Agustina Ramírez, Presencia y Esencia

 

Por: Antonio Nakayama

 

Al tratar sobre la creación del mundo, el Génesis, libro que abre esa maravillosa aportación de la cultura hebrea que es la Biblia, narra que condolido el Supremo Hacedor de la soledad del hombre, decidió darle una compañera que habría de ser el punto de partida del humano linaje, y desde entonces, no hay hecho en la vida de la humanidad en que la mujer no haya intervenido. Sería tarea larga y cansada hablar de su participación en la historia del mundo, pues en su avatar de sumisa esclava del varón en épocas pretéritas, a la fémina que hace valer su igualdad de derechos con el hombre de nuestros días, ella ha jugado un papel decisivo en la vida de los pueblos y en el devenir de la presencia del individuo.

Delicada, débil en apariencia, sabe ser fuerte cuando las circunstancias así lo exigen. En las etapas obscuras del despertar humano, arrebató el poder a su compañero para dar al mundo el sistema social del matriarcado, y la fragilidad de sus manos se ha tornado en dureza de diamante al llevar las riendas del poder de los imperios.

Con la fortaleza que le da su atractivo, siempre ha terminado por ganar la batalla de los sexos. En su papel de esposa o de amante, actuando abiertamente, y aún apareciendo en un segundo plano, ha dejado sentir su influencia en forma tal, que ha cambiado el curso de la historia de las naciones.

La belleza imponderable de Elena provocó las iras de las diosas y la destrucción de Troya, y encendió la inspiración de un rápsoda ciego, para que diera al mundo uno de los grandes poemas de la literatura universal. Con la reina Semiráminis, Babilonia tuvo una de sus épocas de mayor esplendor; Cleopatra puso en juego su hermosura, su talento y su sentido político para jugarse un cara o cruz con la poderosa Roma, e Isabel Tudor, la “reina virgen”, inició el ciclo histórico del imperio británico.

Durante el siglo XV, Francia encontró su destino en el mesianismo de una humilde pastora que se convirtió en la heroína nacional, y a la que la iglesia elevó a los altares con el nombre de Santa Juana de Arco; y la ciencia moderna, se ufana de presentar en Madame Curie a una de sus más destacadas representativas.

Al igual que todos los países civilizados del orbe, México ha sido semillero de mujeres abnegadas que son prototipo de la honestidad, símbolos de la tradición de la mujer fuerte escudada en la virtud, y vestales de la institución del hogar, que en nuestra raza, es la raíz que se hinca profundamente para fortalecer el árbol de la nacionalidad. Pero esa presencia dedicada a los cuidados hogareños, no ha sido obstáculo para que la mujer mexicana lo abandone todo, cuando se trata de defender la integridad de la patria, o de reclamar un derecho. Lo vimos en la gesta sangrienta de la Revolución Mexicana, en que tantas mujeres se cruzaron las cananas pletóricas de muerte sobre los henchidos senos que dan vida, y empuñaron el rifle que Ianzó su mortífera protesta, en un deseo de superación social.

Y lo vimos también cuando la abnegada soldadera deambulaba por los caminos de México, siguiendo a su hombre que luchaba por conseguir una vida mejor para el mexicano del futuro. Encarnecida y despreciada por los que no sentían el aguijón del hambre, ni el latigazo de las injusticias sociales, la soldadera, que no la mascarada de trapos multicolores, sombreros tejanos y botas relucientes de los modernos desfiles, sino la autentica soldadera prieta y aguerrida, envuelta en el clásico rebozo; la que cargaba de parque el mausser a su “viejo” y sacaba comida de donde no la había, hizo también la Revolución Mexicana y gracias a ella, las generaciones actuales conocen un México diferente al de los principios del siglo.

