Personajes en Sinaloa

 

Owen ¿Loco o Soñador?

Por Herberto Sinagawa Montoya

 

Topolobampo, Sin., junio de 1977.- Viendo el transbordador Topolobampo-La Paz cargar cerveza y tractores, después de comprobar que el ferrocarril Chihuahua-Pacífico no llega al puerto, y que la espléndida bahía de Ohuira está llena de basura y despojos marinos, el recuerdo de Alberto K. Owen nos parece una forma bastante alucinante de encarar el mito con la realidad.

Albert K. Owen, en 1872, al llegar a Topolobampo por primera vez, provisto de un catalejo, deliró junto a un grupo de cuáqueros: “Esto tiene que ser la metrópoli del porvenir. Vamos a crear una sociedad no contaminada por el dinero. Viviremos felices al lado de nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos”.

Fija la mirada en la bahía, Owen dijo: “Crearemos aquí una ciudad de la Paz en la que puedan existir gentes de todas la razas. A este puerto han de llegar barcos de todo el mundo.

“Construiremos un ferrocarril desde Kansas hasta Topolobampo. Haremos más cortas las rutas del comercio mundial de continente a continente”.

“Topolobampo tiene que ser una metrópoli comercial como lo fue Constantinopla en el mundo antiguo”.

Y volviendo su mirada a las gentes de negro que lo rodeaban conmovidas por su ensueño, Owen pidió fuerzas al cielo para procurar primero el alimento para sus gentes. Serenando su delirio, convocó a sus compañeros a abrir, con sus propias manos, un canal que desviara las aguas del río (El Fuerte) hacia el valle de Ahome.

“Ahí crecerá—dijo—el trigo como en Illinois, el maíz como en Kansas y la caña de azúcar como en Cuba.

 

DINERO PARA DAR FORMA AL SUEÑO

Owen regresó a Estados Unidos y se convirtió en un apasionado defensor de su Topolobampo. Desapegado al dinero, por su misma formación religiosa, tuvo que luchar con todas sus fuerzas para allegarse dinero de una sociedad que ya empezaba a gustar del dinero. Lo necesitaba para realizar los estudios completos sobre el basto territorio que iba a surgir de la obscuridad de los tiempos a la época del ferrocarril y de los mercantes.

Reunió 30 mil dólares. Con ellos trabajó intensamente en su gran sueño: el ferrocarril que habría de vencer la Sierra Madre Occidental y unir a Kansas City tras un recorrido de más de 4,000 millas. Junto con el ingeniero Fitch hizo un diagrama completísimo de lo que habría de ser la Ciudad de la Paz con sus terminales ferroviarias, sus muelles, sus áreas habitables, y sus templos para adorar a un Dios que no era, naturalmente, el Dios de los mexicanos. Diseñó las colonias para los que habrían de llegar de Estados Unidos, atraídos por el sueño de una tierra fantástica surgida de una fiebre palúdica.

Gastados los 30,000 dólares, Owen se vio en un predicamento al sentirse las bolsas vacías. Nuevo viaje a los Estados Unidos y otra vez a exaltar a esa metrópoli del mañana ante un auditorio adusto e inconforme que no veía utilidades de ninguna naturaleza de sus acciones. Fundó “The Credit Founcier Company”, sometida a las leyes de Colorado, que publicó un periódico que constantemente proporcionaba información sobre ese paraíso terrenal que Owen traía en manos, moldeándolo.

Obtuvo más dinero, con severas advertencias de sus ahorradores. Volvió a México. En 1880, obtuvo del gobierno mexicano la autorización a través del Ministerio de Fomento para utilizar las aguas de los ríos conocidos ahora como El Fuerte y Sinaloa. También entregó cien mil pesos para garantizarla concesión del ferrocarril que atravesaría el norte del país y se adentraría en la zona agrícola e industrial de los Estados Unidos, para hacer “más breve el camino hacia el oriente”.

 

LOS PRIMEROS EN LLEGAR: STANLEY, AGRICULTOR Y MÚSICO.

Owen mantuvo su delirio. El primer grupo de pioneros llegó el 10 de noviembre de 1886, a bordo del buque “Newborn”, que ancló frente a la barra de Topolobampo con sus 27 pasajeros, entre ellos Cyrus Stanley, un consumado agricultor y artista.

Otro grupo arribó mas tarde, con abundante comida, a bordo de una balandra. W. A. Mackenzie, un poeta, era el guía de diez familias iluminadas por la descripción de Albert K. Owen de un mundo “apenas estrenado”.

El 17 de noviembre de 1886, Owen reanudó su tarea, suspendida por falta de dinero. Entonces se convenció de que crear una sociedad no contaminada por el dinero, era una tarea difícil.

Construyó un muelle a una profundidad de 16 pies, un núcleo de oficinas y un campamento para solteros.

