Mujeres de Sinaloa

 

ALBA DE ACOSTA: SOLEDAD Y ENTORNO SOCIAL

 

Por: Roberto Hernández Rodríguez

 

ENTORNO SOCIAL:

Año de 1953. Culiacán ciudad de 30 mil habitantes. Ya se van apagando los ecos de la bamba alemanista que bailaron por seis años los mexicanos. Sinaloa vive la euforia de la cosecha, del embarque. Está funcionando el sistema hidráulico. El Tamazula está apresado por las obras de la Presa de Sanalona. La economía crece. La ciudad capital, es una aspiradora de población. Todos quieren, está de moda ser agricultor. Y en todas partes se escuchan los slogan: “Agricultor Naylon” y “La marcha hacia el mar” del ruizcortinismo. El comercio consecuentemente se expande. La población estudiantil, crece. ¡Sorpresa!: ya llegó la inscripción a los mil estudiantes. Ya se piensa crear la Escuela de Economía en la Universidad de Sinaloa.

“Como siempre, son muchos los que cuentan las semillas y pocos las estrellas”, decía Enrique Félix, en su domicilio de la calle Rubí, provocando una sonrisa voltereana en Antonio Nakayama y semblante de seriedad un poco cómica en Tata Jiménez. Por el rumbo de Mocorito Enrique Pena Gutiérrez, empieza a recorrer su “Pequeño Mundo” y envía periódicamente colaboraciones a las revistas “Letras” y “Resumen”.

La vida intelectual y artística de la ciudad, da signos de actividad. Se edita “Letras de Sinaloa”; es común ver a Carlos Manuel Aguirre, su director, visitando a los comerciantes, en busca de financiamiento. Lo mismo hace Nakayama con los presidentes municipales para sostener la revista “Resumen”, que saca en la portada una Ancla y una Estrella, símbolo del equilibrio entre la materia y el espíritu.

“Letras” ya va en el número 35 en ella buscan y la tienen, hospitalidad, valores de ayer y huevos: Eulogio Guerra Aguiluz, Rafael Tamayo Orlando Cantú, Hugo Heberto Tolosa, Reynaldo González González, Jr. Enrique Félix, Raúl Cervantes Ahumada, Ramón Rubín, Ernesto Gámez, Lic. Francisco Verdugo Fálquez, Héctor R. Olea, Juan Macedo López, Roberto Hernández R., el poeta consentido: Alejandro Hernández Tyler.

Los cafés citadinos, en este 1953, también son reflejo de la vida social y económica de Culiacán, en el café Chun King de don Julián Redes, ubicado en la esquina de las calles Carrasco y Benito Juárez, se reúnen los políticos temporaleros; en El Sonia, de Maco, situado en la explanada del mercado Garmendia y en El Acapulco de los portales de la plaza Obregón, los parroquianos del sector agrícola y, en la cafetería de la farmacia de El Refugio —Carrasco y Ángel Flores—, jóvenes poetas, cuentistas y periodistas de La Voz de Sinaloa, se solazan con las agudezas de Cesar Garizurieta, en ese entonces enamorado de Sinaloa y comenta con regocijo las puntadas del periódico “El Bichi” que como suplemento dominical de La Voz de Sinaloa editan, El Chacho González, Carlos Mateo Sánchez. Antonio Pineda, Alfonso Paliza, El Tolo Ortega, Chito Ramos y Manuel Campos Caravantes, ante la bonachona aquiescencia de Gustavo D. Cañedo.

También hay otro lugar donde los intelectuales y artistas se reúnen, toman café, discuten y promueven actividades culturales. Ese lugar, es la casa de la familia López Meza, en la calle Buelna, al poniente.

Podríamos decir que esa casa, era la oficina de relaciones públicas de la Universidad de Sinaloa, en forma honoraria, desde luego, porque todas las personalidades del mundo intelectual y artístico que invitaba la institución, visitan esta casa donde son recibidos y atendidos inmejorablemente y con categoría, por Luz López Meza, en funciones de Madame Stall de Culiacán. Por esa querida casa, han pasado por sus tertulias los dramaturgos: Emilio Carballido, Rafael Solana y Basurto; poetizas como Josefina Ayala y Alba de Acosta; pedagogos, como Ramón G. Bonfil y Dr. Frank Carrino, director de programas de Intercambio de la Universidad de Nueva York en Albany.

Y, en esa casa, conocimos a Alba de Acosta y sus poemas, en el otoño de 1952.

LA SOLEDAD. Hablar seriamente del poeta y su poesía, es difícil, ya que poeta y creación, son un misterio envuelto en un enigma. De ahí que cuando intentamos desentrañar ese misterio, lo único que hacemos es rozar su esencia, quedándonos en el campo de la especulación predicativa de nuestros propios sentimientos, preferencia o antipatías. Tengo la sospecha, que el poeta cuando escucha nuestra opinión, en su fuero interno sabe, que solamente él, podría explicar parte de ese misterio, no todo, y que nosotros somos únicamente su auditorio de comunicación, no su foro, para juzgarlo.

La poesía de Alba de Acosta, habla de la soledad. No es inusual la soledad en el poeta. Digamos que es su ambiente natural. Crear obra literaria —poesía o prosa—, es el oficio más solitario del mundo. Ya que en el momento de la creación no admite ayuda externa, porque el creador construye con sus propios fantasmas. Ya decía François Mauriac:  ”Yo soy mis personajes y su mundo”.

Alba sin soledad, dejaría de ser Alba, como Baudelaire dejaría de ser el poeta maldito de la escuela parnasiana, sin su demonio interior, que lo llevó a escribir “Las Flores del Mal”, con cuyo poema llegó a alcanzar una perfección de estilo y una grandeza clásica.

Si la vida es un estado de ánimo, la poesía de Alba es sentimental, patética, en cuanto a que el que habla, es el corazón. Su poesía habla del amor, del amor erótico, más que del sexual. Habla de abandono, pero también de reclamo decidido y de acusación. A veces la poeta frena su emotividad con la inteligencia, permitiéndole un bello equilibrio entre la forma del decir y el contenido de lo que se dice. A los embates del corazón, Alba los atempera con el acero de la razón.

 

Tomado de: Ancla y Estrella, Antología 1984-1985, Crónica Cultural de El Debate, Los Mochis, Sinaloa, 1986.

 

Poetisas sinaloenses, Alba de Acosta

Alba de Acosta, mujer y poetisa sinaloense

 

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Alba de Acosta, soledad y entorno social
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La vida social del Culiacán del año 1953 relacionado con la poesía de Alba de Acosta.

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