Pero la soldadera, “La guacha”, como le llamaron despectivamente los que estaban en contra de la idea revolucionaria, y que hoy disfrutan con más amplitud los beneficios de la Revolución que los que fueron al campo a exponer la vida y a regarse sangre generosa, es la mujer anónima; es el espíritu rebelde de la mujer de la gleba. Es tan anónima como sus huesos que quedaron blanqueando por los cuatro puntos cardinales, sin una cruz, sin un recuerdo cariñoso, sin la ofrenda de unas flores regadas por una mano familiar.

Pero México también ha dado matronas que saliendo del anonimato dejaron escritos sus nombres en las páginas de la historia. Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario, se inmortalizaron por su ardiente amor a la causa de la independencia, y en la aurora trágica de la lucha contra el porfirismo, Carmen Serdán tomó el arma para disparar contra la jauría que acosaba a su hermano Aquiles, por el delito de anhelar que la justicia social se hiciese realidad en un pueblo oprimido y sediento de libertad.

Grande, muy grande y digno de respeto y veneración es el recuerdo de estas mujeres que encarnan la rebeldía femenina. Su deseo de que el País fuera libre y de que sus habitantes vivieran como seres humanos, ha hecho que la República las cuente entre sus hijas predilectas, y las haya puesto como ejemplo a las generaciones que han sido, y a las que vendrán después.

La generosa tierra sinaloense también ha dado hombres y mujeres que han puesto su esfuerzo por hacer un México mejor. Sin embargo, hasta que surgió la chispa que habría de incendiar al país en una hoguera magnifica que redimiría a los de abajo nuestra Entidad fue desconocida para el resto de los mexicanos .Sus gestas no trascendieron mas allá del río de las Cañas, y sus hombres fueron ignorados. ¡Una tierra bravía como esta, en la que durante dos años consecutivos se combatió tercamente a los franceses en una guerra sin cuartel, haciendo que uno de los jefes galos exclamara que en Sinaloa, “hasta Dios era chinaco”! (Una tierra de la que salieron dos mil soldados que se llevaron como guía las barbas fluviales de Placido Vega, tras una odisea marítima escalaron penosamente la altiplanicie mexicana, y llenos de harapos, pero repletos de orgullo y de fanfarronería norteña, desfilaron por las calles de la capital de la República en medio de la admiración de los habitantes de la gran ciudad, para después ir a batirse en las frías tierras de Puebla contra los galos invasores.

Antonio Rosales se refugia en Sinaloa. Trae el espíritu ebrio de ideas liberales y la mente bullendo de sonetos incompletos, y esta tierra lo transforma en uno de los elegidos de la gloria, con su fulgurante victoria de San Pedro. Ramón Corona, aparece entre nosotros como un joven soldado completamente desconocido, y Sinaloa lo devuelve a Jalisco con las insignias de Jefe de Ejercito de Occidente, para que vaya a Querétaro a decidir la lucha que culminó en el Cerro de las Campanas, cuando tres hombres rodaron fulminados por el rayo vengador de la República.

La contribución de nuestras mujeres para poner en alto el nombre de esta tierra, ha sido grande y significativa. En los inicios del siglo XVII, floreció en Culiacán la belleza serena y majestuosa de Isabel de Tobar y Guzmán, que a la fragancia de su encanto unía la luminosa claridad de sus virtudes, cual correspondía a su calidad de hija de próceres colonos que dieron vida a la ciudad. Un día, apareció por estos rumbos un clérigo llamado Bernardo de Balbuena, y al sentir de cerca el embrujo de la sin par mujer, escribió su “Grandeza Mexicana”, primicia de los grandes poemas americanos, que inmortalizó al autor, a Culiacán y a la bella dama.

Ellas son fuente de inspiración, pero cuando han encontrado en juego los derechos más caros al espíritu humano, han tornado decisiones y llegado hasta el sacrificio. Teresa Urrea, una humilde muchacha de Ocoroni, se siente iluminada; es llamada “La Santa de Cabora”, y se le acusa de ser la instigadora del levantamiento de Tomochi. Desterrada, se refugia en los Estados Unidos y desde allí continua fulminando al gobierno de Porfirio Díaz, hasta que muere en Arizona en 1906.