Junto con él se entregó al trabajo otro hombre llamado Alvin J. Miller. Emprendedor, optimista, inteligente, convencido de que dios les había puesto en sus manos un trozo de la tierra del valle y delineó un programa de cultivos adecuados.

Igualmente, analizó los yacimientos minerales y comprobó que no sólo había una enorme riqueza en el valle sino también en la sierra. Del mar salía también gran parte del sustento de aquellos primeros huéspedes del paraíso.

 

CAMINOS Y ESCUELAS, OTRA OBSESION DE OWEN

Albert K. Owen construyó escuelas y caminos y pequeños sistemas de agua potable,. Quiero, dijo a manera de sermón dominical, “desterrarla miseria de esta tierra privilegiada de Dios”. Montó una biblioteca. Creó una orquesta. Organizó grupos corales auxiliados por Stanley, músico sensitivo profundamente religioso.

Miller empezó a desmontar tierras y sugirió a Owen la construcción del canal de Tastes que derivaría agua del río (El Fuerte) hacia el valle. “Nuestro pan —le dijo— se amasará con trigo cultivado por nosotros mismos”.

Owen mantenía la alegría de los colonos con nuevas promesas. El periódico de “The Credit Founcier Company” publicaba crónicas muy emotivas de un mundo que se empezaba a crecer, pero que, desafortunadamente, presentaba cuadros sombríos en cuanto a los dividendos de las acciones suscritas por impacientes jefes de familia de Colorado, de Kansas y de otros estados del vecino país.

Owen ordenó que el dinero no ensuciara las manos de nadie de los colonos. En la colonia socialista no circularía el dinero; todo podría obtenerse mediante unos bonos. Con ellos podrían allegarse alimentos y ropa “a precio de costo, sin propósito de lucro”. Otra vez el delirio y ahora sí la intervención de los accionistas impacientes que veían a Owen a un hombre que no tenía visión de los negocios.

Fue así como la compañía se adjudicó en fideicomiso las pertenencias visibles: el ferrocarril, que sólo era una brecha trazada entre el estero y el primer cerro, los buques, que no eran otra cosa que balandras movidas por el viento, las fábricas que no aparecían por ninguna parte en aquel valle de huizaches y mezquites, y el usufructo del agua que eso sí reptaba como culebra por el canal abierto a pulmón por Miller.

El soñador se desentendía de los estados financieros y modelaba su colonia a la medida de su delirio. Pidió a los colonos que deberían de trabajar bien, pero utilizar tres horas diarias al cultivo de la música.

Además, sus casas podrían ser habitadas para siempre pero “no podrían ser hipotecadas jamás”.

 

1887, PALUDISMO Y ESTAFA; DESBANDADA

Aquel mundo feliz sufrió su primera cuarteadura el año de 1887. Los colonos fueron víctimas del paludismo y la viruela. Muchos regresaron a su país. Circuló entonces la versión de que Owen era un estafador de incautos y muchos le perdieron la fe rápidamente.

Respondió a los ataques pero descuidó su tarea. Fue a su país y regresó en 1891, con señales de desaliento. Su metrópoli se desmoronaba con las riñas de “Saints” y “Kichers”, o sea santos y pateadores. Obviamente, los primeros estaban acaudillados por Albert y los segundos por los ambiciosos que creían fácil arrebatarle a México otro pedazo de su suelo.

Owen quiso apagar el incendio pero no pudo, debilitado por el trabajo y la tensión. Entonces se produjo la ruptura y la colonia se desintegró. La colonia socialista había fracasado.

Surgió Benjamín F. Johnston. Agresivo y práctico Aprovecho la experiencia de Millar; terminó el canal de Tastes, sembró caña de azúcar, creó el primer ingenio azucarero del noroeste y, entre copa y copa de buen cogñac, a la sombra de exóticos árboles traídos de Asia y Sudamérica, se rió de Owen y lo tildó de tonto.

Johnston formó la United Sugar Company y en 1904, tuvo su primera zafra. Johnston dijo: “Yo no creo en metrópolis de mentiras; yo creo que un dólar bien invertido da 10″.

 

Y AHORA … EN 1977: ¿CONTINUARA EL SUEÑO?

Por eso al ver camiones cargados de cerveza y de máquinas agrícolas y los rieles del ferrocarril Chihuahua-Pacífico, la bahía de Ohuira se antoja un apropiado mausoleo para el sueño quimérico de un ingeniero norteamericano llamado Albert K. Owen que no supo deslindar el sueño de la realidad.

 

Marzo/ 1982

 

 

 

Albert Kinsey Owen

Albert Kinsey Owen, colonizador de Topolobampo

Summary
Name
Albert K. Owen
Nickname
(Colonizador de Topolobampo)
Job Title
Ingeniero civil, aventurero, colonizador
Company
The Credit Founcier Company
Address
Chester, Pensilvania,Estados Unidos

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