Grandes mexicanos en Sinaloa

 

ANTONIO ROSALES, EL HÉROE, EL HOMBRE

 

Por: Juan Macedo López

En la paz virgiliana de aquel día de abril, estábamos ante la casa en donde cien años atrás naciera Antonio Rosales, en Juchipila, Zacatecas. Calles, en las que como escribiera el poeta, “donde uno sin quererlo, se siente bueno y triste”.

Juchipila era, en esa hora, como una abandonada angustia por la historia y los hombres. Una placa con letras en alto relieve, de mal gusto, informaba que en esa casa humilde y olvidada, había nacido el general Antonio Rosales.

Íbamos en pos de Zacatecas, para admirar la bellísima portada de su catedral y pasear por la colonial plaza de San Pablo. Luego al santuario lopez-velardeano: Jerez. Ni los vecinos ni dos o tres maestros de Juchipila sabían algo del héroe. “Rosales, Rosales… no, no puedo darle noticias de él…” farfulló, apenado, un funcionario municipal.

Una hora estuvimos contemplando la casita con tejado de dos aguas. Y evocamos el ó1eo que probablemente fue realizado por un pintor de origen chileno, de apellido Rojas, aunque ésto no sea más que un supuesto, que no nos atrevemos a darle validez histórica.

Los ojos de Antonio Rosales son como una flama que penetran y estremecen a quien contempla la magnífica estampa. Las mejillas hundidas, la barba que desciende en lento caudal sobre el rostro, las manos finas y delgadas. Es su rostro el que perturba, el que invita al análisis psicológico de este personaje terrible en sus iras, seminarista en Guadalajara, en donde se enrola al ejército para combatir al invasor norteamericano en la sucia, vergonzosa guerra del 47, en la que el yanqui es soberbio y depredador y nuestros generales, con raras excepciones, ineptos.

Antonio Rosales, orgulloso, culto, poeta romántico, que sorprende a sus compañeros del seminario con sus primeras creaciones líricas, arrebatadas, en las que no asoma el sacerdote, sino el combatiente.

Conoce en Guadalajara al licenciado y general don Pedro Ogazón, liberal ilustre, ponderado, de vasta cultura y con él o por el Rosales llegará al solar sinaloense, en donde a golpes de audacia, de intemperencia emocional, de victorias como las de Mocorito, y la resonancia triunfal de San Pedro, ha de labrar en vida su estatua inmaterial.

Recio, se enfrenta al general Ramón Corona; desconoce la autoridad del entonces coronel Domingo Rubí como gobernador del Estado, discute con don Eustaquio Buelna, impone su autoridad y controla las zonas más prosperas de Sinaloa para abastecer a sus tropas. En Mocorito está a punto de enfrentarse contra las fuerzas de Rubí, pero un llamado urgente de Álamos, amagado por las tropas imperialistas de José Tranquilino Almada, lo conducen a tender la mano de la paz y al reconocimiento de la autoridad que representa Rubí.

19 de diciembre de 1864. El general Francisco Tolentino, jalisciense, sale de avanzadilla rumbo a Navolato, con sus Lanceros de Jalisco. En la ciudad, los simpatizantes del imperio se preparan para recibir en triunfo al vencedor Gazielle. El día 20 Rosales con cuatrocientos hombres, unos voluntarios, otros veteranos y otros forzados, deja Culiacán y pernocta en San Pedro.

Jorge Carmona, el aventurero, hermoso, valeroso, cínico, futuro marqués de San Basilio, enfundado en su uniforme galo y José Domingo Cortés, invitan, en sendas cartas, al coronel Antonio Rosales para que traicione a la República. El silencio es su magnífica respuesta.

22 de diciembre de 1864. Dos horas de combate en donde la bravura de Ascensión Correa, Evaristo Montaño y Jorge García Granados —los García Granados, de origen guatemalteco, dieron a México figuras ilustres y a su patria hombres de estado cultos y honorables— y la fría serenidad de Antonio Rosales, cuyo corazón era una hoguera y su pensamiento una fragua, contribuyeron a la derrota de los franco—mexicanos.