Es Guadalupe Rojo -cuyo nacimiento Culiacán atestigua – la mujer que haciendo a un lado su orígen aristocrático toma con gran ardor la causa de los desheredados. Dirige el periódico “Juan Panadero“, desde donde ataca a los caciques del porfirismo, y su cuerpo va a dar repetidas veces a la cárcel de Belén, pero “ni la pobreza, ni las prisiones, ni la insolencia y arbitrariedades de los poderosos del régimen pudieron nunca quebrantar su carácter valeroso”.

Es también doña Encamación Osuna de Valdés, recia mujer que en las horas aciagas que enlutaron a Concordia, apostrofó valientemente a los salvajes franceses que incendiaron el poblado, y violaron las mujeres al macabro resplandor de las hogueras, para echarles en cara su brutal conducta, invocando la cólera divina y la de los soldados republicanos como castigo a su inícuo proceder.

Pero el desfile de las mujeres sinaloenses cuyos nombres pronunciamos con veneración, lo encabeza una figura alta, delgada, morena, de brazos sarmentosos y de rostro que acusa marcados rasgos indígenas. Nació en la primorosa villa de Mocorito el 1o. de septiembre de 1813, siendo sus padres José Margarita Ramírez y María Romana Heredia, indios poblanos con honda raigambre en la región, pero la niña no vino sola al mundo pues con ella hizo su presentación una melliza. Tres días después, el licenciado Francisco de Orrantia, cura del lugar, derramaba sobre ambas las aguas del bautismo, dando a la primera el nombre de ANNA AGUSTINA DE JESUS, y a la segunda el de María Cesárea de Jesús. Quiso el destino que el padrino de Anna Agustina fuese el mismo cura Orrantia, uno de nuestros próceres a quienes tenemos en el olvido, y esto fue un simbolismo de la vida de la infanta, pues tras de una existencia tan obscura como su nacimiento, su figura se enmarcaría entre las de los próceres de la historia sinaloense.

De su juventud nada sabemos. Pero nos imaginamos que debe haber sido similar a la que arrastran las mujeres pueblerinas; ayudar en los quehaceres de la casa; ir al río a traer agua en el cántaro que se conserva inmóvil sobre la cabeza, mientras las cimbreantes caderas con su ritmo cadencioso hacen que el camino se estremezca; los domingos ir a misa luciendo el mejor vestido, y pasados los actos litúrgicos, pasear con las amigas por las calles del poblado.

De su encuentro con Severiano Rodríguez tampoco tenemos mayores detalles. Un día llegaría el batallón a Mocorito, y la humilde muchacha sintió el aletazo del amor prendándose del joven soldado. Ella era pobre, y sus hermanas numerosas; ¿que porvenir le esperaba en su tierra natal, que no fuera el casarse con algún jornalero o un humilde artesano? Así, Anna Agustina unió sus destinos a los de aquel soldadito, al que los deberes castrenses llevaron a la villa que baña el pequeño y rumoroso Evora. Por lo menos, su vida no se constrañiría al paisaje familiar recortado por la mole bravía del cerro del Mochomo. Vería otras caras y conocería nuevas tierras, y el día en que el batallón partió rumbo a otros lugares, Agustina iría tras de la tropa levantando el polvo del camino con los pies descalzos, al igual que las demás mujeres que marchaban a la zaga de sus hombres.

