop, y menos aún reponerlo en sus funciones con los honores que pretendía. Para finalizar, expresó que el gobierno de Sinaloa, por los conductos correspondientes, haría la reclamación que ameritaban los actos de piratería de la marina inglesa. Greufell se vio en la necesidad de invitar a Vega a una conferencia en la fragata norteamericana Sparkling Sea, y allí consiguió en parte lo que pretendía, mas no pudo lograr que se repusiera a Allsop, pues para los liberales esto hubiera equivalido a reconocer los actos de Miguel Miramón como presidente.

El otro incidente en que Rosales tuvo intervención, se registró con la marina francesa, cuando la fragata Serieuse apresó en San Blas a la goleta nacional Reforma. El capitán de la fragata francesa manifestó que no soltaría la embarcación mexicana mientras no se reparasen los daños causados al vicecónsul francés en Tepic por el guerrillero Antonio Rojas. El gobierno del estado envió a San Blas una escuadrilla al mando del capitán J Agustín Marín, quien de inmediato se puso al habla con M Javín, comandante de la Serieuse; éste, con la insolencia de que hacían gala los marinos de guerra extranjeros, le dijo que la Reforma continuaría como “presa de empeño” mientras no se indemnizara al vicecónsul con $ 10 mil y no se saludara con 21 cañonazos a la bandera francesa, y le advirtió que en tanto no se solucionara el asunto, las naves mexicanas tendrían que mantenerse al alcance de las baterías de la Serieuse. Marín se acobardó y acató la última disposición, enviando a Mazatlán la goleta Impala para comunicar a don Plácido la situación que prevalecía. Como es natural, Vega estalló en cólera, destituyó a Marín y envió a Rosales como comandante de la escuadrilla. Don Antonio llegó a San Blas, y antes de arribar al puerto le salió al encuentro la fragata francesa, y uno de sus oficiales preguntó si traía correspondencia para el capitán Javín, y ante la afirmativa, se invitó a don Antonio a pasar a bordo. Ya ante la presencia del comandante, el jefe republicano le dijo

[... ] que la mente de la enérgica protesta que ponía en sus manos… no era cerrar los oídos a justas reclamaciones que el gobierno de una nación amiga pudiera tener derecho a entablar contra la República, sino que ésta fuese puesta en términos decorosos para ser atendida y satisfecha en el caso respectivo… y que si sus instrucciones se contraían a pedir satisfacción,

tomarla no era exigirla y las vías de hecho en el derecho de gentes se han considerado como la última razón. Para terminar, Rosales dijo a Javín

[...] que el gobierno de Sinaloa, celoso antes que todo de su honor, no entraría en pláticas de ninguna clase si no tenía expedito aquel camino; que nadie mejor que un francés podría estimar el mérito de esa conducta; que el gobierno había desaprobado la conducta del señor Marín, y que él (Rosales) había venido a substituirlo.

El francés comprendió la razón y dejó libre a la goleta Reforma.” Antonio Rosales se adentró en la fama y en la inmortalidad, pero, por raro que parezca, no se convirtió en un personaje de leyenda. Salvo algunas narraciones fantásticas nacidas de la exuberante mente de don Ireneo Paz, todo lo que de él se ha dicho está basado en la realidad histórica. Uno de los episodios que cuenta el señor Paz en su trabajo Los dos Antonios, se refiere a la captura de la goleta mexicana La Reforma, por un barco de la marina de guerra inglesa. Dice don Ireneo que algunos marineros de la última de esas naves bajaron a tierra, se emborracharon, y como se negaron a pagar la cuenta el dueño del establecimiento ordenó les propinaran una paliza. De regreso al barco, contaron al capitán que habían sufrido un atropello por parte de personas que parecían representar autoridad, lo cual fue motivo para que aquél presentara una reclamación y ordenara que se capturara a la goleta, que, por no estar armada, fue fácilmente apresada y remolcada hasta alta mar.

[. . .] después de Álamos, sus compatriotas entendieron cabalmente a qué altura se habían levantado la categoría, el señorío, el patriotismo y la calidad humana del héroe.

Su amor fue la democracia, y en ella cifró su más grande y hermoso deseo: la igualdad de los mexicanos, en un tiempo en que las castas privilegiadas imperaban sobre la población.

Su obsesión: la libertad. Era un espíritu libre, y libre vivió, luchando porque la libertad fuese el mejor patrimonio de sus hermanos de nacionalidad.

Su sueño: la gloria. Vivió enamorado de ella, la persiguió como a mujer hermosa y coqueta que, tras de dirigirle una mirada preñada de promesas, se le esfumaba cuando parecía tenerla entre sus brazos. Pero la gloria, al fin mujer, un día detuvo inopinadamente su andar, se volvió, lo deslumbro con un beso apasionado, y tras de ese ósculo vino el envidioso de la muerte para que el prócer pasara a ocupar su sitial en el cielo de los escogidos, de los que mueren físicamente, pero que viven por toda una eternidad en la gratitud y la devoción de un pueblo.

¡La historia le había hecho justicia!

 

Antonio Rosales, Intervención francesa

Gral. Antonio Rosales, soldado de la República

 

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Gral Antonio Rosales
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Biografía del héroe de Sinaloa, soldado de la República, vencedor de los franceses

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