Noventa y ocho prisioneros franceses y argelinos y el doble de los traidores, desfilaron, humillados, por las calles de Culiacán, encabezados por el comandante Gazielle. En los portales se improvisó el hospital. Los vencidos fueron tratados con humanidad. Rosales era un patriota combatiente, no una fiera embravecida y cruel con el adversario caído. A la soberbia gala se respondía con la gentileza y la mano noblemente tendida al derrotado. En una Camilla, reposaba el cadáver del capitán Fernando Ramírez, muerto en el combate de San Pedro.

¿Por qué Antonio Rosales no simpatizó con el coronel Rubí? A Corona le dijo, con viril franqueza, que Rubí no tenía méritos para gobernar a Sinaloa. Y sin embargo, en Mocorito, declina su desprecio y reconoce al gobernante. Nadie, hasta el momento, historiador o psicólogo, se ha dedicado a estudiar la compleja personalidad de Rosales, de quien se dice que padecía una tuberculosis incipiente.

Había en la complejidad de su temperamento la modestia y la soberbia, el equilibrio y la agresividad, pero primaba el patriotismo. Don Agustín Barcia, el gran sinonimista español, dice que el que aborrece no ama y el que odia puede amar. Hay un gran silencio o una cortina que calla y oculta la vida amorosa de este ser apasionado, terrible, generoso. Rosales odiaba porque sabía amar, siguiendo la tesis del señor Barcia.

El veinticuatro de septiembre de 1865 Rosales se ha atrincherado en Álamos con doscientos soldados infantes y setenta dragones que capitaneaba don Guadalupe Gómez Llanos. José Tranquilino Almada emprende el ataque con dos mil hombres bien municionados. Y la historia oficial calla que entre los atacantes figuraban indios mayos, yaquis, pimas y ópatas, que servían al imperio porque la República no solamente se olvidó de ellos, sino que intentó arrebatarles las mejores tierras de los valles del Yaqui y del Mayo.

En 1825, Juan Banderas se alza en armas y mantiene una constante guerra de exterminio contra el yori y cuando Maximiliano es coronado emperador, yaquis y mayos, seducidos por las promesas de los imperialistas, serán sus más fieles y valientes aliados.

Antonio Molina y Gómez Llanos resistieron en sus respectivos puestos, pero la superioridad numérica los aplastó; atacan por la retaguardia a Rosales: el héroe y los suyos combaten a pecho descubierto.

Ochenta y tantos oficiales y soldados murieron, entre ellos el coronel Molina y el teniente coronel González; Rosales, mortalmente herido, busca refugio y cayendo y levantando, a veces a rastras, un indígena lo descubre y le da muerte implacable.

Antonio Rosales es el héroe que simbólicamente no tiene provincia de origen. Es de Juchipala, pero es sinaloense porque en nuestro solar se hizo soldado, se unimismó a nuestra geografía física y espiritual y aquí, en estas tierras, hizo temblar al enemigo incrustado en las filas liberales y al adversario ideológico lo enfrenta en el campo de batalla.

Antonio Rosales ya no es el héroe exclusivo de Sinaloa. No lo empequeñezcamos con provinciana ingenuidad. Es el héroe nacional que levanta la decaída moral patria después de tres años de continuadas derrotas. En el sur tiene un gallardo compañero: Porfirio Díaz, fugado tres veces de las prisiones francesas y vencedor en la Carbonera y en Miahuatlán.

Los héroes auténticos no tienen patria. Cambronne, el soberbio guardia napoleónico gritando al enemigo que intima rendición ¡Merde! para morir despedazado por la metralla, es el héroe de Francia que ingresa a la historia universal.

Pero si Cambronne es brutalmente heroico y es leal a su emperador, Rosales es leal no a un hombre, sino a un concepto más profundo, más eterno: la Patria.

Entre Cambronne y Rosales, nos quedamos con el vencedor de San Pedro.

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 6, páginas 4-5.

 

Gral. Rosales-Antonio- nacido en Zacatecas

General Antonio Rosales- dibujo del héroe de Sinaloa y México del artista sinaloense “Torek”

 

Summary
Name
Gral. Antonio Rosales
Nickname
("Héroe de Sinaloa")
Job Title
Militar
Company
Ejército mexicano
Address
Juchipila,Zacatecas, México

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