El denso velo que cubre la vida de Agustina Ramírez durante el lapso que se comprende desde su nacimiento hasta la Reforma, nos impide conocer más detalles de sus pobres y azarosas actividades. Como mujer de soldado, debió peregrinar por los ásperos caminos sinaloenses y los de otras entidades cuando la corporación cambiaba de destino, y durante estos penosos viajes, fue procreando a los vástagos que a duras penas eran sostenidos con la mísera paga de Severiano Rodríguez. Ese periplo interminable y los sobresaltos derivados de las continuas asonadas y cuartelazos, que le oprimían el alma con la angustia de perder al marido, fueron templando su carácter y endureciendo su fina sensibilidad femenina. Y en el fondo de su alma de pobre mujer del pueblo, y por añadidura esposa de un humilde soldado debe haber germinado el odio a la injusticia social y al estado de cosas que priva en México como herencia secular de la colonia. Un patriotismo innato empezaria a aflorar en su espíritu al contemplar las numerosas algaradas promovidas por el pretorianismo del ejercito, y del fondo de su ser, brotarla un deseo inconsciente de renovación de la estructura social del País. No porque conociera teorías políticas algunas, pues no sabía leer ni escribir, pero la inestabilidad de los gobiernos reflejada en los motines, y la inconformidad que se manifestaba entre susurros en las platicas de los soldados -pobre carne de cañón que por la mínima falta recibía una tanda de palos -deben haberle encendido una pequeña luz interior que fue aumentando en intensidad, hasta terminar por hacerla ver con claridad que los destinos de México, no podían cimentarse en la injusticia y la desigualdad.

El plan de Ayutla y la constitución de 1857 vinieron a desgarrar la conciencia secular del mexicano, y los anhelos de Eustaquio Buelna, Antonio Rosales, Miguel Ramírez y otros muchos, cobraron realidad en Sinaloa. Pero la reacción conservadora encarnada en el ejército destruyó la ilusión de un México nuevo, y los patriotas liberales tuvieron que huir al monte esperando la corriente vivificadora que disipara los nubarrones que de nuevo cubrían el cielo de la patria. La luz volvió a brillar cuando don Placido Vega Ianzó el grito libertario en El Fuerte. Sinaloenses y sonorenses se dejaron venir como alud, y en La Noria, diminuto poblado cercano a Mocorito, las tropas conservadoras fueron estrepitosamente derrotadas. No lo sabemos a ciencia cierta, pero tal vez allí, estuvo presente Severiano Rodríguez, y es probable que en esta ocasión, Agustina haya visitado por última vez su tierra natal, pues de Mocorito las fuerzas liberales se dirigieron hacia el sur para continuar guerreando luengos años. La presencia de Ignacio Pesqueira robusteció la fe en el triunfo, y tras de algunas incidencias que hicieron al caudillo sonorense levantar el sitio de Mazatlán y replegarse a Cósala, donde de nuevo fueron derrotados los conservadores en Los Mimbres, los patriotas enderezaron sus pasos hacia el puerto, tomándolo para terminar con el poderío reaccionario.

Y es en e! sitio de Mazatlán donde se incuba la tragedia que será toda la vida de Agustina Ramírez y por una paradoja, cuando se amojona la piedra miliar de su gloria, y de la perennidad de su presencia en la conciencia sinaloense, pues allí cayó para no levantarse el compañero de su vida, el soldado ignorado que muchos años se escabulló a la muerte en las asonadas y combates. Sombría, pero dueña de sí misma, y señalando a sus hijos el ejemplo del padre, Agustina Ramírez cumplió con su ultimo deber de esposa. ¡Atrás, quedaba una tumba y los escombros del México que ya no volvería a levantarse! Adelante, estaba el camino señalado “por un hombre impasible y broncíneo, indio como ella, y al igual que ella, con plena fe en los destinos de un país que acababa de romper con el pasado.

Pero el sino de Agustina Ramírez tenía que cumplirse; un día llegó la nueva de que soldados extranjeros habían desembarcado en son de guerra. El país volvió a dividirse, pues las fuerzas regresivas apuntaladas por las bayonetas de un ejército reputado como invencible, quisieron restaurar de nuevo el viejo sistema social, y los patriotas, por su parte, se aprestaron a defender la integridad nacional y el derecho de ser libres.

Los invasores debilitaron resistencias, y Sinaloa tuvo la triste noticia de que su territorio había sido hollado, Agustina sintió hervir en sus venas el amor a México y a la libertad conquistada con la sangre de su esposo, y dio de alta a sus hijos para que cumplieran sus deberes como mexicanos. Librado, Francisco, José María, Manuel, Victorio, Antonio, Apolonio, Juan, José, Juan Bautista, Jesús, Francisco II y Eusebio quedaron enrolados en las filas republicanas y desde entonces empezó el calvario de una madre que solamente en espíritu conocería la gloria deslumbrante del Tabor. Hombres salidos de los más bajos estratos sociales, humildes como el padre, las hazañas de los hijos de Agustina no alcanzaron el soplo de la fama. Sus hechos guerreros pertenecieron al conjunto de la tropa. Eran la masa que ganaba o perdía los combates, y los laureles del triunfo pertenecían a sus jefes. Del único que se sabe una cosa concreta es de Francisco II, quien con los límpidos y alegres sonidos de su corneta, anunció a la Republica el triunfo obtenido en San Pedro sobre los primeros soldados del mundo.

Es difícil concebir otra mujer que haya recorrido un vía crucis más doloroso que Agustina Ramírez, Estoica, tragándose las amarguras y sobresaltos que sufría viendo a sus hijos enfrentarse a la muerte a cada paso, la heroica hembra rondaba los campos de batalla haciendo guardia en el hospital de sangre esperando con gran serenidad que se los llevaran heridos, moribundos, y las mas de las veces, muertos, pues la recia matrona supeditaba las emociones a la fe inquebrantable en los destinos de la patria.

La presencia en los vivaces de aquella mujer enlutada que esperaba al hijo muerto, causaba extrañeza en algunos; compasión en otros, y en los espíritus burdos, mas de una sonrisa de burla pues deben haberla creído una enferma mental. Era una sombra que había eterna guardia en los dominios de la muerte; un espectro que acompañaba en su odisea a un ejército desnudo y hambriento, cuya apariencia hacia mirar increíbles sus triunfos sobre el brillante ejercito francés. Aquella mujer alta, envuelta en las tocas de un eterno luto, era la primera que se adentraba en el campo cuando los silbidos fatales de las balas enmudecían para ir, como dice don José Ferrel, cual “dolores sin veneración, ni culto, ni respeto, a buscar el cadáver de alguno de sus hijos, para llorar un momento sobre él, y presentarlo a sus hermanos vivos para que aprendiera a morir”.

Fue después de uno de los numerosos combates entre franceses y patriotas. Agustina Ramírez aguardaba estoica la nueva puñalada del destino, cuando dos de sus hijos le llevaron el cadáver de uno de sus hermanos, muerto valientemente en la refriega la heroica mujer recibió en sus brazos aquel cuerpo donde minutos antes tentaba el soplo de la vida, lo llenó de besos amorosos con la tremante intensidad con que la madre besa a la carne de su carne, y tras de esta efusión, mostrando a los conductores el campo de batalla les dijo: “ahora, cada cual a cumplir con su deber! ¡El mío es dar sepultura a mi hijo, y el de ustedes seguir defendiendo a su patria”.

La flaqueza es inherente al hombre, y solamente el patriotismo inconmovible de Agustina la hacía sobreponerse a ella. Los hijos, al fin humanos, no estaban hechos de la misma pasta que la madre. La campaña era dura, y la muerte acechaba en cualquier momento de la vida del soldado, así que uno de ellos decidió desertar, y lo hizo, dirigiéndose rumbo al pueblo de Ajoya para ponerse a salvo, ya que el ejercito republicano, que andaba a salto de mata, no perdía tiempo en buscar desertores. Agustina lo supo y se encaminó tras las huellas del prófugo, y después de localizarlo lo presentó ante el general Ramón Corona diciéndole: “Señor, aquí tiene usted este mozo, es un desertor”, y volviéndose al hijo le espetó: “Mira, acuérdate de lo que te digo hoy delante del general; si otra vez vuelves a desertar haciendo traición a la patria, haz cuenta que tu madre ha muerto. A nadie digas que eres mi hijo, ni te pongas jamás en mi presencia”. Poco tiempo después, el mozo moría en combate lavando la afrenta inferida a su madre y a la patria.

El drama de Agustina Ramírez siguió su curso; uno a uno los seres que ella habla llevado en sus entrañas fueron cayendo bajo las balas de los fusiles franceses, y para cuando se llegó el día en que la Republica dio fin al imperio de operete, doce de ellos habían dado su vida en la tremenda lucha que México había sostenido. Entonces, como los servicios del sobreviviente ya no eran necesarios, como una gracia especial solicitó se le diera de baja para que le sirviera de sostén en sus últimos años.

Pero el sendero de tristezas no llegaba al final, Agustina había sufrido la amargura de perder al esposo y a sus hijos, pero ahora le faltaba paladear la ingratitud de los que estaban obligados a socorrerla. Su penosa situación la empujó a solicitar una pensión, y el gobierno del Estado le otorgó treinta pesos al mes que es fama nunca le fueron pagados puntualmente, pues en ocasiones la cámara olvidó fijar en el presupuesto la partida respectiva. Vejada por la legislatura local, todavía tenía que convertirse en el hazmerreir del Congreso de la Unión, ante el que presentó una petición de ayuda que no prosperó, a pesar de que fue apoyada por el general Domingo Rubí. Años más tarde, las Cámaras le aprobaron una cantidad irrisoria, y esto hizo que don Vicente Riva Palacio iniciara un acalorado debate para que se le otorgara una más decorosa, por lo que se le fijaron ciento cincuenta pesos mensuales, Pero cuando el decreto respectivo fue sancionado, hacia dos años que aquella mujer de dolores se había refugiado en el rezago de su fiel aliada la muerte.

Miseria y abandono le acompañaron en su ocaso, y recurrió a la caridad pública para poder subsistir. Enferma y confinada al olvido, sus últimos días se deslizaron tristemente hasta llegar al final de la senda que le había sido marcada, y el día 14 de febrero de 1879, aquella mujer alta, morena, de brazos sarmentosos, que viviera desesperantes horas de vigilia en los campamentos y en los campos de batalla, se apagó quedamente dejando como herencia el ejemplo de su épica grandeza.

Mucho se ha discutido sobre el lugar del nacimiento de la sin igual heroína, ya que Jalisco reclama la gloria de haberla acunado. Por eso, en esta solemne ocasión debemos dejar sentado de una vez por todas su origen sinaloense. El acta de bautismo fechada el 3 de septiembre de 1813 aclara en forma definitiva que vino al mundo en esta tierra, no en Tequila, como afirma la especie originada en las afirmaciones de su hija política, cimentadas en el hecho de que en aquel pueblo jalisciense vio la primera luz Severiano Rodríguez.

La versión del supuesto nacimiento en Jalisco fija este acontecimiento en el ano de 1823, cosa que rebatió don Eustaquio Buelna diciendo que ante la luz de la razón no era posible que persona nacida en ese año pudiera tener trece hijos aptos para la guerra en el año de 1864, en que se inició la lucha contra los franceses en Sinaloa. Y si aplicamos la lógica y la aritmética, veremos que el ilustre representante del liberalismo en nuestro Estado, tenía la razón .En cambio, su natalicio en 1813 encaja perfectamente con el hecho de que sus hijos estuvieran en aptitud de servir al ejercito, pues esto se comprueba con la edad de Francisco II, quien era el benjamín y contaba once años de edad cuando sirvió como corneta al general Antonio Rosales en la Batalla de San Pedro.

Por otra parte la objeción que pudiera hacerse de que la Agustina Ramírez nacida en Sinaloa fuera una homónima de la sublime mujer, cae por tierra con la circunstancia de que hace pocos años murió en Mocorito, a una edad que sobrepasa los cien años la señora doña Modesta Ramírez, originaria y vecina de esa villa, prima de la heroína y emparentada políticamente con don Eustaquio Buelna y el sin par “Granito de Oro”.

Pero cualquier duda que hubiera sobre el particular, se desvanece ante el testimonio de un hombre digno de todo crédito como lo fue el ilustre escritor don José Ferrel, quien conoció en Mazatlán a “una mendiga casi ciega, anciana andrajosa que iba pidiendo un mendrugo de puerta en puerta, en nombre de “la Agustina” cuyo vivo retrato llevaba en el rostro como un sello de desgracia y gloria. Aquella pordiosera cuya invocación movía a compasión o a risa, era Guadalupe Ramírez, hermana de la heroína”. De boca de la anciana supo Ferrel “los infinitos martirios y la infinita grandeza de la mujer excelsa. Los refería llorando, con su acostumbrada voz de súplica… sola, casi desnuda, tirada en la tierra floja de su tugurio….besando un borrado retrato fotográfico de su gloriosa hermana, que siempre llevaba en el seno”.

Como la afirmación de que la ilustre matrona habia nacido fuera de Sinaloa ya circulaba a finales del siglo pasado, el escritor preguntó a doña Guadalupe si era cierto que su hermana había nacido en Jalisco, a lo que le viejecita “respondió con fugaz viveza senil: Fuimos varias hermanas y todas nacimos en Sinaloa”. Me citó el Distrito -dice don José -uno de los del Norte, y el nombre de las otras hermanas muertas antes que la heroína”.

Todo lo anterior evidencía hasta la saciedad que Sinaloa fue la cuna de Agustina Ramírez, y orgullosa debemos sentirnos de ello. Si el genio es poco común entre los humanos, espíritus como el de ella son esporádicos, aparecen muy de tarde en tarde, para dar su ejemplo al mundo.

Era seria, orgullosa y buena, pero cuando se enfadaba era capaz de pelear con un hombre, y sus hijos, a pesar de su valor probado en los combates, le guardaban un gran respeto y temían su cólera. Mujer extraordinaria, a pesar de su incultura tenía un concepto luminoso de la patria cuyas dimensiones eran de tal magnitud, que frenaba la natural amargura que le causaba la muerte de sus hijos. Era madre, y para la madre no hay cosa más preciada que esos seres a los que ama desde antes de conocerlos, y Agustina no había de ser la excepción. Pero su concepción de la patria le hacía reprimir sus angustias cuando miraba el rictus de la muerte en la cerna bienamada.

Para ella, la patria necesitaba vidas. Las exigía para volver a ser libre y expulsar a las fuerzas extrañas que asolaban al País. La inmolación de sus hijos era tan necesaria como la de los hijos del resto de las mujeres.

Si la patria reclamaba victimas propiciatorias para salvarse, había que proporcionárselas. La mejor laudanza para los caídos en la lucha por la libertad era la contenida en la frase evangélica: “!Bien aventurados los pechos que te amamantaron”!. ¡Los vientres estériles no tenían nada que hacer ante este reclamo!.

En la conciencia de Agustina sonaron dos llamados: el de la sangre, en el amor entrañable a los seres que había traído al mundo a costa de dolores, y que cuando, pequeñitos se arrullaban en su seno maternal, y el llamado de la patria que exigía sacrificios. Agustina no vacilo. Su alma se llenó de trágica belleza, y al igual que las madres espartanas que al partir sus hijos a la guerra les mostraban el escudo diciéndoles: “!Vuelve con él, o sobre él”, aquella mujer mostraba a los suyos el campo de batalla para que cayese en el, o saliera con la frente airosa al final de la masacre.

Grande, con la sombra grandeza de las heroínas de las tragedias griegas, la enlutada y morena matrona vagó por los dominios de la muerte, constituyéndose en sacerdotisa que consumaba el sacrificio de sus hijos, para después sepultarlos ungiéndolos con lagrimas que enjugaba al arrojar sobre su tumba la ultima paletada de tierra, y enseguida, cual mensajera inexorable del destino, preparaba la inmolación de la próxima víctima en aras de la libertad de México.

La mujer mexicana se adentró en las páginas de la historia con Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, María Teresa del Toro Lazarín, Carmen Serdán y otras más, pero ninguna llegó a la excelsitud del sacrificio de Agustina. Sin subestimar los méritos de aquellas, es la más grande heroína que México haya dado y su figura no tiene parangón en América, pues entregó a la patria lo más preciado de la mujer: ¡sus hijos! Cornelia, la egregia matrona romana presentó a los suyos cuando le preguntaron por sus joyas. Agustina pudo haber mostrado doce tumbas que fueron las joyas que entregó para salvar a México. Ella esta más alla de lo nacional. Es una figura ecuménica que se sitúa junto a la madre de los Gracos y a la de los Macabeos, y a las madres numantinas que prefirieron sacrificar a sus pequeños antes de que cayeran presa del conquistador romano.

Sinaloa está en deuda con Agustina Ramírez. Calles y escuelas nos recuerdan su presencia en nuestra vida, pero este homenaje no guarda proporción con la gigantesca talla de la mujer que haciendo caso omiso de su corriente emocional, entregó la existencia de sus hijos para que México fuera libre y grande. Ella merece la pleitesía de todos los mexicanos y la apoteosis de mármoles y bronces, por eso, hoy que se cumplen ochenta y dos años de su desaparición física, el profundo fervor que Gabriel Leyva Velázquez, ha mostrado para sublimar la memoria de nuestros próceres y no podía esperarse menos de quien es hijo de prócer ha hecho posible la dedicación de este monumento que deberá constituirse en el principio de la total glorificación de la heroína.

¡ Agustina Ramírez! Señora del infortunio y del luto interminable! ¡Sinaloa, tierra luminosa que arrulló tu cuna y acogió amorosa tus cenizas venerables, viene este día a rendirte su ofrenda de gratitud y devoción!.

iFuiste lirio que floreció entre espinas dolorosas que laceraron la suavidad sedeña de tus pétalos!

¡Fuiste blanda arcilla, y estatua de granítica dureza! iVestiste harapos, y al mismo tiempo te arropaste en el sombrío manto de soberana del imperio de la muerte!

¡La fatalidad fue tu destino, y doce brillantes puñales se hundieron en tus entrañas, para ahondar más tu patriotismo salvajemente bello!

iTus manos morenas que un día entregaron a la patria la riqueza más preciada, recogieron temblorosas la moneda que la caridad te deparaba, cuando llegaste a la cima del calvario!

iTus huesos se confundieron con las áureas arenas mazatlecas, pero tu recuerdo se adentra cada día en la conciencia de tu pueblo que tiene en ti a uno de sus más preclaros valores!

¡En tu aureola de santa laica, fulgen como rubíes rutilantes, doce gotas de sangre desprendidas de tu corazón de madre, y tu nombre nimbado por la inmortalidad enseñorea la sinfonía azul del mar, cielo y montaña, y se refleja esplendoroso en el terso cristal de los once ríos sinaloenses!

!Agustina Ramírez, bendita seas!

 

SINALOA: BIOGRAFIAS DE SUS PERSONAJES ILUSTRES

 

AGUSTINA RAMIREZ

AGUSTINA RAMIREZ

 

Summary
Name
Agustina Ramírez
Nickname
(Heroína de México)
Job Title
Patriota mexicana
Company
Muro del Honor Congreso del Estado de Sinaloa
Address
Mocorito,Sinaloa, México

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